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miércoles, 12 de septiembre de 2012

CRISIS DEL JORDÁN: De la Juventud a la Paternidad (Más Allá del Pentecostés, Clayton Sonmore)


Casi invariablemente, aquellos que se mueven en el despertar espiritual de este día, encuentran que esta transición está acompa­ñada por la misma experiencia que tuvieron los hijos de Israel en su paso por el Jordán (el símbolo de la muerte) hacia la tercera dimensión (la tierra prometida). El ministerio simbolizado por Moisés y la «Peregrinación por el Desierto» terminaron para ellos.

Ellos han llegado a la orilla de las aguas del Jordán en donde está la exigencia congruente de Dios: «Santificaos, porque el SEÑOR hará mañana entre vosotros maravillas.... Cuando hayáis entrado hasta el borde del agua del Jordán, pararéis en el Jordán» Este «pararéis» conlleva, sin duda, la exigencia de la muerte a la carne en el Jordán. Hermanos y hermanas: El mañana de Dios está cerca. Él ha preparado  «la Compañía de Josué» que prevalecerá sin temor a los gigantes que se encuentren por delante, ni de los perseguidores que vengan detrás. Esta compañía está tomando posiciones para las órdenes de marcha.




Capítulo Ocho

LA UNIÓN CON EL PADRE

Es imperativo que comprendamos el concepto de Dios en cuanto a la plena estatura, y sólo podemos comprender esto cuando nos movemos hasta Su punto de vista, porque es únicamente entonces cuando podemos comprender la gloria de Su herencia en aquellos santos que alcanzan esta posición. Cuando atendemos a la sabiduría y al entendimiento y al poder en los cuales se movió la iglesia primitiva, ellos tenían algo que nosotros hemos perdido, porque aquellos hombres «trastornaron el mundo» sin ninguna de las miles de herramientas que hoy tenemos.

Los apóstoles Pedro y Juan vivieron ambos en el punto de vista de Dios, y  compartieron    el deseo del corazón del Padre de mover a Su pueblo de la niñez a la edad viril de la juventud y, finalmente, a la paternidad.
En esta condición de padre espiritual, oímos a Juan cuando exhorta en el capítulo segundo de su primera epístola: «Os escribo a vosotros, hijitos;» más adelante dice: «Os escribo a vosotros, jóvenes;» y, posteriormente: «Os escribo a vosotros, padres.» Juan vio a los creyentes en estos diferentes grados de madurez, y supo que el Padre eterno sólo podría estar satisfecho cuando ellos fueran llevados a la estatura de la paternidad espiritual, como copartícipes con El de Su Vida, de Su Naturaleza, de Su Propósito y de Su Visión.

El también vio que el solo transcurrir del tiempo o la adquisición de mayor conocimiento y experiencia no eran garantía de desarrollo espiritual. Debía haber un cambio en las actitudes y en los conceptos. Así, Juan escribe para explicar que los hijitos están conscientes principalmente de que Dios es su Padre, y de que sus pecados les son perdonados. En este primer grado del crecimiento, es bastante natural regocijarse con lo que se ha recibido y con lo que se espera de un Padre amoroso.

En su actitud, en su propósito y en su concepto, los hijitos se concentran en torno a la bendición y a la salvación, buscando mover a Dios en una órbita alrededor de su pequeño centro. ¡Cuan lejos están ellos de la plena estatura del Padre!

Cuando Juan escribe para aquellos que han madurado hasta alcan­zar la virilidad de la juventud, y en cuyo grado de crecimiento predominan dos cosas: «que la palabra de Dios mora en vosotros, y que habéis vencido al maligno.» Este es un avance significativo, pues ya no son bebés que necesitan de la leche, ahora son jóvenes que requieren de la carne de la Palabra. Por experiencia, ellos han pasado de la defensiva a la ofensiva; en lugar de salir corriendo, ahora están venciendo - parcialmente - al maligno. Sin embargo, siendo jóvenes, es muy fácil que se ocupen en HACER, en lugar de SER.

Como remate, Juan describe a aquellos que han llegado a ser padres espirituales. En este grado más elevado de la estatura, despertamos - de pronto - a algo bastante maravilloso. Como niños, lo reconocimos a El como nuestro Padre en una relación que comen­zaba. Como jóvenes, lo honramos a El como nuestro Padre en una relación de mando. Ahora, como padres, somos uno con Él en su Paternidad, mediante una íntima identificación. Parecería que existiera una transferencia de Su anhelante corazón de Padre a nuestro corazón. Llegamos a compartir una unión con Su Espíritu, con Su Propósito, con Su Deseo, con Su Visión y con Su Dedicación.

De pronto, nos sentimos subyugados por el hecho de que Su Paternidad es el factor determinante en todas las cosas. Puesto que Él está primero que todo y por encima y más allá de todo lo demás, y porque también somos llamados a ser padres en Él, nos encontra­mos siendo copartícipes en el gran tema central del universo. Sí, Dios en este grado del crecimiento nos ha forzado a una plena comprensión más completa de Sí Mismo.

Como niños, estábamos esencial y continuamente ocupados por lo que podíamos conseguir, con un llamamiento y una dedicación obnubilantes por alcanzar el cielo, y por llevar también allí a los demás. Como jóvenes, nos vemos enfrentados al hecho de poner cada faceta de nuestra vida bajo Su autoridad y mando; sin embargo, en este concepto, solamente lo hemos visto a Él como «un Dios de acción.» En el campo de acción de Su maravillosa actividad, llegamos a vernos embargados por lo que podremos hacer por Él. Se espera entonces que nosotros también estemos ocupados con el HACER, ya que nuestro concepto primario de Dios, en este segundo grado de la estatura, se refiere al Dios que está haciendo. Esto no satisfará nunca a Dios, porque Él debe presio­narnos más allá del mero plano de la actividad, para que veamos quién es Él y lo que Él ha sido desde la fundación del mundo.

Cuando avanzamos hacia el concepto de Dios más pleno para la Iglesia, nuestra mente finita se confunde al darse cuenta de que Dios no ha hecho nada para llegar a ser el Padre, porque el Señor siempre ha sido el Hijo eterno. Así que no es Su HACER, sino que - por el contrario - es Su SER lo que se superpone a todo lo demás. De este modo, como padres espirituales, estamos llamados a ser una manifestación de Él. No sólo somos instrumentos en Sus manos, pues al trabajar para Él, le estamos permitiendo a Él que viva y se manifieste a Sí Mismo por medio de nosotros, siguiendo los tres grados de la madurez: (1) niños, (2) jóvenes y (3) padres.

Reconocemos esta misma posición de trino y uno en el Eterno que fue desde la fundación del mundo: (1) el Hijo, (2) el Espíritu Santo, y (3) el Padre, en Su ministerio de (1) Jesús, (2) el Cristo, y (3) el Señor. Los títulos son significativos: Jesús significa el Salvador; Cristo significa el que Unge o el Ungido; y Señor significa Rey o Amo. (Ver cuadro del Tabernáculo en la página 56).

En la primera etapa del crecimiento, en el grado de niños, nos preocupamos por nosotros mismos; en este grado de interesarnos en lo que podemos conseguir, hemos llegado a conocerlo a Él como el Salvador. Esto está caracterizado por la posición fundamental o evangélica.

Luego, avanzamos en la senda de la vida, llegando a conocer a Cristo, al Ungido o al que Unge - cuando estamos llenos del Espíritu Santo. En esta posición intermedia llegamos a preocupar­nos por el HACER. Así es en muchos grupos que han conocido el bautismo en el Espíritu, puesto que al estar llenos con el Espíritu, se han preocupado por hacer, hacer y hacer; por planear, planear y planear, encontrándose tan preocupados por sus planes, y por sus coros, y por sus actividades, y por sus diversos programas legalistas, que - raras veces - deja lugar para sencillamente SER lo que Él quiere que seamos.

Por favor, hermanos, no confundamos esta vida de Ser con una vida de no Hacer nada, porque un hombre o una mujer que haya entrado por las puertas de la «Vida en el Espíritu» será alguien apasionado por las almas, alguien que andará por las calles y no verá a las personas como tales, sino que las verá como almas vivientes. El o ella se afanarán y se fatigarán por esa iglesia en apuros, muerta o agonizante,  o por cualquier actividad espiritual que alguna vez anduviera en la luz, pero que ahora «ha perdido su primer amor.» Ellos verán a aquellas personas que adoran allí, como algo precioso a los ojos del Señor. Habrá acción, pero ahora el único que dirige es el Espíritu Santo, de tal forma que ya nadie actuará con las energías de la carne. Ya no tendrán la obligación de probar su vitalidad espiritual ante sí mismos o ante Dios. Ya no habrá un testimonio que sea prematuro o tardío, o que falta la fundamentación basada en la intercesión. En lugar de eso, ahora vemos un testimonio, o una actividad, o una iglesia, o una confraternidad, o un hombre o una mujer que mueven montañas, que sólo deifican a Dios y a Sus propósitos, que cambian las ciudades y que cambian la historia.También hay aquellos que entran en esta dimensión bajo tal compasión y tal intercesión, que el peso de tal ministerio resulta casi demasiado grande para ser llevado por cuerpos físicos comu­nes y corrientes. Estos son un pueblo que ha encontrado que, por un tiempo, todas sus actividades se han dedicado a la oración, y que Dios ha cerrado sus bocas para el testimonio vocinglero. Sin embargo, la  palabra de Dios «no volverá vacía» a Él, ni tampoco lo harán tales ministerios de intercesión sometidos de ese modo al Espíritu.

Casi invariablemente, aquellos que se mueven en el despertar espiritual de este día, encuentran que esta transición está acompa­ñada por la misma experiencia que tuvieron los hijos de Israel en su paso por el Jordán (el símbolo de la muerte) hacia la tercera dimensión (la tierra prometida). (Ver página 56). El ministerio simbolizado por Moisés y la «Peregrinación por el Desierto» terminaron para ellos.

Ellos han llegado a la orilla de las aguas del Jordán en donde está la exigencia congruente de Dios: «Santificaos, porque el SEÑOR hará mañana entre vosotros maravillas.... Cuando hayáis entrado hasta el borde del agua del Jordán, pararéis en el Jordán» Este «pararéis» conlleva, sin duda, la exigencia de la muerte a la carne en el Jordán. Hermanos y hermanas: El mañana de Dios está cerca. Él ha preparado  «la Compañía de Josué» que prevalecerá sin temor a los gigantes que se encuentren por delante, ni de los perseguidores que vengan detrás. Esta compañía está tomando posiciones para las órdenes de marcha.

Es necesario que nosotros clarifiquemos nuevamente esta dimen­sión de «ser.» No es un lugar de solaz, sino de reposo en Él. Aunque la dimensión más amplia de la «Vida en el Espíritu» de Dios empieza con una crisis, es seguida por un proceso. Lo mismo ocurre también con las otras dos etapas: la salvación y el bautismo del Espíritu. Muchos, probablemente la mayoría de los creyentes en su revelación progresiva, entran en la crisis, pero jamás continúan con el proceso. Esta detención, quedándonos cortos del «supremo llamamiento de Dios en el Cristo Jesús,» es uno de los más grandes males que sobrevienen en la iglesia cristiana. El designio sublime de Dios para Sus hijos es el de que progresen continuamente hacia lo alto, desde el día de nuestra cruz hasta el día de nuestra corona.

Hay un tiempo de morir a la carne (no a la carne sino al mundo, nada más recibir el bautismo en el Espíritu Santo es que tenemos el poder para salir del MUNDO y del PECADO), donde el buscador se mueve desde la Pascua (la Salvación) hasta Pentecostés. También existe un adecuado y más riguroso tratamiento por parte del Espíritu durante este tiempo de morir a sí mismo (a la CARNE, al viejo hombre. El poder del espíritu Santo viene para llevarnos al “hoyo” y vencer completamente al pecado y al mundo) y de moverse desde Pentecostés a esta «Vida en el Espíritu;» ¡sí, a una vida MAS ALLÁ DEL PENTECOSTÉS! Debemos «empeñarnos por entrar en este reposo para encontrar como resultado «un descanso de nuestras obras Al llegar a esto, nos encontraremos permaneciendo en el lugar donde estuvo Josué cuando se hallaba a orillas del Jordán y oyó la Palabra del Señor: «Pararéis en el Jordán.»

El Señor le dijo a Moisés que se detuviese para que subiera al monte durante cuarenta días, con el fin de que Él pudiera hablarle allí «cara a cara» con relación a «Su Orden Debido» y a las consecuen­tes exigencias de la necesidad del arrepentimiento para el pueblo. Ustedes sabrán, seguramente, que el pueblo de la congregación estaba ocupado en HACER antes que en SER, y que en su consiguien­te descontento por la aparente inactividad, se llegarían hasta Aarón para decirle: «Haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos que le haya acontecido.» Entonces el SEÑOR le dijo a Moisés en el monte, al término de los cuarenta días: «Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido. Pronto se han apartado del camino que yo les mandé; se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado.... Dijo más el SEÑOR a Moisés:... por cierto es pueblo de dura cerviz. Ahora, pues, déjame para que se encienda mi ira en ellos.» Pero Dios, en Su misericordia y por la intervención y la intercesión de Moisés, dejó una vía de escape por medio del arrepentimiento. Moisés se puso a la puerta del campamento, y dijo: «¿Quién está por el SEÑOR? Júntese conmigo.» Dios dio muerte ese día a todos los desobedientes. Después «Moisés tomó el tabernáculo y lo levantó lejos, fuera del campamento.... Y cualquiera que buscaba al SE­ÑOR, salía al Tabernáculo de Reunión que estaba fuera del campa­mento.» Del mismo modo, hoy tiene que haber lugar para esa experiencia del Jordán de buscar Su rostro y Su voluntad; y Su voluntad y Su plan serán conocidos invariablemente por aquellos que «pararen en el Jordán.»

Además de la Palabra del Señor a Moisés en el monte para que se detuviera, encontramos incontables relatos en la Palabra para que nos detengamos, tales como la palabra que le fue dada a Josué, a Jeremías, a Ezequiel] (encerrado en su casa), a Pablo (durante dos años) (no solo dos años, además 10 años de las soledades de la Cilicia, hasta que Bernabé fue enviado a buscarlo) y a Jesús (durante cuarenta días). Esta es una necesarísima transición por la muerte del HACER al SER, y la necesitamos todos. Amados hermanos, ¿qué pasa con ustedes?

Sé, desde luego, que ellos - los «escribas, y los fariseos, y los hipócritas» los perseguirán, y que ni siquiera tratarán de compren­der lo que ocurre. Pero ellos tampoco comprendieron a Jesús. Jesús nos dijo ciertamente que: «El jamás nos desampararía, ni nos dejaría.» Mateo 5:11,12 nos dice: «Bienaventurados sois cuando os vituperen y os persigan, y se dijere toda clase de mal de vosotros por mi causa, mintiendo. Gózaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; que así persiguieron a los profetas que estuvieron antes que vosotros.»

Ustedes o yo jamás comprenderemos esta insuperable «Vida en el Espíritu.» este precioso camino que nos mueve MAS ALLÁ DEL PENTECOSTÉS en esta Unión con el Padre, sin el aplastamiento y el quebramiento que provienen de los más amados e íntimos allega­dos de ustedes. Por favor, hermanos, no evadan ustedes esta confrontación de ser mal entendidos, pues Dios tampoco nos ha llamado para una vida de constante justificación. Él es nuestro justificador.
(Las notas parentéticas en letra pequeña color azul han sido añadidas por el blog)

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