TRADUCTOR-TRANSLATE

lunes, 17 de septiembre de 2012

UN HOMBRE QUE SE ARREPIENTE Y RINDE CUENTAS ("En busca de Papá", Charles Elliott Newbold, Jr.)



En busca de Papá – Charles Elliott Newbold, Jr.

Capítulo 16 – Un hombre que rinde cuentas

Los hombres se reunían cada Martes por la noche en el sótano de Steven. Lo habían estado
haciendo durante años. Bebían café. Reían. Lloraban. Oraban. A veces pasaban las doce de la
noche para asegurarse de que todos hubieran tenido una oportunidad de compartir. Dios ha
sido conocido por hacer milagros poderosos en favor de estos hombres que se preocupaban lo
suficiente por sus vidas y por las de sus amados para dar cuentas unos a otros semana tras
semana.
Estos hombres no estaban solos. Muchos hombres se están reuniendo en grupos para rendir
cuentas, en busca de integridad. Estudian juntos, reciben colectivamente de la sabiduría y
experiencias de los demás, oran juntos, crecen juntos y son mentores unos a otros en amor.
Colectivamente suplen la ausencia del modelo de papá.
Rendir cuentas es vivir en relación con otros como un libro abierto por el que otros pueden no
solo leer nuestras vidas, sino influir en la escritura de las mismas para producir carácter e
integridad.

Disposición para rendir cuentas

Rendir cuentas tiene que comenzar con una disposición de que otros sepan todo de nosotros
en nuestras vidas. Necesitan saber los secretos más oscuros—esos pecados que tan
fácilmente nos acosan—no para avergonzarnos o condenarnos o extender la murmuración
sobre nosotros, sino para ayudarnos a mantener un estilo de vida de arrepentimiento, para
animarnos y fortalecernos.
Lo que hay escondido en la oscuridad permanece escondido siempre que sea mantenido en
secreto. El pecado prospera en la oscuridad del secretismo y de la negación. Pero una vez que
el pecado es expuesto a la luz, es erradicado por la luz. No puede sobrevivir en la luz del
arrepentimiento y la confesión.
Rendir cuentas en relaciones con los demás será fingido y estéril si no estamos dispuestos a
ser transparentes. Seguiremos engañándonos a nosotros mismos e intentaremos engañar a los
demás haciéndoles creer que estamos bien cuando en realidad no lo estamos.

Honestidad con el yo

Antes de poder dejar que otros nos sondeen, deberíamos desear hacer un poco de sondeo
nosotros mismos. Deberíamos querer ser dueños de la verdad en relación con esos pecados
que hemos estado pretendiendo que no existen. Dejaremos de justificarlos. Conocer la verdad
sobre nosotros mismos es difícil para muchos de nosotros, porque no fuimos enseñados como
saber lo que sentimos, pensamos, queremos o creemos. ¿Cómo podemos entonces esperar
que lo contemos a los demás?
Comenzamos echando una larga y seria mirada honesta a nosotros mismos y nos confesamos
culpables ante algunos hilos de verdad. Admitimos que tenemos problemas: pecados,
adicciones, comportamientos obsesivocompulsivos,
y malas actitudes. Y quizás, solo quizás, seamos nosotros la causa de esos problemas.
Somos dueños de esas realidades sobre nosotros mismos. Somos dueños del hecho de que
nuestras vidas son imposibles de manejar, que no tenemos fuerza sin Dios, que estamos
dispuestos a cambiar o a ser cambiados por Dios y que necesitamos rendir cuentas en
nuestras vidas. Confesiones como éstas llevan al arrepentimiento. El arrepentimiento tiene que
ver con cambiar nuestras mentes y la dirección de nuestras vidas.
Cuanto más aprendemos sobre nuestros defectos de carácter, seré menos probable que estos
defectos gobiernen nuestras vidas. Sólo podemos resolver esos problemas que sabemos que
existen.
Pero no todo lo que tiene que ver con nosotros es malo. Tenemos también rasgos de
personalidad buenos. Cuánto más sepamos sobre nuestros dones, talentos y atributos, más
podremos consagrarlos para que Dios los use en Su Reino. Él quiere todos ellos.
Al llegar a saber quienes somos, estaremos mejor preparados para someternos a Dios y a
otros rindiendo cuentas.

Llegando al “ fondo”

No es hasta que llegamos al “fondo” que estamos dispuestos a arrepentirnos. El
arrepentimiento comienza cuando llegamos al final de nosotros mismos. Lo profundo que
tengamos que llegar para tocar “fondo” es diferente para cada uno de nosotros. Puede
depender de nuestra terquedad.
Norman estaba sentado en la cocina mientras le ofrecíamos orar con él por sus problemas.
Teníamos un deseo tan grande de ayudarle a dar un giro a su vida. No tenía hogar, estaba
hambriento, en bancarrota, y en paro. Su única posesión era la ropa que vestía su cuerpo.
Caminaba horas por noche, algunas veces bajo la lluvia, durmiendo de pie apoyado contra una
pared.
“Norman, ¿estas contento con tu vida?”, le pregunté.
“Si”, fue su simple respuesta.
“¿Eso es todo?”, pregunté. Había sido golpeado por la incredulidad. “Si eso es todo, entonces
no puedo hacer nada por ti”.
Lo profundo que tengamos que llegar para “tocar fondo” podrá depender de lo profundamente
arraigado que esté el pecado; porque cuánto más profundo es el pecado, más difícil será
desarraigarlo. Cuando ese pecado es generacional, como lo es en muchos casos, esa raíz
crece aún más profundamente.
Aunque no siempre nos gustan los efectos que esos pecados tienen en nosotros, parece como
si fueran amiguitos para nosotros. No queremos rendirlos. Puede que no hayamos terminado
con ellos, y sólo vamos a dar a Dios aquellas cosas con las que hemos terminado. Rara vez
hemos terminado algo hasta que comienza a producirnos más dolor que placer. Así, Dios
puede permitir que sucedan ciertas cosas como resultado de que ese pecado nos lleve al fin de
ello, para llevarnos al fin de nosotros mismos.

Sometiéndonos a un círculo de mentores

Diferentes mentores servirán a diferentes propósitos en nuestras vidas. Puede que
descubramos que ya tenemos un círculo de mentores. Algunos nos guían espiritual y
moralmente. Algunos os ofrecerán servicios profesionales, como doctores, abogados y
contables. Otros estarán disponibles para la consejería emocional y psicológica. Diferentes
mentores están cualificados para estar ahí a favor nuestro en maneras distintas. Debemos
anhelar recibir de estos mentores conforme a sus propósitos. Abusaríamos de nuestros
dentistas si le contásemos nuestros problemas financieros. No son expertos en esa área ni
tampoco es asunto de ellos—a menos, claro está, que les debamos dinero.
Nuestras esposas, si estamos casados, son mentores en ciertas áreas de nuestras vidas. Mi
esposa sabe todo lo que necesita saber sobre mí para la santidad de nuestro matrimonio. Me
conoce física, espiritual, social, sexual ética, financiera y moralmente. Me conoce como un
libro. Rindo cuentas a ella automáticamente por cada donut que se supone que no debo comer,
por cada taza de café que se supone que no debo beber, por cada grano de sal que se supone
que no debo usar, y por cada dedo que no se supone que no debo levantar.
Mi esposa es una influencia positiva en mi vida porque ella es la que vive conmigo día a día. Es
cariñosa, tierna y me acepta. No es crítica ni juiciosa. Sabe como “estar junto a su hombre”. No
predica, no da la lata ni intenta rescatarme. Está casi demasiado dispuesta a que yo tome mis
propias decisiones, sabiendo muy bien que yo estoy dispuesto a sufrir las consecuencias, ella
es una roca. Además, con frecuencia cuenta como va por encima de mi cabeza en oración para
entregar las cosas a mi Cabeza, Jesús, cuando piensa que estoy haciendo algo mal; y puede
dejarlo ahí.
Y sin embargo, hay veces cuando necesito a otros hombres, no a mi esposa, con quien hablar
las cosas.

Sometiéndonos a hermanos de confianza

Encontrar a los hombres adecuados para esta clase de rendimiento de cuentas no es tarea
fácil. Lleva tiempo encontrar a otros hombres que se han probado dignos de confianza y que
estén dispuestos a conectar en apertura y honestidad. Hemos de ser cautelosos sobre airear
nuestros trapos sucios a cualquiera. Muchos no pueden ser confiados con nuestra honestidad.
Ellos mismos están todavía en pecado y negación. Siempre que puedan apartar la atención
sobre ellos mismos calumniando a los demás, eso es precisamente lo que harán.
Una vez di mi testimonio a un grupo de hombres de iglesia. Creo que me estaban considerando
como un candidato a pastor asistente. Yo quería ser honesto y abierto con ellos. Les compartí
sobre mi participación en algunas actividades de ocultismo durante un breve tiempo en mi
período de ateismo y como esa atadura me había llevado de vuelta al Señor. No pudieron
manejar esa información. ¿Cómo era posible que un hombre que había sido ordenado
previamente para el ministerio, pudiera haber llegado tan lejos? ¿Se podría confiar otra vez en
él? ¿Se había vuelto loco? No estoy seguro de lo que pensaron; pero sea lo que sea, la puerta
se cerró para mi ministerio candidato después de aquello.
Aunque tenemos que ejercer la cautela, no podemos ser gobernados por lo que otras personas
piensen de nosotros. No es asunto nuestro lo que piensen los demás a menos, que por
supuesto, les hayamos dañado y necesitemos arreglar algunos asuntos. Si tenemos temor de
lo que otros piensen de nosotros, lo más seguro es que nos sea imposible abrirnos a otros
hermanos de confianza.

Sometiéndonos a hermanos que nos aceptan

Hasta que no lleguemos a aceptarnos unos a otros sin juzgarnos ni criticarnos, lo más probable
es que no revelemos nuestras más profundas necesidades. Dudo mucho que hubiera podido
hacer un círculo para rendir cuentas de aquellos hombres de iglesia a quienes di mi testimonio.
Debemos mostrar tanta gracia, amor y aceptación unos a otros como el Señor nos las ha
mostrado hacia nosotros mismos. Y sin embargo, aceptarnos unos a otros no significa que
condonemos nuestros pecados en absoluto. La meta del rendir cuentas es ayudarnos unos a
otros a vivir por encima del pecado. Porque “no envió Dios a Su Hijo al mundo para condenar al
mundo sino para que el mundo fuera salvo por Él.” (Juan 3:17).
Es vitalmente importante que los hombres nos reunamos para rendir cuentas honestamente,
abiertamente y en aceptándonos unos a otros. Encontrar otros hombres con quienes deseemos
ser honestos mutuamente, abiertos y receptivos es como encontrar un tesoro enterrado. Vale la
pena comprar todo el campo para tenerlo.

Sometiéndonos a hermanos consagrados

Los hombres que están dispuestos a conectarse unos a otros en honestidad, apertura y
recepción, desearán entregarse fielmente unos a otros, a ellos mismos, a Dios y al proceso.
Esto implica una entrega de tiempo. Los hombres que rinden cuentas tienen que
comprometerse a un tiempo para estar juntos y comprometerse a ser fieles unos con otros en
ese tiempo. Los hermanos que han entrado en relaciones para rendir cuentas pueden recibir
llamadas a las dos de la madrugada. Saltarán de la cama, nos recogerán en la cabina de
teléfono junto a la tienda de bebidas alcohólicas de la esquina, y compartirán una taza de café
hasta que rompa el día, si es que eso es lo necesario.
Dios me ha bendecido a lo largo de los años con unos pocos hombres que están tan cerca de
mí como hermanos. Estamos a cientos de millas de distancia unos de otros; y sin embargo,
estaremos dispuestos a cruzar la frontera de varios estados para “estar ahí” unos por otros.
Conocemos las debilidades y fortalezas de todos. Nos amamos y nos apoyamos unos a otros.
Compartimos nuestras alegrías y nuestros sufrimientos. No nos juzgamos ni nos condenamos
unos a otros, pero tampoco dejamos que ninguno de nosotros se marche con basura en
nuestras vidas.
Creo que Dios ha puesto hombres con quién Él nos va a conectar. Él quiere esto por todos
nosotros. No quiere a hombres gobernando a otros hombres, sino a hombres sometidos unos a
otros como compañeros. Puede que esos hombres ya estén en nuestras vidas. Oremos y
pidamos a Dios que nos abra los ojos para verlos. Demos pasos con medida para llegar a
conocernos unos a otros a un nivel más íntimo. Construyamos una relación de confianza y
estemos dispuestos a comprometernos unos con otros en sinceridad.
Por causa de rendir cuentas, no es necesario buscar a otros hombres que tengan el mismo
pecado que nosotros. Pero está bien si así fuera, porque comprenderemos la vulnerabilidad en
cada uno de nosotros. Pero es algo igualmente poderoso si tenemos a otros en nuestras vidas
que son fuertes en áreas en las que nosotros somos débiles, y nosotros podemos ser fuertes
en áreas en las que otros son débiles. Romanos 15:1 nos instruye: “Así que, los que somos
fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos.”
Podemos ganar fortaleza unos de los otros cuando estamos conectados a hombres que
conocen nuestras debilidades y vulnerabilidades, que puedan llamarnos en cualquier momento
que sientan la necesidad de hacerlo y preguntar, “¿Cómo te va en esa área?”. Si nos va bien,
lo decimos. Si no, lo decimos dejamos que el hermano nos ministre.
La fidelidad y la lealtad son disciplinas que han de perfeccionarse con la práctica. Comencemos
a practicar la fidelidad y la lealtad a nuestros hermanos rindiendo cuentas. Seamos fieles en lo
poco—siendo fieles en participar de las reuniones con ellos, llegar a tiempo, quedarse un buen
rato y orar fielmente. Aprender la fidelidad en el grupo tendrá su efecto maduro sobre nuestra
fidelidad en casa.

Sometiéndonos a hermanos que oran

Siempre podremos encontrar a quién estén dispuestos a escucharnos, a cargarnos de consejo,
a servirnos una bebida. Es más difícil hallar a otros que estén dispuestos a ponerse de rodillas
y orar por nosotros. Podemos someternos a nuestros camareros, barberos, médicos y
abogados, pero lo que en realidad necesitamos es socios de oración.
Cuántas más personas podamos incluir en nuestro círculo de mentores, más apoyo de oración
que habremos conseguido para nosotros mismos. Dios responde a la oración, especialmente a
la oración ferviente y eficaz de hombres piadosos (Santiago 5:16). Oremos juntos unos con
otros, oremos unos por otros, oremos juntos unos por otros y oremos cuando estemos lejos
unos de los otros. La oración nos ayudará a mantenernos cubiertos de los dardos de fuego del
diablo.

Sometiéndonos unos a otros

El sometimiento unos a otros sugiere que todos nosotros tenemos un terreno común. Aquellos
individuos que consideran que están más allá de la corrección no pertenecen al grupo. Crean
un clima de desconfianza y no produce seguridad tenerlos cerca.
Cuando nos sometemos unos a otros en el entorno de un grupo de apoyo confidencial,
seremos más transparentes y confiaremos más unos en otros. Dios dará más de Su
misericordia y de Su gracia. Nos dará sabiduría y entendimiento. Se creará un clima para que
Dios envíe Su palabra para edificación, sanidad, liberación, transformación y fortalecimiento. El
Salmo 107:20 dice “El envió su palabra y los sanó y los libró de la muerte.”

Tomando responsabilidad por nosotros mismos

Aunque rindamos cuentas unos a otros, no podemos esperar que otros vivan nuestras vidas
por nosotros. Podemos y probablemente deberíamos hacer un inventario de nuestras vidas
para ver lo que nos ha hecho ser como somos. Pero no podemos escondernos detrás de lo que
otros nos han hecho como excusa para permanecer en pecado. Es tiempo de crecer y de tomar
responsabilidad por nosotros mismos.
Mi hijo pasó un tiempo de prueba hace muchos años que le llevó a la consulta de un consejero.
Su consejero le ayudó a ver los efectos que sus padres y su pasado habían tenido sobre él
para moldearlo hasta llegar a ser la persona que era. Culparnos era la excusa que él tenía para
no trabajar sobre sus propios asuntos.
Le he pedido que me perdone en repetidas ocasiones. Nada cambió hasta que un día le dije,
“Hijo, yo acepto mi responsabilidad por lo que te sucedió de niño. Cometí serios errores
contigo. Pero ahora eres un hombre maduro, un individuo adulto tú mismo. Ya no puedes más
esconderte detrás de mí. Tienes que ser responsable por ti mismo.” Me dijo varias veces
después que esa amonestación cambió su mente y su vida.
Yo tiendo a ser un conserje en el sentido disfuncional del término. Por conserje me refiero a
alguien que hace por los demás lo que en realidad ellos tendrían que estar haciendo por ellos
mismos. Los conserjes hacen estas cosas para hallar significado en la aprobación de los
demás. Aunque nunca obtengamos esa aprobación, seguimos preocupándonos por todo
compulsivamente. Nos inclinamos hacia los asuntos de los demás aunque no sean asunto
nuestro. Nos inclinamos a los asuntos de los demás porque no tenemos un sentido claro de
nuestros propios límites. No diferenciamos bien lo que es asunto nuestro de lo que no es.
He sido condicionado a ser así durante mis años de formación. Podría culpar a mi madre por
hacerme así y por seguir preocupándose por los demás, o podría tomar mi propia
responsabilidad yo mismo y dejar de actuar de ese modo.
Necesito que otros hombres que saben esto de mí—hombres que me llamen la atención
cuando me vean liando las cosas. Pero esos otros hombres en mi vida no pueden vivir mi vida
por mí. Yo no puedo vivir mi vida por ellos. Tenemos que tomar responsabilidad por nosotros
mismos. Hasta que no estemos dispuestos a hacer eso, estaremos simplemente falsificando el
rendir cuentas, algo que no cambiará nada.
Deberíamos desear tomar responsabilidad en todas las áreas de la vida: lo que pensamos y
hacemos. Deberíamos desear tomar responsabilidad por nuestro crecimiento espiritual, nuestra
salud física y emocional, las finanzas, actitudes y resentimientos. Deberíamos querer tomar
responsabilidad si dejamos a una mujer embarazada, mentimos o cometemos errores. No
hemos de echar la culpa a los demás. Deberíamos decir “Lo siento, por favor, perdóname.”
Daremos los pasos necesarios para arreglar las cosas.
Somos responsables de recibir ayuda cuando la necesitamos. ¿Cómo sabemos cuando
necesitamos ayuda? Cuando Dios ha intervenido sobrenaturalmente y no podemos ignorarlo
por más tiempo.
Siempre que seamos honestos con nosotros mismos, será más probable que aceptemos
responsabilidad por nosotros mismos. Cuando dejamos de ser honestos con nosotros mismos,
echaremos las culpas a los demás de nuestro comportamiento.

Sometiéndonos a Dios

Finalmente, rendir cuentas es un asunto entre el individuo y Dios. Podemos fingir unos con
otros y negarnos a nosotros mismos, pero no podemos engañar a Dios. Poco bueno surge de
pretender sometimiento a otros si no estamos dispuestos a someternos a Dios para rendirle
cuentas. Sólo nosotros sabemos si somos o no honestos en cuánto a ser responsables de
nosotros mismos, Dios y los demás, cuando nadie más nos está mirando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario