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sábado, 15 de septiembre de 2012

UN HOMBRE-PAPÁ RENDIDO Y CONSAGRADO ABSOLUTAMENTE A DIOS ("En busca de Papá", Charles Elliott Newbold, Jr.)



En busca de Papá – Charles Elliott Newbold, Jr.

Capítulo 17 – Un Hombre consagrado

En el ámbito de lo natural derrotamos a nuestros enemigos cuando se nos rinden. En el ámbito
del espíritu, derrotamos a nuestros enemigos cuando nosotros nos consagramos al señorío de
Jesucristo. Él va delante de nosotros para expulsar a nuestros enemigos. El lucha nuestras
batallas por nosotros.
Rendirse al señorío de Jesucristo es entregarnos nosotros mismos como barro húmedo en las
manos del Maestro Alfarero para que nos moldee hasta ser el hombre que Él quiere que
seamos. Su rueda de alfarero gira y Su horno está encendido en Su disposición de hacer su
obra en nosotros. No obstante, Él jamás violará nuestras voluntades. Él espera hasta que
realmente queramos que Él sea el Señor de nuestras vidas.
Queremos que Dios nos moldee para ser los mejores maridos y papás posibles. Podemos
hacer cosas por nosotros mismos para producir un cambio (???), pero la mayoría de los cambios
toman forma en las palmas de las manos del Alfarero. El barro no tiene poder para moldearse a
sí mismo. Entregamos nuestras vidas al cuidado de Dios que es quien tiene el poder para
cambiarnos. Podemos cambiar lo que hacemos pero solo Dios puede cambiar lo que somos.
La Biblia nos enseña que somos espíritu, alma y cuerpo. Pablo escribe en 1ª Tes. 5:23: “Y el
mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea
guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.” El papá consagra todo lo
que Él es: espíritu, alma y cuerpo—a todo lo que Cristo es. Esto incluye cada aspecto de cada
área de la vida sobre la que el papá es responsable.

Rindiendo nuestros espíritus

Prestamos poca atención al hecho de que somos espíritu, alma y cuerpo. Vivimos nuestras
vidas sintiéndonos bien o mal, estando bien o estando enfermos, riendo o llorando, teniendo
hambre o comiendo, corriendo por los laberintos de nuestras vidas, siendo quienes somos para
bien o para mal. Pensamos sobre cosas. Aprendemos cosas. Olvidamos cosas. Sentimos cosas.
Nos enfadamos, nos entristecemos, nos alegramos o nos asustamos. Sentimos cosas
emocionalmente y sentimos cosas corporalmente. Pero puede que nunca pensemos sobre
nosotros mismos que somos seres humanos íntegros, completos. Ni siquiera nos lo
planteamos. Pasamos por aquí viviendo, actuando y reaccionando, con esperanza, orando,
esperando, corriendo por aquí y por allí.
Entonces, un día somos confrontados con la realidad de Jesucristo en el ámbito del hombre del
espíritu. Descubrimos repentinamente que Él es el Señor de Señores y el Salvador del mundo,
o como Pedro confesó, “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Mat. 16:16). Jesús se abre
camino hasta nosotros con la realidad de Su presencia. Nos quedamos cortos en nuestra forma
de vivir. Se nos dice que tenemos que rendir nuestros corazones y nuestras vidas a Él y
declararle Señor de nuestras vidas. Podemos pronunciar las palabras de la entrega repitiendo
la oración del pecador y descubrir que nuestras vidas no han cambiado.
No podemos huir de algo que se ha hecho parte de nosotros. Nacemos de nuevo de lo alto por el Espíritu Santo en nuestro espíritu humano. Rendimos nuestros espíritus a Él.

Rindiendo las fortalezas de nuestras almas

Cuando nos rendimos por vez primera al señorío de Jesucristo, normalmente es en medio de
alguna crisis en nuestras vidas. Llegamos al fin de nosotros mismos. No tenemos a nadie más
a quien volvernos, así que finalmente nos volvemos a Dios. Dios es normalmente la fuente del
último recurso. En ese momento, nos sentimos como si hubiéramos dado todo al Él.
Sin embargo, poco después descubrimos que hay cosas en nuestras vidas que todavía
necesitan rendirse. Son fortalezas sobre las que el enemigo de nuestra carne tiene un control
particular, cosas a las que todavía queremos aferrarnos. Todavía podemos seguir siendo
gobernados por nuestro pensamiento, nuestros temores, iras, depresiones, avaricia,
resentimientos y lascivias. Podemos seguir estando gobernados por tragedias que nos
ocurrieron en la niñez. Podemos seguir estando gobernados por el dinero o el deseo de cosas.
Podemos seguir gobernados por una adicción, una relación o un pecado. Tenemos que llegar a
estar dispuestos a rendir estas cosas en nuestras vidas.
Al rendirnos, damos permiso a Dios para obrar en estas áreas. Echar abajo estas fortalezas es
una obra gradual del Espíritu Santo mientras trabaja el Señorío de Jesucristo en nuestras vidas
diarias. Comenzamos a darnos cuenta de que están teniendo lugar cambios verdaderos y
duraderos en nosotros. Al avanzar, Él continúa revelando nuevas áreas que necesitan ser
rendidas.
Así, hemos nacido de nuevo en nuestro espíritu humano y la Biblia nos enseña que ahora
estamos siendo conformados a Su imagen (Rom. 8:29). Es como si esa semilla de vida nueva
plantada dentro del espíritu del hombre está brotando externamente para producir fruto en
todas las áreas del alma.

Rindiendo el cuerpo

Rendir nuestros espíritus a Dios cuando nacemos de nuevo fue un sacrificio del yo. Rendir
nuestras almas (es decir, nuestras personalidades: mente, emociones y voluntad) para ser
conformados a Su imagen, es un sacrificio del yo. Sin embargo, el mayor sacrificio ocurre
cuando estamos dispuestos y preparados para poner nuestros cuerpos. “Viviré para ti, Dios”,
declaramos; pero Dios pregunta, “¿Morirás por Mí?”
Pablo escribió en Romanos 12:1: “Os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis
vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, aceptable a Dios, que es vuestro culto racional.”
Apocalipsis 12:11 dice que los que vencieron al acusador de los hermanos (Satanás) se
caracterizan por tres cosas: “le han vencido por la sangre del cordero y por la palabra de su
testimonio; porque no amaron sus vidas hasta la muerte .” (negrita, énfasis mío).
Llegamos a esta muerte entregando totalmente a Dios lo que somos o lo que esperemos llegar
a ser—espíritu, alma y cuerpo—y dejarle ser el Señor de cada área de nuestras vidas.
Vencemos los abismos en nuestras vidas en la medida en que los rendimos al señorío de
Jesucristo.

Rindiéndonos a la voluntad de Dios

Rendirse el algo que tiene que ver con la entrega al Señor en obediencia, orando, “No mi
voluntad, sino la tuya, Señor”. Entregarnos a la voluntad de Dios siempre exige alguna clase de
acción. Jamás se trata de un asunto de pasividad, de tumbarse y hacerse el muerto. La palabra
entrega en sí sugiere que tenemos que dejar algo a lo que queremos aferrarnos fuertemente.
Entregarnos es un asunto del corazón. Llegamos a ese punto en el que Jesús es lo único que
hay, dónde buscamos Su rostro y no Su mano, donde queremos hacer Su voluntad más que a
nuestras propias vidas. Le invitamos a tomar un control total.

Volviéndose muy detallista

Debemos dejar que el Espíritu Santo se vuelva muy detallista con nosotros en cuanto a las
cosas que Le rendimos a Él. Algunas de las cosas que pensábamos que estaban escondidas
del escrutinio de nuestro Padre Celestial tarde o temprano serán llevadas a la luz de la cruz de
Cristo.
Debemos rendir a Dios nuestras mentes, pensamientos, emociones, resentimientos, temores,
preocupaciones y ansiedades, expectativas y egocentrismo. Debemos rendir nuestros defectos
de carácter, pecados, adicciones, co-dependencias, comportamientos auto-destructivos y
malos hábitos. Debemos rendir nuestras voluntades, necesidades, aspiraciones y planes.
Debemos rendir nuestros cuerpos, salud, hábitos de alimentación y vidas sexuales. Debemos
rendir nuestras capacidades, profesiones, carreras, empleos y ministerios. Debemos rendir
nuestras relaciones, familias, amigos y compañeros de trabajo. Debemos rendir nuestras
finanzas, propiedades y posesiones. Debemos rendir nuestro tiempo, nuestras vidas pasadas,
presentes y futuras. Incluso debemos rendir nuestros intentos religiosos por salvarnos a
nosotros mismos.
Rendimos todo a Dios con la convicción de que Él es Señor de todo, de que Él es todo en
todos. Él es nuestra justicia y nuestra salvación, nuestra fuerza y gozo, nuestro justificador y
nuestra justificación, nuestro redentor y nuestra redención, nuestro santificador y nuestra
santificación, nuestro glorificador y nuestra glorificación. Es nuestro médico, nuestra salud y
nuestra sanidad. Es nuestro proveedor, nuestro protector, el autor y consumador de nuestra fe,
el apóstol y sumo sacerdote de nuestra vocación, el pastor y obispo de nuestras almas.

Comprados por Dios

Rendir nuestro todo es el acto de dar a Dios aquello que Él ya ha comprado. Pablo recordó a
los corintios, “Habéis sido comprado por recio, por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo y
en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1ª Cor. 6:20) (2 Corintios 5:15 y por todos murió, para 
que los que viven,ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos). Jesucristo pagó el precio por nosotros derramando Su sangre preciosa sobre la cruz. Depende de nosotros aceptar o
no eso por la fe.
Cuando Le declaramos Señor de nuestras vidas, estamos diciendo que nosotros ahora Le
pertenecemos por completo. Pertenecemos a Él. Tiene completa jurisdicción sobre nosotros y
todos los asuntos relacionados con nuestras vidas. Vivimos por la fe en Él. Él se convierte
verdaderamente en Señor sobre nuestras vidas cuando nosotros nos entregamos a Él de esta
manera.
Así pues, si es que vamos a llegar a ser el papá que Dios siempre quiso que fuéramos entre
otros hombres y en el hogar, debemos aprender a rendir nuestras vidas al señorío absoluto de
Jesucristo, por el que Le permitimos que lleve todo lo que somos a la cruz con Él. Él es el único
que puede perfeccionar y madurarnos espiritualmente.
Tenemos que rendirnos en toda sinceridad. Como dije antes, no rendiremos a Dios aquello que
todavía no hemos terminado con nosotros mismos.
Rendirse es algo muy sutil. Podemos pensar que lo hemos hecho así, pero es algo que tiene
que tener lugar en el espíritu, y no sólo en la cabeza. Una vez que algo ha sido
verdaderamente crucificado dentro de nosotros, nosotros lo sabremos.

Cortado del patrón del Hijo

Jesucristo es el Hijo de Dios. Como tal, Él es el prototipo de muchos hijos por venir. Él es el
patrón. Cada nuevo hijo tiene que ser cortado directamente de Él.
Rendimos todo lo que somos para llegar a ser todo lo que Él es. No sólo nos hacemos suyos,
sino que nos volvemos como Él. 1ª Juan 3:12 afirma: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre,
para que seamos llamados hijos de Dios… Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha
manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos
semejantes a él, porque le veremos tal como él es.”
Nos rendimos a nosotros mismos completamente a Su cuidado divino, soberano, para poder
ser conformados a Su imagen como hijos de Dios (Rom. 8:29).

Morimos diariamente

El apóstol Pablo dijo de sí mismo, “Yo muero cada día (1ª Cor. 15:31). Del mismo modo
debemos morir nosotros también. Tenemos que morir a nuestra propia voluntad, atracciones,
ambiciones, egocentrismo, pecados—todo aquellos que hable de independencia idólatra de
Dios.
Rendirnos es una actividad diaria. No podemos hacerlo solo una vez y dar por hecho que estas
cosas ya han sido entregadas eternamente a Dios. Siempre tendremos a nuestras voluntades
con quien contender. Somos bastante capaces de engañarnos a nosotros mismos para creer
que estamos rendidos cuando en realidad hemos tomado algo de nosotros mismos en nuestras
propias manos. Debemos prestar atención diaria a esto para asegurarnos que permanecemos
rendidos al señorío de Jesucristo en todas las áreas de nuestras vidas.

La vida entregada

Rendirse así es parte de lo que Jesús quiso decir cuando nos llamó a cada uno de nosotros a
“negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz y seguirle” (Mateo 16:24). Es lo que Él quiso decir
cuando dijo, “Nadie que ponga su mano en el arado y mire atrás, es apto para el Reino de
Dios” (Lucas 9:62). Es lo que Él quiso decir cuando dijo, “Si alguno viene en pos de Mí y no
aborrece a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, hasta a su propia vida, no puede
ser Mi discípulo” (Lucas 14:26). Aborrecer en este sentido significa que en todas las cosas
damos preferencia a la voluntad del Padre Dios en lugar de a nuestra carne o a las
expectativas de otros. Siempre que estemos siendo gobernados por lo que otros hombres
piensen de nosotros, no podremos vivir en obediencia al Espíritu Santo.

La vida crucificada

Entregarnos al señorío de Jesucristo tiene que ver con vivir la vida crucificada de Jesucristo.
Romanos 6:3 dice, “¿No sabéis que los que fuimos crucificados en Cristo Jesús fuimos
bautizados en Su muerte?” Esto tiene que significar algo más que ser inmersos en agua o
rociados con agua. Tiene que ver con la forma en que vivimos nuestras vidas: "… Nuestro viejo
hombre es crucificado con Él para que el cuerpo de pecado pueda ser destruido y no sirvamos
más al pecado.” (Rom.6:6ª). Hemos de vivir vidas crucificadas.
Vivir la vida crucificada es el único modo de llegar a la vida de resurrección (aquí en la tierra).
Romanos 6:4 dice, “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin 
de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos 
en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así
también lo seremos en la de su resurrección.”
Nosotros los papás tenemos que estar muertos al yo, al mundo, a Satanás y al pecado para
que podamos ser (vivir) resucitados como verdaderos hombres de Dios. Necesitamos ser levantados
como verdaderos maridos, padres, cabezas de familia, y hombres de integridad en la
comunidad. Esta es la obra santificadora del Espíritu Santo a la que nosotros nos entregamos.

Atrévete a rendirte

Como papás , nos atrevemos a vivir la vida entregada—nos atrevemos a destruir esas cosas
que desagradan al Padre en el fuego de nuestra pasión por Él. Incluso si sabemos que bien
podríamos retomarlas de nuevo, podemos ejercer nuestra voluntad para destruirlas porque
ahora, conocer ese ejercicio, fortalece esa parte que es ejercitada (Heb. 5:14).

Mantengamos ardiendo en nuestro corazón el fuego del sacrificio que arde en nuestros
corazones y almas para que podamos ser hombres que vivan vidas entregadas, moldeadas
conforme al Hijo patrón, por los dedos del Maestro Alfarero.

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