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martes, 14 de febrero de 2012

PROBLEMAS DEL YO versus LEPRA EN EL A. TESTAMENTO


http://www.librosdelministerio.org/books.cfm?id=%23%25%20%2B%25%0A

LA TERCERA ETAPA DE LA EXPERIENCIA DE VIDA: 

CRISTO VIVE EN MI


Ahora venimos al estudio de la tercera de las cuatro etapas de nuestra vida espiritual, a saber: “Cristo vive en mí” o la experiencia de “la etapa de la cruz”.
Si un cristiano, después de que se consagra al Señor, trata completamente con su injusticia, su impiedad y con los sentimientos de la conciencia, y tiene ciertas experiencias al obedecer la enseñanza de la unción y entiende la voluntad de Dios, entonces el Señor le guiará a aceptar los tratos de la cruz. De este modo, él obtendrá las experiencias de la etapa de la cruz.
Las experiencias de la etapa de la cruz son diferentes en muchos sentidos de las experiencias espirituales previas. Las primeras dos etapas de la experiencia de vida pueden ser consideradas como la experiencia de una sola etapa, porque todos esos tratos pueden ser experimentados una vez que la persona es salva. Una persona que es salva de una manera cabal inmediatamente comienza a resolver el problema del pasado y a tratar con el pecado, el mundo y la conciencia. Aun en las lecciones más profundas, tales como obedecer la enseñanza de la unción y entender la voluntad de Dios, él ya ha progresado. Por lo tanto, estas experiencias pertenecen realmente a la etapa de la salvación. Sin embargo, hay una diferencia claramente definida cuando llegamos a la tercera etapa. Nos trae al comienzo de otro aspecto de la experiencia cristiana y esto sirve como un gran viraje para un cristiano delante del Señor. La señora Penn-Lewis llamó a esta etapa “el camino de la cruz”. Ella usó el término “camino” para denotar que es en esta etapa que un cristiano comienza a andar formalmente en el camino de la cruz, teniendo la experiencia de la cruz y caminando completamente bajo la cruz. Por lo tanto, de aquí en adelante su andar espiritual entra en una nueva etapa.
Más aún, todos los tratos durante las primeras dos etapas en cuanto a injusticia, impiedad y aun los sentimientos de intranquilidad en la conciencia se relacionan con asuntos externos a nosotros y no tienen nada que ver con nuestro ser. En las primeras dos etapas, concebíamos todos nuestros problemas como cosas relacionadas con el pecado y con el mundo, y pensábamos que si tratábamos con ellos, ya no tendríamos más problemas. Sin embargo, no es sino hasta que nos consagramos al Señor y le obedecemos de una forma absoluta, progresando en el Señor y entrando en la tercera etapa, que descubrimos gradualmente que al seguir al Señor, no sólo tenemos problemas relacionados con asuntos externos a nosotros, sino también problemas con nuestro propio ser, tales como nuestra carne, nuestro yo y nuestra constitución natural. Además, estos asuntos internos estorban y ofenden al Señor severamente. Al llegar a este punto, seremos dirigidos por el Señor para que veamos cómo la cruz puede resolver todas estas dificultades pertenecientes a nuestro ser. Entonces tendremos tratos más profundos en cuanto a estos asuntos. Es por esto que decimos que si un cristiano entra en esta tercera etapa de la experiencia de la cruz, entonces verdaderamente un gran viraje y un nuevo comienzo tendrán efecto en su vida.
El asunto concerniente a la limpieza de la lepra (Lv. 14:2-9) es un tipo que muestra muy claramente estas dos diferentes clases de tratos relacionados con los asuntos fuera de nosotros y con las cosas de nuestro ser. En la Biblia un leproso siempre tipifica nuestro hombre caído y pecaminoso. El problema de un leproso no está realmente en su suciedad y su fealdad externa, sino en el veneno de la enfermedad interna. Igualmente, el problema principal que hay en nosotros, los pecadores caídos, no es exactamente nuestros hechos pecaminosos externos, sino la naturaleza pecaminosa que está dentro de nosotros, la cual se origina de la vida maligna de Satanás. Por lo tanto, la tipología relativa a la lepra es una descripción muy acertada y completa de nuestra condición pecaminosa delante de Dios. Así que la manera en que se hacía la purificación relacionada con el leproso, tal como se muestra en Levítico, es también la manera en que nosotros somos purificados y tratados delante de Dios.
El primer requisito para la purificación de un leproso era traerlo ante el sacerdote. El sacerdote tipifica al Señor Jesús. “El sacerdote saldrá fuera del campamento” para examinar al leproso, porque el leproso no puede entrar al campamento, sino que debe permanecer fuera. Esto nos dice que nosotros los pecadores no debemos entrar en medio del pueblo de Dios, donde Dios manifiesta Su gracia; pero el Señor Jesús ha salido a examinarnos. Si es verdad que nos hemos arrepentido de corazón, entonces la plaga de la lepra es sanada a los ojos de Dios. Después que sea sanada, “el sacerdote mandará luego que se tomen para el que se purifica, dos avecillas vivas, limpias, y madera de cedro, grana e hisopo. Y mandará el sacerdote matar una avecilla en un vaso de barro sobre aguas corrientes. Después tomará la avecilla viva, el cedro, la grana y el hisopo, y los mojará con la avecilla viva en la sangre de la avecilla muerta sobre las aguas corrientes; y rociará siete veces sobre el que se purifica de la lepra, y le declarará limpio; y soltará la avecilla viva en el campo”. La suciedad del leproso es pecado delante de Dios; por tanto, requiere la purificación con el rociamiento de la sangre. Esto no tiene como fin la limpieza de la naturaleza pecaminosa, sino abolir toda la cuenta de pecados delante de Dios. El procedimiento en la aspersión de la sangre es preparar dos aves: una para ser muerta en una vasija de barro sobre aguas corrientes, y la otra, la cual está viva, para ser sumergida en la sangre y rociada sobre el leproso. El ave que es muerta tipifica al Señor Jesús que vertió Su sangre y sufrió la muerte; el ave viva tipifica al Señor Jesús resucitado de la muerte; y el agua corriente tipifica la vida eterna de nuestro Señor. Por lo tanto, esto indica que el Señor Jesús vertió Su sangre y sufrió la muerte en Su vida eterna. Además, la sangre vertida al morir El, y Su vida eterna son traídas a nosotros y se hacen eficaces en nosotros a través de Su resurrección. Rociar siete veces indica la integridad de la limpieza de la sangre del Señor; ésta puede abolir toda nuestra cuenta de pecados delante de Dios y nos hace aceptos a Dios. Después de que el ave viva era mojada en la sangre, era soltada en el campo. Esto significa que después de que una persona recibe la muerte sustitutiva del Señor Jesús, la sangre del Señor se hace eficaz para él, y el poder de la resurrección del Señor es manifestado en él y le hace libre.
Cuando una persona es resucitada y libertada a través de la muerte y resurrección del Señor, es salva. Desde ese momento en adelante, tiene que limpiarse de toda su suciedad, tratando con sus dificultades tanto internas como externas.
“El que se purifica lavará sus vestidos”. La vestidura, la cual es algo puesto sobre el cuerpo humano, tipifica nuestro vivir, nuestros hechos y nuestras acciones. Por lo tanto, el lavamiento de la ropa indica juzgar todos los hechos impropios y erróneos de nuestras vidas. Esto incluye todo lo que hemos mencionado anteriormente, es decir, dar resolución al problema del pasado y del pecado, y tratar con el mundo y la conciencia, todo lo cual pertenece a las primeras dos etapas de la experiencia de vida.
Luego, el leproso tenía que raer todo su pelo y lavarse con agua, para ser limpio. El pelo, que es algo que crece del cuerpo del hombre, significa las dificultades internas. Por lo tanto, raerse significa juzgar las dificultades que surgen de nuestro yo. Esta es la obra de la cruz, o sea, ella da fin a nuestro ser. Después de que uno pasa por la cruz, todo su ser es limpio de una manera práctica. Este proceso no se efectúa de una vez y para siempre; debe repetirse una y otra vez hasta que sea completo. Por consiguiente, “el séptimo día raerá todo el pelo de su cabeza, su barba y las cejas de sus ojos y todo su pelo, y lavará sus vestidos, y lavará su cuerpo en agua, y será limpio”. Esta aplicación continua no sólo es completa, sino detallada; es decir, no solamente era necesario raparse el cabello en general, sino que también hace diferencia entre el pelo de la cabeza, de la barba, de las cejas y el pelo de todo el cuerpo. Estas áreas debían ser cortadas una por una, y finalmente el cuerpo entero era afeitado.
En la Biblia, cada uno de los diferentes tipos de pelo tiene su significado. El cabello de la cabeza representa la gloria del hombre, la barba representa el honor del hombre, las cejas hablan de la belleza del hombre, y el vello de todo el cuerpo denota la fuerza natural del hombre. Todos los hombres tienen su jactancia en ciertas áreas. Algunos se jactan de sus antepasados, otros de su educación, otros más de sus virtudes, y aún otros se jactan de su celo y su amor por el Señor. Casi todos pueden encontrar algo en lo cual jactarse, gloriarse de sí mismos y lucirse delante del hombre. Esto es tipificado por el cabello de la cabeza. Más aún, los hombres se estiman a sí mismos como honorables con relación a su posición, sus antecedentes familiares o incluso su espiritualidad; siempre tienen un sentimiento de superioridad, de que están por encima de otros. Esto es representado por su barba. Al mismo tiempo, el hombre también tiene alguna belleza natural, esto es, algunos rasgos naturalmente buenos y fuertes, que no provienen de la experiencia de la salvación que Dios le provee, sino del nacimiento natural. Esto es representado por las cejas del hombre. Finalmente, como seres humanos estamos llenos de fortaleza natural, de métodos y opiniones naturales, pensando que podemos hacer esto o lo otro para el Señor, y que somos capaces de hacer cualquier cosa. Esto significa que todavía tenemos cabellos bien largos sobre todo nuestro cuerpo; no nos hemos rapado. Todas éstas no son contaminaciones externas, sino problemas que provienen de nuestro nacimiento natural. Las contaminaciones externas sólo requieren ser lavadas con agua; sin embargo, nuestros propios problemas naturales deben ser quitados con una navaja, lo cual significa que deben pasar por la cruz. Este tipo de disciplina es profundo y severo, nos hiere internamente y nos causa mucho dolor.
Lo que discutiremos en la tercera etapa son las experiencias de “rapar el pelo”, esto es, eliminar los problemas que surgen de nuestro yo. Dividiremos estas experiencias en los siguientes puntos: aplicar la cruz a la carne, aplicarla al yo y aplicarla a nuestra constitución natural. Estas son las experiencias principales en la tercera etapa de la experiencia de vida.
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