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miércoles, 12 de septiembre de 2012

EN BUSCA DE PAPÁ - Llamando al Papá que hay en el hombre - Charles Elliott Newbold, Jr.




"El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia 
los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición.” Malaquías 4:6 

Índice: 

Introducción—Buscando a papá
Capítulo 1 – La naturaleza familiar de Dios
Capítulo 2 – Una familia para Dios
Capítulo 3 – Una familia para el hombre
Capítulo 4—El poder del papá
Capítulo 5 – Guerra contra la familia
Capítulo 6 – Sanando la herida del Padre
Capítulo 7 – Encontrando al Padre­Dios
Capítulo 8 – Haciéndonos Hijos primero
Capítulo 9 – La verdadera vocación del Papá
Capítulo 10 – Características de los ancianos en su proceso de creación
Capítulo 11—Un Hombre que sirve
Capítulo 12 – Un Hombre en obediencia
Capítulo 13 – El Poder de ser valorado
Capítulo 14 ­­Un Hombre de bendiciones
Capítulo 15 ­­ Un Hombre de Paz: Un hombre de guerra
Capítulo 16 – Un Hombre que rinde cuentas
Capítulo 17 – Un Hombre consagrado
Capítulo 18 – Un Hombre que hace lo recto
Capítulo 19 – Un Hombre probado en el fuego



Introducción – Buscando a Papá

A los 58 años de edad, cuando comencé a escribir este capítulo, era padre de tres hijos, abuelo
de tres nietos, padrastro de tres y abuelastro de dos. Y Yo seguía buscando a papá.
Yo no tuve padre a lo largo de casi toda mi niñez. Él andaba por ahí, echando a perder su
negocio y estando con otras mujeres. Sólo me quedan unos pocos recuerdos del tiempo que
estuvo en casa. Me aferro a cada uno de ellos.
Nos dijeron que él fue el sexto hijo de una familia pobre llamada Elliott en Carolina del Norte.
Su madre murió dando a luz al séptimo hijo cuando él tenía sólo un año. Su padre no podía
encargarse de sus hijos y tuvo que romper la familia. Papá fue acogido por la familia Albert
Newbold  y  criado en Pennsylvania. Que yo sepa,  eso es todo lo  que él  sabía de su propio
parentesco sanguíneo.
Mi padre creció y tuvo dos hijas con su primera esposa. Las abandonó y trasladó su negocio de
camiones a Kentucky, donde conoció a mi madre y se casó con ella. Tuvieron tres hijos—mi
hermana mayor, yo y mi hermana menor. No sé porque mi padre estuvo lejos de nosotros todo
el  tiempo ni  tampoco por qué él  y mi madre se divorciaron. Supongo que le  gustaban sus
mujeres más que nosotros, porque pronto se enredó en la red de otro matrimonio de corta vida.
Él fue el único esposo de mi madre. Estaba en bancarrota cuando se volvieron a juntar y a
casar. Después, dos años más tarde, murió de un ataque al corazón en medio de la noche. Yo
tenía catorce años. Me alegraba de haberle tenido en casa pero años más tarde me pregunté
por qué mi madre le había vuelto a recibir. Ella solía decir que Dios la dejó vivir sus días como
viuda más que como divorciada.
Criar a los tres fue la misión única de mi madre en la vida. Hizo todo lo que supo. Pero las
mamás no pueden ser papás y los papás no pueden ser mamás. Dios no nos hizo de ambos
modos. Así crecí yo, sabiendo de madres. Pero nada de padres.
Los abuelos habían muerto cuando yo nací. Así que ahí estaba yo: sin padre, sin abuelos, sin
tíos que se preocuparan, y sin ni siquiera un hermano. Necesitaba un padre.

Habiendo estado muerto por cuarenta y cinco años, yo aún seguía buscándole. Le buscaba en
algún lugar dentro de mí.  Le buscaba en alguna memoria  escondida en mi  interior,  algún
abrazo significativo, en una buena zurra detrás del granero, o en ese momento de momentos
en el que mi padre mayor que la misma vida, me llamara de la choza de mi madre, por así
decirlo, para sentarme entre los hombres de la tribu, y escucharles decirme, “Este día, joven,
has llegado a la mayoría de edad”. Me habría aferrado a cualquier cosa que añadiera algo a
esos pocos recuerdos gastados y fotos antiguas que yo tenía de él.
Pero eso era entonces. En los meses  que siguieron a mi 59 cumpleaños, Dios  comenzó a
sanar la herida de mi padre. En el proceso, Él reveló Su propio corazón y el anhelo de una
familia y cómo Él mismo está restaurando el padre a la familia en cumplimiento de Malaquías
4:5­6: “He aquí Yo envío al profeta Elías antes del gran y terrible día del Señor. El hará volver el
corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo
venga y hiera la tierra con maldición.”

Yo perdí a mi padre, primero con su divorcio, y finalmente con su muerte. Mi amigo Jerry perdió
a su padre con el whisky. Daphne perdió a su padre hace veinte años sin libertad condicional
en la penitenciaría estatal. Ricky perdió a su padre por causa del cáncer. Clarisa perdió a su
padre en las calles, cuando las drogas le hicieron perder su trabajo. Laura perdió a su padre
por ira, después de una paliza tras otra.  Donny también perdió a su padre. Bueno, él no está
muy seguro. Su padre simplemente se fue a algún lugar muy dentro de él mismo. ¿Dónde han
ido a parar todos los padres?
Las sociedades florecientes se edifican sobre la integridad de pequeñas unidades familiares.
Las unidades familiares florecientes dependen grandemente de la integridad de los padres en
esas unidades familiares. La pérdida de la paternidad para una familia es una pérdida para toda
la familia del hombre. La cadena de la sociedad es tan fuerte como su vínculo más débil.
Al ir en busca del padre en este estudio, pretendemos encontrar algo más que un cheque de
apoyo para un niño o un padre hecho polvo abofeteado en una prisión. Estamos buscando la
naturaleza de Dios que ha sido sembrada en la tierra del alma de todo varón.
Al  descubrir esta semilla  de la  naturaleza del padre dentro,  esperamos que Dios ponga Su
deseo de familia  en nuestros  corazones  y  restaurar a la  familia  tal  y  como Él  lo  quiso
originalmente volviendo el corazón de los padres a los hijos.
Te invito ahora a unirte conmigo en esta búsqueda de papá.

Libro completo en PDF: http://www.enmisecreto.org/descargas/newbold/EN_BUSCA_DE_PAPA.pdf



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