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jueves, 23 de diciembre de 2010

LAS FLORES DEL DESFILADERO: "Quebrantados para nuestro provecho", Manantiales en el Desierto






LAS FLORES DEL DESFILADERO

"Quebrantados para nuestro provecho"
(Hebreos 12:10, V. M.)


En uno de sus libros Ralf Connor relata la historia de una joven llamada Gwen. Dicha joven era tosca, obstinada y había estado acostumbrada a hacer siempre su voluntad. Era muy rebelde y murmuraba constantemente. Un día tuvo un accidente y quedó imposibilitada para siempre. Un misionero conocido entre los montañeses por "El Piloto del Cielo" la visitó. Se acercó a ella y le contó la siguiente parábola del desfiladero.

"En cierto lugar al principio no había desfiladeros, sino una Pradera amplia y abierta. Cierto día en que el Dueño de la Pradera andaba sobre el césped, en el que solo había hierbas, preguntó a la Pradera: '¿Dónde están tus flores?' y la Pradera respondió: 'Señor, no tengo simientes'.

Entonces el habló a los pájaros y ellos llevaron simientes de todas clases de flores y las esparcieron por todo. Muy pronto en la Pradera florecieron lirios encarnados, rosas, girasoles y muchas otras bellísimas flores. Entonces volvió el Dueño y se puso muy contento, pero echó de menos las flores que más le gustaban, y dijo a la Pradera: '¿Dónde están las clemátides y el colombino, las preciosas violetas, las enémonas y todos los helechos y arbustos floridos?'

Nuevamente habló a los pájaros y trajeron toda clase de simientes, las cuales rociaron por todas partes. Pero cuando el Dueño volvió, tampoco esta vez pudo hallar las flores que Él más amaba, y dijo: '¿Dónde están Mis mejores flores?' y la Pradera respondió con gran pena: 'Oh, Señor, no puedo conservar las flores, porque el viento sopla fuerte, el sol me castiga constantemente y las flores se secan y desaparecen'.

Entonces el Dueño habló al Rayo y, con un golpe rapidísimo, el Rayo partió la Pradera por el corazón. La Pradera se tambaleó y gimió con gran agonía y, durante muchos días, se lamentó amargamente de la terrible herida que había quedado sin cerrar.

Pero el Río derramó sus aguas sobre la grandísima grieta que en la Pradera se había abierto, arrastrando consigo la rica tierra negra y fértil. Los pájaros volvieron a esparcir las semillas por el desfiladero y, después de largo tiempo las ásperas, duras y cortantes aristas de las rocas se vieron vestidas y adornadas con musgos suaves y viñas enmarañadas; y todos los rinconcitos estaban cubiertos con las clemátides y el colombino. Grandísimos olmos levantaban sus elevadas alturas a la luz del sol y por debajo de sus pies se arracimaban los cedros cortos y los bálsamos. Por todas partes crecieron y florecieron violetas, enémonas y otras muchas flores, hasta que el desfiladero se convirtió en el lugar favorito del Dueño, para Su solaz, gozo y paz".

Entonces el llamado "Piloto del Cielo" leyó a Gwen: "El fruto, podríamos decir, las flores del Espíritu, son amor, gozo, paz, mansedumbre, templanza, ...; y algunas de esas solamente crecen en los desfiladeros" (corazones traspasados o heridos).

"¿Cuáles son esas flores de los desfiladeros?", preguntó ella con dulzura; y el Piloto contestó: "Bondad, fidelidad, mansedumbre y templanza; aunque las otras florezcan al aire libre, nunca tienen el perfume tan delicioso ni son tan bellas como las flores del desfiladero profundo".

Gwen permaneció callada durante un buen rato y después con labios temblorosos dijo con tristeza: "En mi desfiladero no hay flores sino solo ásperas rocas".

"Algún día florecerán, querida Gwen, el Maestro las hallará y nosotros también podremos verlas".

Amado, cuando entres en tu desfiladero, ¡RECUÉRDALO!

- Tomado y adaptado de "Manantiales en el Desierto"


NOTAS MÍAS:
    - Gálatas 5:22 nos dice que "EL (no LOS) FRUTO (no FRUTOS) del Espíritu ES (no SON) amor: gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad (compromiso sostenido en el tiempo y no la simple fe, que es un don y no un fruto), mansedumbre y dominio propio".
    A mí me gusta decir que ese fruto es una naranja de 8 gajos. Cuando aparece la naranja aparece completa, eso si, pequeña y verde, y tendrá que crecer y madurar. Es decir, el fruto es Cristo ("hijitos míos por los que sufro dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros"- Gál. 4:19).
    ¡Sí!, nos quedamos preñados de Cristo al momento de ser salvos, Él es formado o gestado en nuestro interior y le damos a luz después, cuando el velo (nuestra alma) es rasgado (el "desfiladero" es abierto por la circuncisión del corazón) y el camino al lugar santísimo (nuestro espíritu) queda expedito.
    - Es de destacar también que la gama de los atributos de Cristo sea de ocho, número de la resurrección, y no de nueve. Así corresponde a esa nueva dimensión de vida en la que entramos: vida ascendida, tras del velo, victoriosa, ¡vida de resurrección y reposo! Es decir, que el fruto del espíritu es AMOR: la naranja; siendo el amor el compendio de los 8 gajos.

    Si Dios es amor, no puede ser amor y algo más, porque lo definido no puede ser parte de la definición. Si quisiera haberse dicho LOS FRUTOS y no EL FRUTO, la estructura gramatical sería: "loS frutoS del Espíritu SON", pero aún así el amor no podría entrar en la definición, por lo ya apuntado.

    - El libro de Jueces 14:14 nos dice: "Del devorador salió comida, y del fuerte salió dulzura"... Sabemos que se refiere al león que Sansón despedazó y en cuyo cadáver apareció después un panal de dulce miel. Este es un tipo de la crucifixión de Cristo y de la propia. Cuando nuestro áspero y fiero "león" va a la cruz, se transforma en manso y dulce cordero. Cuando nuestro león puede acostarse con nuestro cordero, habremos crecido y madurado y tendremos esa maravillosa integración de contrarios, que solo el Espíritu Santo puede amalgamar, haciéndonos, como Cristo, leones-corderos. El león-cordero ruge cuando hay que expulsar con látigo a los mercaderes del templo y enmudece cuando hay que ir al matadero. Fuerte como el león, manso como el cordero y dulce como la miel; pues el fruto verde es ácido o amargo, pero al fruto maduro pertenece la dulzura.

    - Tal vez esas flores más bellas y tardías: bondad, fidelidad, mansedumbre y templanza, (en el libro la Sra. de Cowman no incluye la fidelidad; yo la incluyo respetando el orden de las cuatro características que conforman el último tercio del fruto del Espíritu) sean las que aparecen tras la operación subjetiva de la cruz o, como dijera Watchman Nee, la cruz después de la cruz. Experiencia por la que somos purificados de los afectos humanos, de la aspereza o indelicadeza de temperamento, de la locuacidad, de las motivaciones erróneas y egoístas y llevados a la estatura de un varón perfecto.

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