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jueves, 16 de febrero de 2012

TRATAR CON EL ESPIRITU


CAPITULO TRECE

TRATAR CON EL ESPIRITU

V. EL TRAYECTO QUE RECORRE
EL ESPIRITU ESTA SUCIO

Si el espíritu mismo no está sucio, ¿por qué algunas veces se manifiesta en una forma inapropiada e impura? Porque el espíritu debe pasar a través de muchas de nuestras partes internas cuando se manifiesta. Dentro de las partes internas hay suciedad, así es que cuando el espíritu pasa a través de ellas se contamina y así la suciedad también se manifiesta. Por lo tanto, cuando el espíritu es liberado y manifestado, exhibe cierta condición contaminada e impropia.
Por ejemplo, las aguas termales muchas veces tienen un olor a azufre. En realidad, el agua misma es limpia y no tiene olor, pero cuando pasa por un depósito de azufre, trae consigo el elemento sulfúrico. Debido a que hay azufre en el agua, ésta se convierte en agua sulfurosa y cuando fluye lleva consigo el olor del azufre.
Igualmente el espíritu es nuestra parte más interna; es puro y no está contaminado. Sin embargo, alrededor del espíritu está el alma y el cuerpo, y ambos han sido mezclados con los elementos malignos de Satanás y, por lo tanto, están sucios y son corruptos. Así que, cuando el espíritu brota y pasa a través del alma y del cuerpo, se contamina con la suciedad y corrupción que allí hay. Por eso, cuando se manifiesta, el espíritu lleva cierta suciedad, corrupción, impureza, cosas impropias, y varias otras cosas indeseables. Si una persona es orgullosa en su alma, el espíritu también se manifiesta con orgullo; si una persona es iracunda en la carne, su espíritu también revela la ira. Muchas veces nos enfrentamos con un espíritu ansioso, un espíritu celoso, un espíritu perverso o un espíritu rudo, ninguno de los cuales es problema del espíritu mismo, sino la influencia corrupta de los elementos indeseables del alma y del cuerpo sobre el espíritu al pasar éste a través de ellos. Podemos diferenciar la clase de contaminación según la clase de espíritu; la clase de espíritu revela la clase de hombre.
¡Que el espíritu del hombre lleve esta suciedad del alma y del cuerpo es de cierto una cosa temible! Parece que cuando el espíritu está inerte, la suciedad del alma y del cuerpo no es tan crítica, pero cuando el espíritu es activado y liberado, entonces toda la suciedad del alma y del cuerpo salen a la superficie. Esto es muy serio. Podemos comparar esto con la dinamita, que, cuando se mantiene almacenada no es peligrosa. Pero cuando se enciende fuego en el almacén y causa una explosión, la condición es seria. El fuego en sí no es explosivo, pero cuando pasa a través de la dinamita, los dos explotan juntos. Igualmente si una persona odia a otros en el alma, no es tan serio; pero si su espíritu es liberado mientras él está odiando a otros, lleva consigo el odio del alma y así se convierte en espíritu de odio. Esto es muy grave.
Por lo tanto, no es suficiente que aprendamos a liberar el espíritu; debemos tratar completamente con todas las mezclas de nuestro espíritu, de manera que cuando el espíritu sea liberado, no sea peligroso ni cause problemas a otros.

VI. EL ALCANCE DEL TRAYECTO
QUE RECORRE EL ESPIRITU

El trayecto que recorre el espíritu puede simplificarse en el alma y el cuerpo, pero cuando se estudia minuciosamente puede ser dividido en el propósito del corazón, el motivo, la finalidad, la intención, la disposición del corazón, la voluntad, y la carne, etc. El propósito del corazón tiene algo que ver con el corazón mismo, mientras que el motivo y la intención, etc., pueden estar o en el corazón o en el alma. La carne tiene que ver con el cuerpo físico.
Puesto que todas las partes de este trayecto que recorre el espíritu rodean nuestro espíritu, naturalmente afectan al espíritu, el cual tiene que pasar por ahí para poder ser liberado, y el cual a su vez saca a la superficie los elementos y las condiciones de dicho trayecto. Por eso, la condición del espíritu refleja la condición de todas las partes de este trayecto. Si nuestro motivo no es puro, el espíritu tampoco lo es cuando es liberado; cuando nuestra intención no es limpia, tampoco lo es el espíritu cuando sale.
Podemos ver esto con mayor claridad por el ejemplo que hemos usado en cuanto a la predicación, cuando ésta es usada para exaltarse uno mismo y para competir. Cuando el hermano está predicando, su espíritu es liberado, pero con un aire de ostentación y competencia. Esto se debe a los elementos de exhibición y competencia que hay en el propósito de su corazón y en sus motivos. Cuando el propósito del corazón es la gloria propia, el resultado es un espíritu vanaglorioso y jactancioso. Sus motivos competitivos, además, hacen que otros detecten un espíritu de competencia y lucha.
Por lo tanto, el espíritu del hombre es de cierto la parte más genuina de él. No importa cuál sea la condición del hombre, ésta es manifestada cuando su espíritu se expresa. Cuando nos ponemos en contacto con otros o cuando ayudamos a otros en asuntos espirituales, debemos tocar sus espíritus y saber cuáles son sus intenciones y motivos, etc. Así, entenderemos la verdadera condición del hombre en lo profundo de él.
Por ejemplo, un hermano va a ver a los ancianos y les dice: “El hermano fulano y yo hicimos un negocio y él me engañó. No vengo a acusarlo, sino simplemente a tener comunión con ustedes, los hermanos responsables”. Aunque él declare que no ha venido para acusar a su hermano, su espíritu muestra otra cosa. Su motivo e intención en la comunión es acusar a su hermano. Una vez que tocamos su espíritu, sus motivos e intenciones no pueden evitar ser discernidos.
El propósito del corazón y el motivo del espíritu del hombre es como el acento de una persona, son muy difíciles de esconder. Por ejemplo, suponga que un sureño insiste en que él es del norte. Si se mantiene callado puede ser que pase, pero cuanto más discuta, más se revelará en su acento que es del sur. El día que Pedro estaba en la corte del sumo sacerdote, cuanto más se defendía diciendo que él no era uno de los nazarenos, más lo delataba su acento galileo (Mt. 26:69-73). Igualmente alguien puede decir que es humilde, pero su espíritu delata su orgullo. Alguien puede declarar que es absolutamente honesto, pero por su espíritu detectamos su perversidad. Otro tal vez diga que estaría deseoso de ayudar si tuviera la oportunidad; pero usted puede detectar la mala voluntad que hay en su espíritu. Aún otro quizá diga que realmente quiere obedecer, pero que por cierta dificultad no lo puede hacer; por su espíritu podemos discernir que desde el mismo principio nunca ha deseado obedecer. La condición del espíritu del hombre es mucho más complicada que la expresión externa. Por lo tanto, debemos juzgar de acuerdo al espíritu del hombre, no de acuerdo a sus palabras.
Todos los hermanos y hermanas que desean servir al Señor en la iglesia deben aprender esta lección en particular. Si sólo observamos la actitud externa del hombre y oímos sus palabras, podemos ser engañados fácilmente. Desde luego, si aprendemos a tocar su espíritu, el propósito de su corazón, sus motivos, su meta y su intención, no pueden escapar de nuestra observación. Debido a que éstas son las partes del trayecto que recorre el espíritu y a que el espíritu lleva consigo estas condiciones cuando se está liberando, su condición refleja esas mismas condiciones. No hay excepción para esto.


VII. TRATAR CON EL ESPIRITU ES
TRATAR CON EL TRAYECTO QUE RECORRE

Debido a que la contaminación del espíritu se debe a su paso (que incluye el propósito del corazón, los motivos, la finalidad, la intención, etc.), entonces tratar con el espíritu no es tratar con el espíritu en sí, sino con el trayecto que recorre, es decir, con el propósito del corazón, los motivos, la meta, la intención, etc. Cuando estamos prestos a actuar o a hablar, no sólo necesitamos preguntarnos si vamos a obrar correcta o incorrectamente, bien o mal, sino que también necesitamos discernir si nuestra intención es limpia, nuestros motivos puros y nuestro propósito exclusivamente para Dios. ¿Hay algún propósito egoísta detrás de nuestra acción? ¿Hay alguna inclinación egoísta? Esta clase de trato es el trato con el espíritu.
Por ejemplo, supongamos que hay cierto hermano que tiene una controversia con usted, lo cual hace que usted esté muy molesto y disgustado. Cuando usted lo menciona a otros, a pesar de que exteriormente hable suavemente como si no tuviese ninguna importancia, sus palabras hacen que otros perciban un espíritu de condenación y de ira. Un día, quizás durante una reunión o mientras ora, usted reciba misericordia del Señor y se dé cuenta de que aunque el Señor le ha perdonado a usted, usted debe de cierto perdonar a su hermano. En ese momento, desde lo más profundo de su ser, usted trata minuciosamente con la determinación no perdonadora de su corazón y de su intención. Luego, cuando usted menciona este hermano a otros, a pesar de que usted mencione la controversia del pasado, su espíritu no se turba y se siente bien. En ese momento, su espíritu no sólo se manifiesta, sino que al salir está muy limpio sin ninguna otra intención.
En la iglesia, aquellos que realmente son un suministro para otros y edifican a los hermanos y hermanas son aquellos que tienen un espíritu limpio que ha sido tratado en esta forma. Si nuestro espíritu nunca ha sido tratado, aun cuando alabamos a otros causamos un sentir incómodo en los demás. Esto se debe a que nuestro espíritu no está limpio. Puede ser que en nuestra alabanza haya un propósito de ensalzamiento o la intención de ser recompensado por otros. Por el contrario, uno que tenga un espíritu que haya sido tratado puede quizás reprender a otros con firmeza y franqueza causando que aquellos que son reprendidos se sientan turbados en su alma; pero en su espíritu ellos recibirán el suministro de vida y la iluminación y podrán así sentirse refrescados y satisfechos. Esto se debe a que su espíritu es limpio y puro y no tiene otro motivo.
Por esta razón necesitamos que no sólo la carne, el yo y la constitución natural de nosotros sean quebrantados de manera que el espíritu pueda manifestarse, sino que también debemos dar un paso adicional y tratar con todos los propósitos negativos del corazón, las intenciones indeseables, las inclinaciones impuras, los deseos impropios y las emociones mezcladas hasta el final, no sólo para que el espíritu tenga salida, sino para que pueda salir en una manera correcta, limpia y pura. Por lo tanto, necesitamos estos dos pasos en el trato. El primer paso es el trato del quebrantamiento a fin de liberar el espíritu; el segundo paso es tratar con todos los elementos que hay en el trayecto del espíritu, de manera que el espíritu pueda salir en una forma limpia. Tratar así con todos los elementos es tratar con el trayecto del espíritu y también con el espíritu mismo.
Debido a que el trayecto del espíritu incluye todas las partes de nuestro ser, tenemos que tratar con cada una de ellas cuando tratamos con el espíritu. Este tipo de trato es más profundo y más delicado que los varios tratos mencionados anteriormente. Si comparamos el trato con el pecado y el trato con el mundo con nuestro lavado de ropa, el trato con la conciencia con bañarnos, el trato con la carne con afeitarnos, el trato con el yo con quitarnos la piel, y el trato con nuestra constitución natural con cortarnos, entonces tratar con el espíritu se puede comparar con quitar todas nuestras células sanguíneas para examinarlas y limpiar cada una de ellas. Empezando con el trato del pecado, cada paso de este tratamiento viene a ser más profundo y delicado a medida que continuamos. Cuando llegamos al trato con nuestra constitución natural, estamos siendo tratados completamente por dentro y por fuera. La única parte que queda es la contaminación que trae consigo el espíritu. Cuando hemos tratado con el espíritu y ha sido limpiado de toda contaminación, de manera que el espíritu no sólo brota, sino que brota limpio, puro y correcto, entonces todo nuestro ser es completa y minuciosamente tratado. Desde luego, después de esto, obtenemos el ser llenos del Espíritu. Cuando hayamos tratado con todos los elementos de nuestra vieja creación, entonces el Espíritu Santo podrá poseernos y llenar todo nuestro ser.


VIII. LA DIFERENCIA ENTRE
TRATAR CON NUESTRO ESPIRITU
Y TRATAR CON NUESTRA CONCIENCIA

El trato con la conciencia y con el espíritu son tratos muy delicados dentro de nosotros y aparentemente son difíciles de distinguir. Sin embargo, cuando los comparamos cuidadosamente, nos damos cuenta de que el objetivo del trato con cada uno de ellos difiere. El trato con el espíritu pone énfasis en el trato con las intenciones impuras, los motivos y otras impurezas que hay dentro de nosotros; mientras que el trato con la conciencia recalca el trato con los sentimientos de la conciencia hacia todas las contaminaciones.
Por ejemplo, considere a una hermana que relata a otros cierto asunto. Mientras ella habla, hay un mal motivo escondido en ella. Después su conciencia la condena, causándole el sentir de que no fue correcto haber hablado con un mal motivo. Ella lo confiesa delante de Dios y trata con este motivo delante de otros. En ese momento, ella ha tratado con el asunto de haber hablado a otros con un mal motivo y tiene paz en su conciencia. Ella no ha tratado aún con el mal motivo en sí. Por tanto, ese elemento, esa impureza, todavía permanece dentro de ella, aunque no se manifestará mientras ella permanezca callada y no libere su espíritu. Sin embargo, tan pronto como ella mencione el mismo asunto con su espíritu liberado tal motivo en particular, tal contaminación, automáticamente se manifestará. Más adelante cuando ella es alumbrada y ve cuál es la base de su motivo y que no debe permanecer allí, trata con ese mal motivo por medio del poder del Espíritu Santo. En este momento ella no sólo ha tratado con su comportamiento exterior impropio, sino también con la contaminación misma dentro de ella. Al tratar con el comportamiento exterior en lo que se refiere al comportamiento mismo, ella trata con el pecado; en cuanto al sentir de la conciencia con respecto al comportamiento, está tratando con la conciencia; mientras que el trato con la contaminación interna es el trato con el espíritu.
Considere otro ejemplo. Un hermano está muy disgustado con otro y tiene muchos sentimientos de crítica y queja. A pesar de que esos sentimientos no han sido expresados, en su conciencia se da cuenta de que esto no está correcto; por lo tanto, él confiesa esto como pecado delante de Dios. Este es su trato con su propia conciencia. Sin embargo, él no está dispuesto a abandonar esos sentimientos de desagrado ni a tratar con esa contaminación. Por lo tanto, cada vez que recuerda a ese hermano o lo menciona, su espíritu aún contiene esa mezcla y es todavía un espíritu de desagrado lleno de crítica. Hasta este punto él sólo ha tratado con el sentir de la conciencia, pero no con la contaminación que hay en su espíritu. El ha tenido sólo la experiencia de tratar con su conciencia, pero no la experiencia de tratar con su espíritu. Por lo tanto, puede ser que tenga paz en su conciencia, pero las contaminaciones que hay en su espíritu todavía no han sido eliminadas. No será sino hasta que él reciba misericordia otra vez y abandone ese disgusto escondido muy profundo dentro de él, de manera que ya no haya dicha contaminación en su espíritu, que él finalmente aprenderá la lección de tratar con su espíritu.
En conclusión, el trato con la conciencia es sólo asunto de tratar con el sentir. Necesitamos tratar con el espíritu a fin de tratar con la naturaleza interna. Es sólo cuando se trata con la naturaleza del asunto que podemos tratar con su raíz. Por lo tanto, tratar con el espíritu es más profundo y más severo que tratar con la conciencia. El trato con la conciencia es sólo una lección de la segunda etapa de la experiencia espiritual en vida, mientras que el trato con el espíritu puede ser sólo experimentado al final de la tercera etapa.

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