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miércoles, 15 de febrero de 2012

TRATAR CON LA CONSTITUCIÓN NATURAL: Diferencia entre la constitución natural y la vida de resurrección.


CAPITULO ONCE

TRATAR CON LA CONSTITUCION NATURAL

II. LA DIFERENCIA ENTRE LA CONSTITUCION
NATURAL Y LA VIDA DE RESURRECCION

Hemos definido la constitución natural como aquella que corresponde a la habilidad, capacidad, sabiduría e inteligencia humanas, porque todas éstas se derivan de nuestra vida natural y no de la vida de resurrección de Dios. Son adquiridas naturalmente; no brotan de la resurrección después de pasar por el quebrantamiento en Cristo. La diferencia entre la constitución natural y la vida de resurrección es indudablemente grande. Nuestro trato con la constitución natural consiste en que nuestra habilidad inherente, nuestra capacidad, sabiduría e inteligencia pasen por la muerte de la cruz, llegando a ser resucitadas, para que así lleguen a ser aceptables y útiles para Dios.
Cuando algunas personas oyen acerca del trato con la constitución natural, ellos piensan que Dios no desea nuestra habilidad ni nuestra capacidad. Este concepto es erróneo. Para ser útiles a Dios, indiscutiblemente necesitamos nuestra habilidad y nuestra capacidad.
Según la revelación que presenta la Biblia, nosotros vemos claramente que la obra de Dios en esta tierra requiere la cooperación del hombre. Es imposible que el hombre coopere con Dios si no posee ninguna habilidad o capacidad. De la misma manera que la madera y la piedra no pueden cooperar con Dios, así tampoco las personas necias e incapaces pueden cooperar con Dios. Nosotros siempre decimos que el hombre inteligente es inútil para Dios, pero el necio es aún menos útil. También decimos que un hombre capacitado es inútil ante Dios, pero los que no lo son, son aún más inútiles. Realmente, todos aquellos que son inútiles en este mundo también lo son en la mano de Dios. A través de todas las generaciones, todos aquellos que han sido usados por Dios han sido personas capaces ganadas de este mundo. Tenemos que admitir que Moisés fue un hombre muy idóneo con capacidad, previsión, sabiduría e inteligencia; por lo tanto, Dios lo pudo usar para liberar a los israelitas de Egipto. Además, por medio de él fueron escritos los libros más importantes del Antiguo Testamento, el Pentateuco. También tenemos que reconocer que Pablo fue un hombre idóneo, que poseía una educación elevada y que era rico en pensamiento; por lo tanto, tenía capacidad para recibir revelación de parte de Dios, lo cual le permitió escribir las verdades profundas y elevadas del Nuevo Testamento. Si bien Pedro y Juan fueron sólo pescadores de Galilea, podemos suponer que ellos estaban entre los mejores pescadores y de ninguna manera eran hombres ordinarios.
El más grande principio en el servicio espiritual es que el hombre debe cooperar con Dios. Aunque Dios hace todas las cosas, sin embargo en todas las cosas Dios necesita que el hombre coopere con El. Nunca puede ocurrir que aquellos que no saben hacer nada, que son incapaces y reacios a hacer algo, puedan ser usados por Dios. A menudo oímos a los hermanos y hermanas decir: “Yo creo que Dios puede hacerlo”, no obstante ellos mismos no hacen ningún esfuerzo para cooperar. Esta clase de fe es vana. Sin duda, Dios puede hacerlo, pero también es necesario que el hombre pueda hacerlo. Si el hombre no puede hacer algo, aun cuando Dios pueda, El no lo hará. Dios tendrá que buscar aquellos que son aptos y que están dispuestos a cooperar con El. Dios obra según la capacidad del hombre. Dios obra de acuerdo al grado de cooperación del hombre. Por lo tanto, nosotros debemos ser aptos e idóneos, y aprender a ser hombres útiles en todo aspecto; entonces seremos adecuados para que El nos use.
Sin embargo, en cualquier caso Dios no puede usar a uno que sea apto meramente en lo natural. La capacidad natural, hasta que no sea quebrantada, es un impedimento para Dios. Esta debe ser quebrantada, debe pasar por la muerte y ser resucitada para poder ser usada por Dios. La habilidad natural es similar al hierro crudo el cual, debido a que es demasiado duro y quebradizo, no es muy útil y se rompe con facilidad. La habilidad resucitada es como acero forjado, firme pero maleable, es decir, bueno para el uso, y no se agrieta fácilmente. Por lo tanto, Dios no puede usar a alguien que no está capacitado, ni tampoco puede usar a alguien que está capacitado, pero que no ha sido quebrantado todavía. Todos aquellos que son útiles en la mano de Dios son aquellos que son idóneos, pero cuya idoneidad ha sido quebrantada. Si examinamos a todos aquellos que han sido usados por Dios a través de todas las generaciones, veremos que casi todos ellos eran idóneos, ricos en el poder del alma, y tenían previsión e inteligencia, pero al mismo tiempo, habían sido quebrantados por Dios.
El ejemplo más sobresaliente de la Biblia es Jacob, de quien ya hemos hablado. En el aspecto natural, él era hábil y astuto. Pero un día Dios lo quebrantó y él llegó a ser Israel; entonces perdió su habilidad y astucia. No obstante, cuando lo observamos en el momento de bendecir a los dos hijos de José, él no estaba confundido en absoluto. El tuvo suma claridad y previsión. Además, las bendiciones que impartió a sus hijos (Gn. 49) son profecías grandes en la Biblia. Aquellas palabras son verdaderamente grandes y maravillosas. Si Jacob hubiera sido insensible y necio, ¿cómo podría haber pronunciado tales palabras? Por otro lado, si Jacob hubiera dependido meramente de su mente natural, su pensamiento o su capacidad natural, tampoco habría podido pronunciar esas palabras. Su mente, pensamiento y habilidad naturales después de haber sido quebrantadas por Dios, llegaron a estar resucitadas y a ser espirituales; de este modo el pudo ser usado por Dios para hablar esas grandes profecías.
El mismo principio se aplica a nuestro entendimiento de la voluntad de Dios. Dios es un Dios extremadamente sabio e inteligente. Por lo tanto, para entender Su voluntad, se requiere la sabiduría y la inteligencia humanas. Una persona necia nunca puede entender la voluntad de Dios. No obstante, una persona que depende solamente de su propia sabiduría e inteligencia tampoco puede. Lo que es necesario es que el hombre tenga inteligencia, sabiduría y un pensamiento claro, y que ponga todos éstos bajo la cruz, permitiendo que la cruz ponga su sello de muerte sobre ellas. Esta clase de persona tiene su propia mente, sabiduría y pensamiento, no obstante, no hace las cosas de acuerdo a sí misma, para sí misma, o dependiendo de sí misma; es usada solamente de acuerdo a Dios, para Dios, y dependiendo de Dios. Tal persona no tiene su propia intención ni ningún elemento de su propio ser, mucho menos el designio de su propia mano maquinadora; solamente confía en la misericordia de Dios; espera Su visitación y busca Su revelación. Solamente esta clase de persona puede entender la voluntad de Dios y tener claridad en cuanto a Su dirección.
A partir de esto aprendemos que la habilidad y la capacidad naturales no quedan invalidadas luego de haber sido tratadas. El quebrantamiento y la muerte de la cruz no es el paso final. La verdadera muerte de la cruz siempre trae resurrección. Jesús de Nazaret fue muerto en la cruz, no obstante Cristo fue resucitado. Después de Génesis 35, Jacob fue completamente tratado y terminado, sin embargo, surgió un Israel maduro. Por lo tanto, el trato de la cruz siempre trae resurrección. Cuanto más son tratadas las capacidades de uno mediante la cruz, más capacitado uno viene a ser. Cuanto más es tratada la inteligencia de uno mediante la cruz, más sabio llega a ser uno. Así que, esta capacidad y esta sabiduría están en resurrección.
Por esta razón, por una parte, animamos a las personas a leer y a estudiar la Biblia, para que ejerciten su mente y previsión, para que aprendan a comportarse como seres humanos, a manejar las cosas y a trabajar, a fin de estar capacitados. Por otra parte, nosotros siempre le decimos a la gente que la educación, así como la capacitación, son inservibles. Cuando decimos esto, queremos decir que estas cosas tienen que ser quebrantadas y resucitadas. Estos dos aspectos aparentemente se contradicen, pero para nosotros son prácticos y absolutamente necesarios.
¿Cómo podemos diferenciar entre la habilidad natural y la habilidad resucitada? ¿Cómo podemos decir cuál es la habilidad innata y cuál es la habilidad que ha sido quebrantada? Hay siete puntos de comparación. Primero veremos la habilidad natural.
Primero, toda habilidad humana es egoísta, y todas sus maquinaciones y sus estratagemas tienen como fin el beneficio de nuestro yo. Segundo, toda habilidad natural está mezclada con los elementos de la carne y del temperamento; por lo tanto, cuando es desaprobada se siente irritada. Tercero, toda habilidad natural envuelve astucia y maniobras. Cuarto, toda habilidad natural contiene orgullo y hace que uno se sienta capaz, resultando así en jactancia y glorificación propia. Quinto, ninguna habilidad natural está bajo el control del Espíritu Santo y es extremadamente osada al hacer cualquier cosa. Sexto, ninguna habilidad natural tiene cuidado por la voluntad de Dios; actúa enteramente de acuerdo a su propia voluntad. Séptimo, la habilidad humana no se apoya en Dios y no tiene que hacerlo, sino que confía totalmente en el yo.
La habilidad resucitada es exactamente lo opuesto. Primero, toda habilidad que ha sido quebrantada y resucitada no apunta al yo, y tampoco tiene elemento alguno del yo. Segundo, toda habilidad resucitada está desprovista de la carne. Tercero, la habilidad resucitada no maquina. Cuarto, la habilidad resucitada no es orgullosa ni se jacta en sí misma. Quinto, la habilidad resucitada está controlada por el Espíritu Santo y no se atreve a actuar de acuerdo a sus deseos. Sexto, la habilidad resucitada concuerda con la voluntad de Dios. Séptimo, la habilidad resucitada confía en Dios y no se atreve a actuar de acuerdo al yo, aunque sea verdaderamente apta e idónea.
Como ya tenemos claridad con respecto a la diferencia entre la habilidad natural y la habilidad resucitada, debemos examinarnos a nosotros mismos en nuestra experiencia. Cuando ejercitamos nuestra habilidad, ¿lo hacemos para nosotros o para Dios? ¿Tomo yo decisiones por mí mismo y actúo individualmente y egocéntricamente, o puedo sufrir la crítica de otros y su oposición? ¿Empleo maquinaciones, o busco la gracia de Dios? ¿Doy la gloria a Dios, o me jacto y me glorío de mí mismo? ¿Estoy siendo controlado por el Espíritu Santo o estoy actuando según mi deseo? ¿Estoy cumpliendo mis propios deseos, o me ocupo de la voluntad de Dios? ¿Intento yo llevar a cabo la meta por cualquier medio, o encomiendo todas las cosas en las manos de Dios, confiándole a El los resultados? ¿Estoy dependiendo exclusivamente de mis propios recursos, o estoy confiando en Dios con temor y temblor? Si nos examinamos estrictamente, descubriremos que en nuestra vida y servicio, muchas áreas están aún en la constitución natural de la vieja creación; por lo tanto, no podemos llevar fruto de resurrección. Por consiguiente, tratar con la constitución natural es la liberación que más necesitamos.

UNA PALABRA DE CONCLUSION

[Las experiencias más profundas de tratar con el YO (opiniones) y con la constitución natural (poderes físico y mental naturales). Travesía del desierto. Gran crisis del Velo o del Jordán. Travesía de Canaán]

Tratar con el yo y tratar con la constitución natural son experiencias más profundas en la etapa de la cruz. Así que, después de haber estudiado estas dos experiencias haremos un resumen de las mismas.
Tratar con el yo y tratar con la constitución natural son extremadamente importantes en nuestra experiencia espiritual. Estas no sólo están relacionadas con la vida, sino también con el servicio. Tratar con el yo y tratar con la constitución natural son preparativos para nuestro servicio a Dios. Si deseamos tener el tipo de servicio que concuerda con el deseo que Dios tiene en Su corazón, es necesario tratar con el yo y con la constitución natural. Hablando con propiedad, aquellos que nunca han sido tratados en su yo o en su constitución natural no pueden servir a Dios.
Este asunto es claramente demostrado en la vida de Moisés. Antes de que Dios lo usara, la obra que Dios hizo en él fue tratar con su yo y con su constitución natural. Cuando él tenía cuarenta años, tenía una constitución natural muy fuerte. “Fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras” (Hch. 7:22). Así que, él estaba a punto de usar sus propias fuerzas para libertar a los israelitas. Un día, cuando él vio a un egipcio que golpeaba a un hebreo, es decir, uno de sus hermanos, él mató al egipcio y lo escondió en la arena. Esto fue su fuerza o estratagema natural. Sin embargo, esta constitución natural suya, no podía ser usada por Dios. Dios no puede usar a quien obra para El usando sus propias habilidades naturales. Así que, Dios lo puso en una situación que le obligó a huir al desierto, y por cuarenta años Dios lo afligió y lo trató para poder acabar con su constitución natural. Cuando Moisés escribió el salmo 90 él dijo: “Los días de nuestra edad son setenta años; y ... en los más robustos son ochenta años” (v. 10). No fue sino hasta cuando tuvo ochenta años, que de acuerdo a su propio cálculo era el tiempo de los días de debilidad cercanos a la muerte, que Dios lo llamó y lo usó. Además, en el tiempo en que Dios le llamó, Dios hizo que él viera la visión de la zarza ardiente que no se consumía, lo cual le indicaba que el poder de la obra de Dios se manifestaría a través de él, pero sin utilizar como combustible lo que él tenía por nacimiento, es decir, su constitución natural.
Cuando estudiamos la vida de Moisés, vemos que desde que fue llamado por Dios, nunca más usó su propio poder y habilidad en su obra para El. Desde el primer momento en que él vio a Faraón en Egipto hasta que murió en el monte Nebo (cuarenta años), a pesar de que él todavía tenía habilidad, ésta ya no era natural, sino que había pasado por el quebrantamiento y la resurrección.
Además, tratar con la constitución natural y con el yo son cosas íntimamente relacionadas. Aquellos que son hábiles e idóneos, siempre tienen muchas opiniones. Si alguien no tiene opiniones ni ideas, seguramente no tiene capacidad. Debido a que las habilidades naturales de Moisés habían sido tratadas, durante los cuarenta años que sirvió al Señor él no tuvo sus propias opiniones o ideas. Aunque él oraba a Dios, sólo buscaba el consejo de El; nunca expresó sus propias opiniones o ideas, excepto en una ocasión. La única excepción ocurrió cuando fue irritado por los israelitas, que habló precipitadamente y golpeó la roca dos veces; fuera de esto él no cometió ningún error en cuarenta años. El sirvió a Dios no conforme a su propia fuerza o a sus propias opiniones. El fue una persona que ciertamente había sido completamente liberada del yo y de la constitución natural. Por lo tanto, él llegó a ser la persona más usada por Dios en los tiempos del Antiguo Testamento.
Según este mismo principio Dios dirigió a los israelitas a que le sirvieran a El en el desierto. Cuando los israelitas fueron llevados al desierto, donde Dios deseaba que ellos le sirvieran, la primera lección que ellos tuvieron que aprender fue que sus fuerzas así como sus opiniones tenían que ser puestas a un lado. Ellos no podían servir a Dios con sus fuerzas ni tampoco podían servirle de acuerdo a sus propias opiniones. Los medios por los cuales ellos servían a Dios eran el tabernáculo y las ofrendas. El tabernáculo indicaba que todos sus caminos y actividades relacionados con el servicio de Dios tenían que concordar con el patrón mostrado en el monte, según la revelación de Dios y no según sus propias opiniones. Las ofrendas indicaban que su servicio solamente podía ser aceptable y satisfacer a Dios si era ofrecido por medio de los sacrificios y no de su propia habilidad y capacidad. Por lo tanto, cuando Dios en el monte Sinaí preparó a los israelitas para que le sirviesen, les dio, por un lado, el tabernáculo, mostrándoles la necesidad de poner a un lado su propia opinión, y por otro, les dio las ofrendas, las cuales mostraban la necesidad de poner a un lado su constitución natural. El servicio ofrecido por medio del tabernáculo no contenía ninguna opinión propia, mientras que el servicio por medio de las ofrendas no contenía ninguna constitución natural. Ya que tanto el tabernáculo como las ofrendas tipifican a Cristo, debemos tomar a Cristo como nuestra sabiduría y nuestro camino, así como nuestra fuerza y habilidad, permitiéndole que reemplace nuestra propia opinión y nuestra constitución natural; de este modo, podemos servir a Dios.
Una persona cuyo yo ha sido negado y cuya constitución natural ha sido quebrantada delante de Dios es debilitada y disminuida; por consiguiente, Cristo crece en él. Esta no sólo es una gran crisis en su vida y servicio espirituales, sino que en sí misma es un asunto muy serio a los ojos de Dios. A través de todas las generaciones, el propósito de Dios ha sido dirigir a Sus santos a que pasen por la etapa de que su constitución natural sea quebrantada para que así alcancen la plenitud de Cristo. Podemos ver esto en la Biblia en la vida de muchos personajes que fueron guiados por Dios. Esto no sólo es cierto en el caso de Moisés, sino también en el de Abraham y el de Jacob. El período de la vida de Abraham que precedió y siguió al nacimiento de Ismael, y los veinte años que Jacob permaneció en Padan-aram son iguales a los cuarenta años de Moisés en el desierto, y éstos muestran la condición del hombre que vive en la constitución natural. No fue sino hasta que Abraham fue circuncidado, hasta que el tendón del muslo de Jacob fue tocado y vino a ser cojo, y hasta que Moisés alcanzó la edad de ochenta, que la condición de ellos presentó el quebrantamiento de su constitución natural. Habiendo pasado a través de este quebrantamiento, hubo un gran cambio en su condición delante de Dios.
Dios no sólo dirigió a los santos del Antiguo Testamento de tal forma, sino que también usó muchos objetos y situaciones en la Biblia para tipificar este asunto. Por ejemplo, el establecimiento del tabernáculo y la travesía de los israelitas por el desierto tipifican la experiencia espiritual de un cristiano, en cuya vida el quebrantamiento de la constitución natural ocupa un lugar importante.
Primero consideraremos la tipología del arreglo interno del tabernáculo, tal como estaba dividido, en atrio, lugar santo y lugar santísimo. Estas tres secciones muestran las tres etapas de nuestra experiencia espiritual. En el atrio están el altar y el lavacro. El altar tipifica la redención de la cruz, con el énfasis en resolver el problema del pecado para que podamos experimentar salvación. El lavacro representa la limpieza del Espíritu Santo, subrayando el lavamiento de nuestras contaminaciones mundanas para que podamos ser renovados. Por lo tanto, el atrio tipifica la primera etapa de nuestra salvación, la cual es casi equivalente a las primeras dos etapas de nuestra experiencia espiritual de vida.
En el lugar santo están la mesa de los panes de la proposición, el candelero de oro y el altar de oro del incienso. Los panes de la proposición tipifican a Cristo como nuestro suministro de vida para nuestra satisfacción y disfrute. El candelero de oro tipifica a Cristo como nuestra luz para nuestra iluminación. El altar de oro del incienso tipifica a Cristo como nuestra aceptación delante de Dios para que podamos tener paz y gozo. Estas son las condiciones de experimentar a Cristo como nuestra vida. Estos aspectos se aproximan, en tipología, a la tercera etapa de nuestra vida espiritual, una etapa que incluye experiencias más profundas. No obstante, en estas experiencias todavía está el elemento de los sentimientos del alma. Por lo tanto, la condición de aquellos que están en esta etapa está llena de altibajos y no es muy estable.
Después del lugar santo está el lugar santísimo. En el lugar santísimo sólo está el arca, la cual contiene las tablas del pacto, la urna de oro con maná y la vara de Aarón que reverdeció (He. 9:4). Las tablas del pacto tipifican a Cristo como la luz, y corresponden al candelero de oro en el lugar santo. El maná escondido tipifica a Cristo como el suministro de vida, equivalente a los panes de la proposición en el lugar santo. La vara de Aarón que reverdeció tipifica a Cristo como nuestra aceptación ante Dios, y corresponde al altar de oro del incienso en el lugar santo. Por lo tanto, estos tres objetos en el arca son iguales en naturaleza y en tipología a los tres objetos en el lugar santo; no obstante, las condiciones han cambiado. En el lugar santo, los panes de la proposición están exhibidos, la luz de la lámpara está alumbrando, y el altar de oro del incienso está emitiendo fragancia; todos ellos se manifiestan externamente. Sin embargo, en el lugar santísimo, estos tres aspectos están ocultos. Los panes de la proposición que permanecían expuestos ahora son el maná escondido, el candelero que alumbra viene a ser la ley escondida, y el fragante altar de incienso viene a ser la vara escondida que reverdeció.
La condición que se ve en el lugar santísimo tipifica la condición que se ve en nuestro espíritu. Cuando el hombre se vuelve a su espíritu, entra al lugar santísimo. El ya no vive según el sentir del alma, ni tampoco expone nada ante los hombres. Todo está escondido, ya no está en la superficie, sino muy profundo. En esta etapa, su vida espiritual alcanza el grado de madurez. Por consiguiente, la condición que se ve en el lugar santísimo tipifica la cuarta etapa de nuestra experiencia en la vida espiritual.
¿Cómo podemos entrar a la experiencia profunda del lugar santísimo partiendo de la experiencia superficial del atrio? Necesitamos pasar por dos crisis. Primero, tenemos que pasar la cortina que separa el atrio del lugar santo. Según la Biblia, esta cortina no constituye una separación tan grande y no es tan difícil de cruzar. Segundo, para entrar al lugar santísimo desde el lugar santo, necesitamos pasar el velo. Este velo es una gran crisis. Para que uno entre al lugar santísimo, el velo tiene que ser rasgado. Que este velo sea rasgado tipifica el quebrantamiento de nuestro ser. Por lo tanto, este tipo nos muestra que nuestro ser tiene que ser rasgado, y nuestro yo y la constitución natural quebrantados, entonces seremos capaces de dejar nuestra condición superficial para entrar en la profundidad del espíritu; entonces tendremos comunión con Dios cara a cara y viviremos en la presencia de Dios, es decir, viviremos en Dios. Por lo tanto, el quebrantamiento de nuestra constitución natural es ciertamente un gran momento crucial en nuestra senda espiritual.
De igual manera, la travesía de los israelitas al entrar a Canaán también tipifica la senda espiritual del cristiano. Canaán se refiere a la esfera celestial y es comparable al lugar santísimo. Aquellos que entraron a Canaán estaban viviendo en el lugar santísimo. Ellos vagaron en el desierto por cuarenta años, hasta que gradualmente la vieja creación murió. El paso del Jordán se compara con el rasgar del velo. Desde aquel entonces, su carne fue puesta a un lado.
Por consiguiente, debemos empezar desde el altar e ir hacia adelante, hasta que un día experimentemos el rasgar del velo y entremos al lugar santísimo. Debemos también comenzar nuestra travesía desde el monte Sinaí e ir hacia adelante hasta que lleguemos al Jordán, donde nuestra vieja creación es tratada; entonces podremos entrar a la tierra de Canaán. La generación vieja de los israelitas representa todo lo que pertenece a la vieja creación en nosotros, es decir, nuestra carne, nuestro yo y la constitución natural. Por consiguiente, cuando Dios rechazó la vieja generación de los israelitas, el significado espiritual es que Dios rechaza todas las cosas que están en nosotros que pertenezcan a la vieja creación. Desde el momento en que comenzamos a aprender a servir a Dios, El hace que nosotros experimentemos la muerte diariamente para matar y anular en nosotros todo lo que pertenece a la vieja creación. Dios emplea un largo período de tiempo y una larga travesía para dirigirnos a nosotros “los Jacobos”, quienes hemos hallado gracia delante de Dios, y a “los israelitas”, quienes hemos sido redimidos, para que al fin todos los aspectos de nuestra carne, la opinión propia y la constitución natural puedan ser manifestados uno por uno en nuestra experiencia práctica; entonces uno por uno El los mata por nosotros. Por lo tanto, cuando veamos que nuestra carne y nuestras opiniones son expuestas en la iglesia, no debemos atemorizarnos o sentirnos preocupados, porque si no son expuestas, permanecerán ocultas; pero una vez que son expuestas, tenemos liberación.
Ciertamente, tratar con la carne, el yo y la constitución natural requiere muchos años. Los israelitas en el desierto durante cuarenta años no hicieron otra cosa que servir a Dios; algunos cargaban la tienda de reunión, algunos mataban las ovejas y los bueyes, y algunos preparaban los panes de la proposición en el lugar santo. Cuando la columna de nube se levantaba y la trompeta sonaba, todos marchaban. Ellos vivieron de esta manera por cuarenta años antes de que la vejez fuera completamente purgada. De la misma manera, nosotros hoy como cristianos debemos pagar el precio, abandonar el mundo, buscar al Señor, llevar el testimonio de Dios, servir diariamente a Dios, e ir adelante con El; entonces el incidente de Tabera (Nm. 11:1-3), la rebelión de Coré y Datán, y la falta de sumisión de Miriam a la autoridad, más otras numerosas condiciones que revelan la mezcla que hay en nosotros y de las cuales no estamos conscientes, serán gradualmente expuestas. Cuanto más expuestos somos, más estamos siendo purgados. Si vamos adelante de esta manera, y si nos demoramos ocho o diez años para pasar el Jordán y ser limpiados de la vieja creación que hay en nosotros, esto será una inmensa gracia del Señor. Si por el contrario ponemos nuestro corazón en el mundo, y lo que pensamos y hacemos son cosas ajenas a Dios; aunque vayamos a las reuniones y leamos las Escrituras ocasionalmente, aun después de cincuenta años todavía será imposible que nosotros pasemos el Jordán; y tampoco podremos hacerlo hasta el día en que partamos del mundo. Que el Señor tenga misericordia de nosotros para que podamos ver Su camino y andemos por él.

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