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lunes, 30 de julio de 2012

TESTIMONIO DE WATCHMAN NEE (Nee Too Seng): "Viviendo por fe"


(Compartimos aquí una parte, puede tenerlo completo en: http://www.librosdelministerio.org/books.cfm?id=0A23DCC6)

CONTENIDO

  1. Introducción
  2. Capítulo uno: El primer testimonio (18 de octubre de 1936) Salvación y llamamiento
  3. Capítulo dos: El segundo testimonio (20 de octubre de 1936)
  4. Capítulo tres: El tercer testimonio (20 de octubre de 1936)
  5. Apéndice: Una carta del hermano Watchman Nee al compilador (10 de marzo de 1950)

PREFACIO A LA NUEVA EDICIÓN

Esta es una nueva edición del libro El testimonio de Watchman Nee. La edición que se imprimió en 1974 era algo diferente del manuscrito original. Logramos obtener una copia del manuscrito original que el compilador K. H. Weigh escribió en chino y lo hemos traducido. El resultado es la edición revisada que aquí presentamos.

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CAPITULO UNO

EL PRIMER TESTIMONIO
(18 DE OCTUBRE DE 1936)
SALVACION Y LLAMAMIENTO

Lectura bíblica: Hch. 26:29; Gá. 1:15


TRASFONDO FAMILIAR

Nací en el seno de una familia cristiana, precedido por dos hermanas. Debido a que una tía mía había dado a luz a seis hijas sucesivamente, una tía por parte de mi padre se disgustó cuando mi madre dio a luz dos hijas. En la cultura china, es preferible tener hijos que hijas. Cuando mi madre dio a luz dos niñas, la gente decía que ella probablemente sería como la tía que había dado a luz seis niñas antes de engendrar un varón. A pesar que en ese entonces mi madre no había sido claramente salva, ella sabía cómo orar; así que habló con el Señor, diciéndole: “Si tengo un hijo, te lo entregaré a Ti”. El Señor escuchó su oración, y nací yo. Mi padre me dijo: “Antes que nacieras, tu madre prometió entregarte al Señor”.

SALVO Y LLAMADO AL MISMO TIEMPO

Fui salvo en 1920 a la edad de diecisiete años. Antes de ser salvo experimenté un conflicto en mi mente con relación a aceptar o no al Señor Jesús como mi Salvador y si debía o no ser un siervo del Señor. Para la mayoría de las personas, el problema que enfrentan al momento de su salvación es el de cómo ser liberados del pecado. Pero para mí, la carrera que deseaba y ser salvo del pecado estaban estrechamente ligados. Si yo aceptaba al Señor Jesús como mi Salvador, al mismo tiempo lo aceptaría como mi Señor. El no sólo me libraría del pecado sino también del mundo. En aquel tiempo sentía temor de ser salvo pues sabía que, una vez salvo, debía servir al Señor. Así que, mi salvación habría de ser una salvación dual. Me era imposible rechazar el llamamiento del Señor y quedarme únicamente con la salvación. Debía elegir entre creer en el Señor y obtener una salvación dual, o abandonar ambas. Para mí, aceptar al Señor significaba que ambos eventos ocurrirían simultáneamente.

LA DECISION FINAL

En la noche del 29 de abril de 1920 estaba solo en mi cuarto. No tenía paz. Ya sea que me sentara o me acostara, no encontraba descanso, porque en mí se libraba el conflicto de si debía creer o no en el Señor. Mi primera tendencia era no creer en el Señor Jesús y no hacerme cristiano. Sin embargo, esto me producía una intranquilidad interior. A raíz de esa lucha me arrodillé a orar. Al principio no tenía palabras, pero después me vinieron a la mente muchos pecados y me di cuenta de que era un pecador. Nunca había tenido tal experiencia en mi vida. Me vi a mí mismo como un pecador y vi, además, al Salvador. Vi la inmundicia del pecado y también la eficacia de la sangre preciosa del Señor, que me lavaba y me hacía blanco como la nieve. Vi las manos del Señor clavadas en la cruz y, al mismo tiempo, lo vi a El extendiendo Sus brazos para recibirme diciendo: “Estoy aquí esperando recibirte”. Conmovido entrañablemente por tal amor, me fue imposible rechazarlo y decidí aceptarlo como mi Salvador. Anteriormente, me burlaba de los que habían creído en el Señor, pero aquella noche no pude mofarme; al contrario, lloré y confesé mis pecados, buscando el perdón del Señor. Después de haber confesado mis faltas, el peso de mis pecados fue descargado, y me sentí flotando y lleno de paz y gozo internos. Esta fue la primera vez en mi vida que supe que era un pecador. Oré por primera vez y también por primera vez experimenté gozo y paz. Quizás haya tenido algún gozo y paz anteriormente, pero lo que experimenté después de mi salvación fue muy real. Aquella noche, estando solo en mi cuarto, vi la luz y perdí toda consciencia de donde estaba. Le dije al Señor: “Señor, verdaderamente me has concedido Tu gracia”.

RENUNCIAR A MI FUTURO

Entre los asistentes se encuentran al menos tres de mis excompañeros de estudio. Entre ellos está el hermano Weigh Kwang-hsi, quien puede dar testimonio de cuán indisciplinado y cuán buen estudiante era. Por un lado, frecuentemente quebrantaba los reglamentos de la escuela; por otro, siempre obtenía las mejores calificaciones debido a que Dios me había concedido inteligencia. A menudo mis ensayos eran exhibidos en la cartelera de la escuela. En aquel tiempo yo era un joven lleno de aspiraciones y planes; además, pensaba que mis criterios estaban bien fundados. Puedo decir con modestia que, de haber trabajado diligentemente en el mundo, es muy probable que hubiese tenido bastante éxito. Mis compañeros de escuela también pueden corroborarlo. Pero después de haber sido salvo, me sucedieron muchas cosas. Todos mis planes se derrumbaron y fueron reducidos a nada. Renuncié a mi carrera. Para algunos, tomar esta decisión pudo haber sido fácil; pero para mí, quien abrigaba tantos ideales, sueños y planes, fue una decisión extremadamente difícil. Desde aquella noche en que fui salvo, comencé una nueva vida, pues la vida del Dios eterno había entrado en mí.

Mi salvación y llamamiento para servir al Señor ocurrieron simultáneamente. Desde esa noche, nunca he tenido duda en cuanto a haber sido llamado. En aquella hora decidí mi profesión futura de una vez por todas. Entendí que el Señor me había salvado para mi propio beneficio y, al mismo tiempo, para el beneficio Suyo. El quería que yo obtuviese Su vida eterna, y también deseaba que le sirviera y fuera Su colaborador. Cuando era niño, no entendía la esencia de la predicación. Luego, al crecer, la estimaba como lo ocupación más vil e insignificante de todas. En aquellos días, la mayoría de los predicadores eran empleados de misioneros europeos o estadounidenses; eran súbditos serviles de ellos y apenas ganaban unos ocho o nueve dólares al mes. Yo no tenía ninguna intención de convertirme en un predicador ni de ser cristiano. Nunca me hubiera imaginado que iría a escoger la profesión de predicador, una carrera que menospreciaba y consideraba insignificante e inferior.

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DISCIPLINADO POR DIOS

Un día, mientras buscaba un tema en la Biblia para dar un mensaje, la abrí al azar y apareció ante mis ojos Salmos 73:25: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra”. Después de leer estas palabras me dije a mí mismo: “El escritor de este salmo puede decir esto, pero yo no”. Descubrí entonces de que había algo que se interponía entre Dios y yo.

Debido a que mi esposa no está presente, puedo relatarles esta historia. Yo ya estaba enamorado de ella aproximadamente diez años antes de que nos casáramos, aunque ella todavía no era salva. Cuando le hablé del Señor Jesús y traté de persuadirla a que creyera, se burló de mí. Debo admitir que la amaba pero, al mismo tiempo, me dolió mucho que se burlara del Señor en quien yo había creído. En aquel momento me pregunté si era ella quien ocupaba el primer lugar en mi corazón o era el Señor. Una vez que los jóvenes se enamoran, es muy difícil que renuncien al objeto de su amor. Le dije a Dios que renunciaba a ella, pero en lo profundo de mi corazón no estaba dispuesto a hacerlo. Después de leer el salmo 73 otra vez, le dije a Dios: “No puedo afirmar que fuera de Ti nada deseo en la tierra, porque hay alguien en la tierra a quien amo”. En aquel instante, el Espíritu Santo me mostró claramente que había una barrera entre Dios y yo.

Aquel mismo día prediqué un mensaje, pero no sabía lo que decía. De hecho, estaba hablándole a Dios, pidiéndole que fuera paciente y me diera fuerzas hasta que yo pudiera renunciar a ella. Le pedí a Dios que pospusiera su exigencia con respecto a este asunto. Pero Dios nunca argumenta con el hombre. Pensé ir a la desolada frontera del Tíbet a predicar el evangelio y le sugerí muchas otras empresas a Dios, esperando que se conmoviera y no me pidiera que renunciara a quien yo amaba. Pero una vez que Dios pone el dedo sobre algo, no lo quita. No importó cuanto oré, no pude seguir adelante. No tenía entusiasmo por mis estudios y, al mismo tiempo, carecía del poder del Espíritu Santo, el cual buscaba diligentemente. Estaba en una terrible agonía. Oraba constantemente, esperando que mis súplicas sinceras hicieran que Dios cambiara de parecer. Doy gracias al Señor porque en todo esto El quería que yo aprendiese a negarme a mí mismo, a poner a un lado el amor humano y a amarlo exclusivamente a El con un corazón sencillo. De lo contrario, habría sido un cristiano inútil en Sus manos. El cortó mi vida natural con un cuchillo afilado, para que yo aprendiese una lección que nunca antes se me había enseñado.

En cierta ocasión, prediqué un mensaje y regresé a mi cuarto con un terrible peso en el corazón. Le dije a Dios que regresaría al colegio el lunes siguiente y procuraría ser lleno del Espíritu Santo y del amor de Cristo. Durante las siguientes dos semanas, encontré que aún así no podía proclamar con convicción las palabras de Salmos 73:25. Pero agradezco al Señor que poco tiempo después fui lleno de Su amor y estuve dispuesto a renunciar a la que amaba y a declarar con denuedo: “¡La dejaré! ¡Ella nunca será mía!” Después de esta declaración, pude finalmente proclamar las palabras de Salmos 73:25. Ese día yo estaba en el segundo cielo, quizás en el tercero. El mundo parecía más pequeño, y me sentía como si estuviese montado en las nubes y cabalgando sobre ellas. La noche de mi salvación fue eliminada la carga de mis pecados; pero en aquel día, el 13 de febrero de 1922, cuando renuncié a la persona que yo amaba, mi corazón fue vaciado de todo lo que antes me había ocupado.

A la semana siguiente comenzaron a salvarse las personas. El hermano Weigh, quien era mi compañero de clases, puede testificar que hasta ese momento yo había sido muy distinguido en mi forma de vestir. Solía llevar una túnica de seda con puntos rojos, pero aquel día deseché mi ropa y zapatos finos. Fabriqué engrudo en la cocina y, recogiendo un montón de carteles evangelísticos, salí a la calle a pegarlos en las paredes y a repartir volantes con mensajes del evangelio. En aquellos días, en Fuchow, provincia de Fukien, esto era un acto muy radical.

Comencé la obra de extender el evangelio a partir de mi segundo semestre en la universidad en 1922, y fueron salvos muchos de mis compañeros. Oraba diariamente por aquellos que había anotado en mi cuaderno. A partir de 1923 comencé a rentar o a pedir prestados salones con el fin de extender la obra evangelizadora. Centenares de personas fueron salvas. De la lista que tenía en mi cuaderno, sólo uno no fue salvo. Esto es evidencia de que Dios escucha tales oraciones. El desea que oremos primero por los pecadores antes que sean salvos. En esos pocos años hubo muchas oportunidades en las que comprobamos este hecho.

APRENDER LA LECCION DE LA SUMISION

En 1923 éramos siete los que laborábamos conjuntamente como colaboradores. Dos de nosotros tomábamos el liderazgo, a saber, un colaborador que era cinco años mayor que yo y mi persona. Teníamos una reunión de colaboradores cada viernes en la cual, a menudo, los otros cinco colaboradores se veían obligados a escuchar las discusiones entre nosotros dos. Todos éramos jóvenes entonces y cada uno tenía su propia manera de pensar. Con frecuencia yo acusaba al otro colaborador de estar errado, y viceversa. Dado que mi temperamento no había sido quebrantado, me enojaba con facilidad. Hoy, en 1936, a veces me río, pero en ese entonces rara vez me reía. En nuestras controversias, reconozco que a veces yo estaba equivocado, pero él también estaba errado a veces. Me era fácil pasar por alto mis propias culpas, pero no me era fácil perdonar a otros. Después de argumentar el viernes, yo iba el sábado a visitar a la señorita Barber para acusar al otro colaborador. Le decía: “Le dije al colaborador que debía comportarse de cierta manera, pero no me hace caso. Usted debería hablarle”. Ella replicaba: “El es cinco años mayor que tú; eres tú quien debe obedecerle”. Le dije: “¿Debo escucharle aunque él esté equivocado?” Ella me decía: “¡Sí! Las Escrituras dicen que el menor debe obedecer al mayor”. Yo le respondía: “No puedo hacer eso. Un cristiano debe actuar con lógica”. Ella me contestaba: “No te debe preocupar si es lógico o no. Las Escrituras dicen que los jóvenes deben estar sujetos a los ancianos”. Me molestaba profundamente que la Biblia dijera tal cosa. Quería dar rienda suelta a mi indignación, pero no podía.

Cada vez que surgía una controversia el viernes, yo acudía a la hermana Barber para quejarme, pero ella nuevamente me citaba las Escrituras mostrándome que yo debía estar sujeto al mayor. A veces, lloraba la noche del viernes después de la disputa por la tarde; luego, el siguiente día iba a la hermana Barber a presentar mis quejas con la esperanza de que ella me diera la razón. Pero me encontraba llorando nuevamente el sábado por la noche al regresar a casa. Deseaba haber nacido unos años antes. 

En una controversia recuerdo particularmente que yo tenía argumentos muy convincentes a mi favor; me pareció que si se los hacía notar a la hermana Barber, ella entendería que mi colaborador estaba errado y, entonces, me apoyaría. Pero ella me dijo: “No importa si el colaborador está errado o no. Cuando acusas a tu hermano delante de mí, ¿estás tomando la cruz? ¿Estás siendo como un cordero?” Cuando ella me hizo esas preguntas, me sentí muy avergonzado, y todavía lo recuerdo. Mis palabras y mi actitud en aquel día revelaban que verdaderamente yo no llevaba la cruz, ni era como un cordero.

En tales circunstancias aprendí a obedecer a un colaborador mayor que yo. En aquel año y medio aprendí la lección mas preciosa de mi vida. Yo estaba lleno de ideas, pero Dios quería introducirme en la realidad espiritual. ¡En aquel año y medio descubrí qué era llevar la cruz! Ahora, en 1936, tenemos unos cincuenta colaboradores; de no haber sido por la lección de obediencia que aprendí en aquel año y medio, temo que no podría trabajar con nadie. Dios me puso en aquellas circunstancias para que aprendiese a estar bajo la restricción del Espíritu Santo. En aquellos dieciocho meses no tuve ninguna oportunidad de presentar mis propuestas; sólo podía llorar y sufrir dolorosamente. Pero de no haber sucedido así, nunca me habría dado cuenta lo difícil que era ser quebrantado. Dios quería pulirme y quitar todas mis defensas puntiagudas. Esto no ha sido fácil de conseguir. ¡Cuánto agradezco y alabo a Dios, cuya gracia me sostuvo al pasarme por estas experiencias!

Ahora me dirijo a los colaboradores más jóvenes. Si ustedes no pueden aceptar las pruebas de la cruz, no serán instrumentos útiles. Dios sólo se deleita en el espíritu de un cordero: su afabilidad, humildad y paz. Las ambiciones, metas elevadas y destrezas que ustedes tienen, son inútiles ante Dios. He transitado este camino y son muchas las ocasiones en que he confesado mis defectos. Todo lo que me atañe, está en las manos de Dios. No es cuestión de estar en lo correcto o no, sino de tomar la cruz. En la iglesia no tienen lugar el bien y el mal; lo único que cuenta es la cruz y aceptar que ésta nos quebrante. Esto hará que la vida de Dios fluya abundantemente y Él lleve a cabo Su voluntad.

APRENDER LA LECCIÓN DE LA CRUZ

Es posible que un creyente lea, estudie o exponga enseñanzas acerca de la cruz sin haber aprendido la lección de la cruz ni haber conocido el camino de la cruz. Cuando estaba con mis colaboradores siendo concertado en el servicio, el Señor dispuso muchas cruces para mí. Muchas veces me sentí avergonzado, pues no aceptaba el quebrantamiento de la cruz y encontraba difícil someterme. Sin embargo, en mi interior reconocía que si la cruz había sido ordenada por Dios, era lo apropiado, aunque todavía me era difícil aceptarla y obedecerla. Mientras el Señor estuvo en la Tierra, aprendió obediencia por la cruz que padeció (He. 5:8; Fil. 2:8). ¿Cómo podría ser yo la excepción? Durante los primeros ocho o nueve meses en los cuales empezó a venir la lección de la cruz, yo no obedecía. Sabía que debía rendirme sin ofrecer resistencia a la cruz ordenada por el Señor; pero cuando me decidía a obedecer, mi determinación duraba corto tiempo. Cuando se me presentaba alguna situación en la cual debía ser obediente, me era difícil obedecer y estaba lleno de pensamientos rebeldes. Esto me perturbaba mucho.

Cuando aceptaba la cruz que el Señor había ordenado para mí, encontraba que ésta me era de gran beneficio. Entre mis colaboradores, cinco de ellos habían sido mis compañeros de estudio desde la niñez; el sexto vino de otra ciudad y era cinco años mayor que yo. Los cinco excompañeros míos siempre apoyaban al otro colaborador y se oponían a lo que yo decía. No importaba lo que yo hiciera, ellos invariablemente me censuraban. De hecho, muchas veces recibieron el mérito por lo que yo había hecho. Algunas veces, cuando ellos rechazaban mis propuestas, yo iba a una colina solitaria a llorar delante de Dios. Durante aquellos tiempos escribí algunos himnos acerca de llevar la cruz, y por primera vez experimenté lo que significaba conocer “la comunión en Sus padecimientos” (Fil. 3:10). Cuando no podía tener comunión con el mundo, podía disfrutar de comunión celestial. Los primeros dos años de mi salvación, no conocía lo que era la cruz. Pero durante ese tiempo empecé a aprender la lección de la cruz.

Siempre fui el primero de mi clase y en la escuela; por tanto, también quería ser el primero en el servicio al Señor. Por esta razón, cuando era puesto en segundo lugar, desobedecía. Le dije a Dios repetidas veces que no podía soportar estas circunstancias, pues yo estaba recibiendo muy poco honor y autoridad, y todos apoyaban al hermano de más edad. Pero hoy adoro a Dios y le agradezco desde lo más profundo en mi ser de que todo esto me haya sucedido. Este fue mi mejor adiestramiento. Dios deseaba que yo aprendiera obediencia, y por eso El dispuso que yo enfrentara muchas dificultades. Finalmente le dije que estaba dispuesto a ser relegado a un segundo lugar. Cuando estuve dispuesto a rendirme, experimenté un gozo distinto al gozo de mi salvación; no era un gozo extenso sino profundo. Después de ocho o nueve meses, en muchas ocasiones estuve dispuesto a ser quebrantado y no hice lo que quería. Estaba lleno de gozo y paz al andar en la senda espiritual. El Señor se sometió a la disciplina de Dios, y yo estaba dispuesto a hacer lo mismo. El Señor, existiendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo (Fil. 2:6-7). ¿Cómo podía yo considerarme superior al Señor? Cuando comencé a aprender la obediencia, me era difícil, pero a medida que pasaba el tiempo lo encontraba más fácil. Finalmente, le dije a Dios que escogía la cruz, aceptaba su quebrantamiento y desechaba mis propias ideas.

CAPITULO TRES

EL TERCER TESTIMONIO
(20 DE OCTUBRE DE 1936)

Lectura bíblica: Hechos 26:29

VIVIR UNA VIDA DE FE

Habiendo dado ya dos testimonios, no tenía la intención de añadir nada más, pero mientras oraba me pareció que el Señor deseaba que testificara una vez más. Aquellos que me conocen saben que rara vez hablo de mis asuntos personales. He observado que las personas frecuentemente abusan de los testimonios de otros, propagándolos como si fueran noticias. También es cierto que algunos testimonios son exagerados. La experiencia que Pablo tuvo en el tercer cielo sólo fue divulgada catorce años después. Con respecto a muchos testimonios de índole espiritual, es preferible que transcurra un buen tiempo antes de difundirlos. Muchos, sin embargo, los proclaman a los catorce días, no después de catorce años.

En cuanto al dinero

El tema del dinero puede ser un problema pequeño o grande. Cuando comencé a servir al Señor, estaba algo preocupado en cuanto a mi sustento. De haber sido un predicador de una denominación, habría recibido un salario mensual. Pero dado que andaría en el camino del Señor, tendría que confiar solamente en Él para la provisión de mi sustento personal y no en un salario mensual. En los años 1921 y 1922 eran muy pocos los predicadores en China que dependían exclusivamente del Señor. Era difícil encontrar siquiera dos o tres que lo hicieran, pues la gran mayoría de predicadores recibían salarios. En aquel tiempo muchos predicadores no tenían el atrevimiento de dedicarse de tiempo completo a servir al Señor, pues pensaban que si no recibían un salario, no podrían sobrevivir. Yo también pensaba así. Actualmente [1936] en China hay aproximadamente cincuenta hermanos y hermanas en comunión con nosotros que dependen exclusivamente del Señor para su sustento diario. Tal situación es más común ahora que en 1922. Además, hoy los hermanos y hermanas en varios lugares cuidan de los obreros más que antes. Creo que dentro de unos diez años, los hermanos y hermanas mostrarán aún más interés por proveer para las necesidades de los siervos del Señor. Pero esto era escaso hace diez años.

Declarar a mis padres mi deseo de vivir por fe

Ya les conté que después de ser salvo continué mis estudios al mismo tiempo que laboraba para el Señor. Una noche hablé con mi padre acerca de recibir ayuda económica y le dije: “Después de orar por varios días, creo que debo decirle que ya no gastaré su dinero. Agradezco que haya gastado tanto en mí por su responsabilidad paterna. Pero usted esperará que en el futuro yo gane dinero y le retribuya sosteniéndolo a usted; así que debo decirle de antemano que como me dedicaré a predicar, no podré ayudarle en el futuro ni pagarle lo que ha hecho por mí. Aunque no he completado mis estudios, deseo aprender a depender exclusivamente de Dios”. Cuando le dije esto, mi padre pensó que yo estaba bromeando. Pero desde entonces, cuando en algunas ocasiones mi madre me daba unos cinco o diez dólares, ella escribía en el sobre: “Para el hermano Nee To-sheng”. Ella no me daba el dinero en calidad de madre, sino como una hermana en el Señor.

Después de hablar así con mi padre, el diablo vino a tentarme diciéndome: “Semejante acto es muy peligroso. Supón que un día no seas capaz de sostenerte y nuevamente acudas a tu padre a pedirle dinero. ¿No sería aquello una vergüenza? Has hablado con tu padre prematuramente; debiste haber esperado a tener más éxito en tu obra, hasta que muchas personas fueran salvas y tuvieras más amigos, antes de comenzar a vivir por fe”. Pero yo doy gracias al Señor, porque desde que le expresé a mi padre la decisión de no recibir su apoyo financiero, nunca le he pedido dinero.

ESPERAR EN DIOS PARA
MI SOSTENIMIENTO AL LABORAR

Hasta donde yo sé, la hermana Dora Yu era la única predicadora en aquel tiempo que no recibía salario y dependía exclusivamente de Dios para su sustento. Ella era mi hermana espiritual de más edad y nos conocíamos bien. Ella tenía muchos amigos, tanto chinos como extranjeros, y el campo donde desarrollaba su labor era muy amplio debido a que predicaba en muchos lugares. Pero mi situación era la opuesta: eran pocos los que me apoyaban, por lo cual padecí muchas dificultades. Aun así, cuando acudía al Señor, El me decía: “Si no puedes vivir por fe, no puedes laborar para Mí”. Yo sabía que necesitaba una obra viva y una fe viva para servir al Dios vivo. Cierta vez, cuando sólo tenía diez dólares en mi billetera que pronto habrían de agotarse, recordé a la viuda de Sarepta, quien solamente tenía un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en una vasija (1 R. 17:12). Ella no tenía dos puñados de harina. No sé con qué medios Dios la sustentaría, pero sé que Él tuvo los medios para hacerlo.

En 1921 fui con dos colaboradores a un lugar de la provincia de Fukien a predicar, con la intención de ir luego a otro pueblo. Tenía sólo cuatro dólares en mi bolsillo, lo cual no alcanzaba para adquirir tres boletos de autobús. Pero, gracias al Señor, un hermano nos regaló los tres boletos.

En otra ocasión, en Kulangsu, al sur de la provincia de Fukien, me hurtaron el dinero que tenía en el bolsillo de modo que no me quedó con qué regresar a casa. Estábamos hospedados en una casa y predicábamos una vez al día en una pequeña capilla. Cuando terminamos y estábamos listos para partir, mis dos colaboradores tenían dinero para regresar pero yo no (en ese entonces cada uno de nosotros pagaba sus propios gastos). Me sentí incómodo cuando ellos tomaron la decisión de viajar al siguiente día, pero no quería pedirles dinero prestado. Esa noche oré a Dios, rogándole que proveyera el dinero para los gastos del viaje. Nadie sabía de esto. Aquella tarde algunas personas habían venido a hablar conmigo acerca de la Palabra, pero yo no tenía ánimo para ello. En ese momento el diablo vino a tentarme y a sacudir mi fe, pero yo tenía la firme convicción de que Dios no me desampararía. Yo era apenas un joven que recién me iniciaba en la empresa de servir al Señor por fe y aún no había aprendido la lección de vivir por fe. Continué orando a Dios aquella noche, pensando que quizás había hecho algo incorrecto. El diablo me dijo: “Puedes pedir a los colaboradores que compren tu boleto y luego pagarles cuando lleguen a la capital de la provincia”. No acepté esta sugerencia y continué esperando en Dios. A la hora de partir, aún no tenía dinero. Empaqué mis maletas como de costumbre y contraté un rickshaw [Nota del traductor: especie de coche de dos ruedas, tirado por un hombre, usado para transportar a personas]. En aquel momento recordé la historia de un hermano que no tenía boleto de tren, pero unos minutos antes de que el tren partiera, Dios ordenó a alguien que le diera un boleto (Administrador: probablemente Rees Howells: http://josemariaarmesto.blogspot.com.es/2014/07/libro-el-intercesor-rees-howells-pdf.html). Estábamos listos y abordamos los rickshaws. Yo tomé el último de los tres. Cuando el rickshawhabía avanzado unos cuarenta metros, un anciano vestido de túnica larga vino gritando detrás de mí: “¡Señor Nee, por favor pare!” Ordené al rickshaw que se detuviera. El anciano me dio una ración de comida y un sobre, y se fue. Estaba tan agradecido por el cuidado provisto por Dios que mis ojos se llenaron de lágrimas. Cuando abrí el sobre, encontré cuatro dólares, que era exactamente lo que costaba el boleto de autobús. El diablo continuó hablándome: “¿Ves cuán arriesgado es esto?” Le respondí: “Es cierto que estaba preocupado, pero esto no es nada arriesgado, pues Dios suplió mi necesidad a tiempo”. Después de llegar a Amoy, otro hermano me dio un boleto con el cual pude regresar a casa.

En 1923 el hermano Weigh Kwang-hsi me invitó a predicar en Kien-ou, al norte de la provincia de Fukien. Tenía apenas quince dólares en mi bolsillo, un tercio del costo del viaje. Decidí partir el viernes por la noche y continué orando el miércoles y el jueves. Sin embargo, el dinero no llegó. Oré nuevamente el viernes por la mañana. No solamente no recibí ningún dinero, sino que también tuve el sentir interno de que debía darle cinco dólares a un colaborador. Recordé las palabras del Señor: “Dad, y se os dará”. Yo no había sido una persona que amara el dinero, pero aquel día en verdad amé el dinero y encontré extremadamente difícil ofrendar. Oré al Señor otra vez: “Oh Señor, si realmente quieres que dé estos cinco dólares, así lo haré”; pero todavía me encontraba renuente. Pensé, engañado por Satanás, que después de orar no tendría que dar esa ofrenda. Aquella fue la única ocasión en la que derramé lágrimas a causa del dinero. Finalmente, obedecí al Señor y le di los cinco dólares a aquel colaborador. Después de hacerlo, me llenó un gozo celestial. Cuando el colaborador me preguntó por qué le había dado el dinero, respondí: “No necesitas preguntar; lo sabrás más tarde”.

El viernes por la noche me preparé para comenzar mi viaje. Le dije a Dios: “Quince dólares eran insuficientes, y Tú quisiste que regalara cinco. ¿No es la cantidad que tengo ahora más inadecuada aún? No sé cómo orar”. Decidí ir primero a Shui-kow en barco de vapor y después a Kien-ou en una lancha de madera. Gasté muy poco en el viaje a Shui-kow. Cuando el barco de vapor llegaba a su destino, tuve el sentir de que tendría mejores resultados si no oraba conforme a mi concepto. Así que le dije al Señor: “No sé cómo orar; por favor hazlo Tú por mí”. Añadí luego: “Si no me das el dinero, por favor provéeme de un barco que cobre una tarifa reducida”. Cuando llegué a Shui-kow, muchos lancheros vinieron a ofrecer sus servicios, y hubo uno que sólo pidió siete dólares por el viaje. Este precio estaba muy por debajo de cualquier expectativa, pues la tarifa usual era varias veces esta cantidad. Le pregunté al dueño de la lancha por qué su precio era tan reducido, y él me contestó: “Este barco ya fue contratado por un magistrado, pero me es permitido llevar en la popa un solo pasajero; así que no importa cuánto me pague. Pero usted tiene que traer su propia comida”. Inicialmente tenía quince dólares en mi bolsillo; después de darle cinco dólares al colaborador y gastar unos cuantos centavos en el barco de vapor, siete dólares por el viaje en la lancha de madera y como un dólar en comida, todavía tenía un dólar con treinta centavos al llegar a Kien-ou. ¡Gracias al Señor! Lo alabo porque Él siempre prepara bien todas las cosas.

Después de que cumplí mi labor en Kien-ou y estuve listo para regresar a Fuchow, tuve el mismo problema; no tenía fondos para cubrir los gastos del viaje. Había decidido partir el lunes siguiente, así que continué orando hasta el sábado. Esta vez, sentía certeza en mi corazón al recordar que antes de venir a Fuchow Dios me había pedido que le diera cinco dólares a un colaborador, lo cual hice a regañadientes. En aquella ocasión leí Lucas 6:38: “Dad, y se os dará”, y me aferré a esta frase. Le dije a Dios: “Debido a que Tú dijiste esto, te ruego que me proveas del dinero necesario para cubrir los gastos de viaje conforme a Tu promesa”. El domingo por la noche el señor Philips, un pastor británico, quien era un hermano genuinamente salvo y que amaba al Señor, nos invitó al hermano Weigh y a mí a cenar. Durante la cena el señor Philips me dijo que él y su congregación habían recibido una gran ayuda por mis mensajes y ofrecieron tomar la responsabilidad de pagar los gastos de mi viaje. Le respondí que alguien ya había tomado esa responsabilidad, refiriéndome a Dios. Entonces él dijo: “Cuando usted llegue a Fuchow, le haré llegar el libro The Dynamic of Service [La Dinámica del Servicio], escrito por el señor Padget Wilkes, un mensajero del evangelio a quien el Señor usó grandemente en Japón”. Pensé que había perdido una gran oportunidad, pues lo que yo necesitaba en ese entonces era el dinero para cubrir mis gastos de viaje y no un libro. En cierto modo, tuve remordimiento por no haber aceptado su oferta. Después de la cena el hermano Weigh y yo regresamos a casa juntos. Había rechazado la propuesta del señor Philips de pagar mis gastos de viaje con el fin de esperar ayuda exclusivamente de Dios; no obstante, había gozo y paz en mi corazón. El hermano Weigh no sabía de mi situación financiera; tuve el pensamiento fugaz de pedirle dinero prestado para cubrir mis gastos y después reembolsarlo cuando regresara a Fuchow, pero Dios no me permitió comunicarle esta necesidad. Tenía la convicción de que el Dios de los cielos es siempre fiel, y deseaba ver cómo El proveería para mis necesidadesCuando partí al día siguiente, tenía apenas unos dólares en mi bolsillo. Muchos hermanos y hermanas vinieron a despedirse, y algunos hasta cargaron mi equipaje. Mientras caminaba, oraba: “Señor, ciertamente Tú no me traerías hasta aquí sin llevarme de regreso”. A medio camino rumbo al muelle, el señor Philips envió a alguien con una carta. La carta decía: “Aunque alguien más haya tomado la responsabilidad de cubrir sus gastos de viaje, siento que debo participar en su labor aquí. ¿Sería posible que yo, un hermano anciano, tuviese tal oportunidad? Por favor, tenga la bondad de aceptar esta pequeña suma de dinero para dicho propósito”. Después de leer la carta, sentí que debía aceptar el dinero, y lo hice. No sólo fue suficiente para pagar mis gastos de viaje a Fuchow, sino también para imprimir una edición de El Testimonio Actual.

Al retornar a Fuchow, la esposa del colaborador que recibió los cinco dólares me dijo: “Me parece que cuando usted partió de viaje no tenía suficiente dinero. ¿Por qué le dio cinco dólares a mi esposo?” Le pregunté qué había ocurrido con respecto a los cinco dólares, y me dijo: “El miércoles nos quedaba en casa sólo un dólar, el cual ya habíamos gastado el viernes; por tanto, oramos todo el día. Entonces mi esposo tuvo el sentir de que debía salir a caminar y se encontró con usted, y usted le dio los cinco dólares, que nos duraron cinco días. Posteriormente, Dios nos proveyó por otro medio”. Ella continuó su relato con lágrimas: “Si usted no nos hubiera dado los cinco dólares aquel día, habríamos pasado hambre, lo cual en realidad no importaba, pero ¿dónde habría quedado la promesa de Dios?” Su testimonio me llenó de gozo. El Señor me usó a mí para suplir la necesidad de ellos con los cinco dólares. La Palabra del Señor ciertamente es fiel: “Dad, y se os dará”.

La lección que he aprendido en el transcurso de mi vida es que cuanto menos dinero tengo en mis manos, más Dios me dará. Esta es una senda difícil de seguir. Muchas personas se sienten capaces de vivir por fe; pero cuando viene la prueba, tienen temor. A menos que uno crea en el Dios vivo y verdadero, no le aconsejo que tome este camino. Puedo dar testimonio hoy de que Dios es el que provee. Todavía es posible ser sustentado por cuervos así como le sucedió a Elías. Les diré algo que quizás encuentren difícil de creer. En mi experiencia he visto que la provisión de Dios llega cuando he gastado mi último dólar. Tengo ya catorce años de andar en este camino, y en cada una de mis experiencias Dios ha querido obtener la gloria para Sí mismo. Dios ha provisto para todas mis necesidades y no ha fallado ni una sola vez. Los que solían dar, ya no lo hacen; hay un cambio constante de los que ofrendan, pues un grupo reemplaza a otro. Todo ello carece de importancia, pues el Dios que está en lo Alto es un Dios vivo. ¡El nunca cambia! Les digo esto para que sigan rectamente en la senda de vivir una vida de fe. Podría contarles otros diez o veinte casos parecidos a estos.

En cuanto al tema de ofrendar dinero al Señor, uno debe separar una cantidad definida —ya sea una décima parte de los ingresos o la mitad— y ponerla en las manos de Dios. Es posible que la viuda, en su ser natural, haya dado los dos leptos quejándose, pero de todos modos el Señor la alabó. Tenemos que ser un ejemplo para otros; no debemos temer, pues Dios no nos desamparará. Debemos aprender a amar a Dios, creer en Él y servirle como lo merece. ¡Debemos agradecerle y alabarle por Su inefable gracia! Amén.

Confiar en que Dios proveería para
la publicación de la literatura

Consciente de que algunas personas nunca entrarían a un local de reuniones para escuchar el evangelio, en 1922 comencé a imprimir folletos evangelísticos. El evangelio debe llegar a estas personas. Después de escribir los tratados, empecé a orar y pedir la provisión necesaria para cubrir los gastos de imprenta y distribución. Dios me dijo: “Si deseas que conteste tu oración, primero debes quitar todo impedimento”. El domingo siguiente prediqué sobre el tema “Quitar todo impedimento”. En aquel entonces muchos criticaban a la esposa de uno de mis colaboradores, una hermana que se reunía con nosotros. Cuando yo entré a la reunión para dar el mensaje, la miré e interiormente la critiqué juzgando que los demás tenían razón en criticarla. Al acabar la reunión, ella estaba de pie cerca de la puerta, y yo la saludé al salir del salón después de dar el mensaje. Luego, cuando nuevamente le suplicaba a Dios que cubriera los gastos de imprenta, diciéndole que había quitado todo obstáculo, El me dijo: “¿Qué me dices del mensaje que acabas de predicar? Tú has criticado a aquella hermana; ése es un obstáculo para la oración, el cual debes eliminar. Debes ir a ella y confesar tu culpa”. Le respondí: “No es necesario que confesemos a otros los pecados que están en nuestra mente”. Dios me respondió: “Sí, eso es cierto, pero tu caso es diferente”. Luego, cuando pensé en confesarle a ella y enfrentar el asunto, vacilé en cinco oportunidades. Aun cuando estaba dispuesto a confesar mi falta, me preocupaba que ella, quien siempre me había admirado, ahora me menospreciaría. Le dije a Dios: “Haré cualquier cosa que me pidas, pero no estoy dispuesto a confesarle a ella mi falta”. Continué pidiendo a Dios que cubriera los gastos de imprenta, pero El no escuchaba mis argumentos; al contrario, El insistía en que yo confesara. La sexta vez, por la gracia del Señor, le confesé a ella mi culpa. Con lágrimas en los ojos, ambos confesamos nuestras faltas y después nos perdonamos el uno al otro. Fuimos llenos de gozo y, desde entonces, nos amamos en el Señor aún más.

Poco después, el cartero me entregó una carta que contenía quince dólares. La carta leía: “Me gusta distribuir folletos evangelísticos y me sentí constreñido a ayudarle a imprimirlos. Por favor, acepte mi donación”. En cuanto fueron eliminados todos los impedimentos, Dios contestó mis oraciones. ¡Gracias al Señor! Esta fue la primera vez que experimenté que Dios respondiera a mis oraciones con respecto a la impresión de las publicaciones. En aquel entonces repartíamos más de mil folletos por día. Se imprimían y se distribuían de dos a tres millones de folletos al año para abastecer a las iglesias en varios lugares. En los breves años después de comenzar la obra de literatura, Dios siempre respondió a mis oraciones y cubrió todas nuestras necesidades.

El Señor también quiso que publicara la revista El Testimonio Actual y que fuera distribuida sin cargo alguno. En aquel tiempo en China, todas las publicaciones de temas espirituales estaban a la venta; solamente la revista que yo publicaba era gratuita. El cuarto donde redactaba y editaba los manuscritos era bastante pequeño. Cuando terminábamos los artículos, los enviábamos a la imprenta. Cuando no había fondos disponibles, oraba a Dios pidiendo que enviara Su provisión para la impresión. Al observar lo que estaba haciendo, me reía, pues los manuscritos estaban siendo enviados a la imprenta sin contar con los fondos necesarios. Mientras viva, nunca olvidaré aquella vez cuando aún me estaba riendo y escuché a alguien tocar la puerta. Al abrirla, vi a una mujer de mediana edad que siempre venía a las reuniones pero por quien mi corazón sentía una frialdad inusual. Aunque ella era rica, amaba el dinero y trataba diez centavos como si fuesen un dólar. Me extrañé de que pudiera ser ella la que diera el dinero para imprimir la revista. Entonces, le pregunté el motivo de su visita, y me dijo: “Hace una hora, comencé a sentirme incómoda. Cuando oré a Dios, El me dijo que yo no parecía ser cristiana, porque nunca he hecho lo correcto en cuanto a ofrendar y amo el dinero demasiado”. Le pregunté a Dios qué deseaba que hiciera, y me dijo: “Debes ofrendar dinero para que sea usado en Mi obra”. Luego, ella tomó treinta dólares de plata y los puso sobre la mesa, diciéndome: “Gaste el dinero en lo que usted juzgue necesario”. Entonces, al ver la mesa, vi dos cosas: los manuscritos y el dinero. Le agradecí al Señor, sin decirle nada a ella. Ella se despidió, y yo fui de inmediato a hacer un contrato con la imprenta. El dinero que ella dio fue suficiente para imprimir mil cuatrocientos ejemplares de la revista. Otros dieron el dinero para los gastos de franqueo. Ahora imprimimos cerca de siete mil ejemplares de cada edición. Dios nos provee todos los fondos en el momento preciso de la manera que lo he relatado. Nunca le he pedido contribuciones a nadie. Ha habido ocasiones en que las personas me han rogado que les acepte el dinero. En todos estos asuntos siempre he esperado exclusivamente en el Señor.

ACEPTAR DINERO POR CAUSA DE CRISTO

Si uno fracasa al no tratar los asuntos monetarios adecuadamente, ciertamente fracasará en otros asuntos. Debemos esperar en Dios con una mente sencilla y nunca hacer nada que deshonre al Señor. Cuando las personas nos den dinero, lo aceptamos en el nombre de Cristo, y nunca debemos pedirles nada. Agradezco a Dios que después de decirles a mis padres que no volvería a usar el dinero de ellos, aún así me fue posible estudiar dos años más. Aunque no sabía de dónde vendría mi sustento, Dios siempre proveía cuando se presentaba alguna necesidad. Algunas veces la situación parecía en extremo difícil, pero Dios nunca me desamparó. Con frecuencia ponemos nuestra confianza en las personas, pero Dios no desea que dependamos de otros. Debemos aprender la lección de gastar en la medida en que recibimos, y nunca ser como el mar Muerto, que recibe varios afluentes pero del cual no fluye ninguno. Debemos ser como el río Jordán, que recibe de sus afluentes y deja seguir la corriente. Los levitas del Antiguo Testamento se dedicaban exclusivamente a servir a Dios, y aún ellos debían ofrecer sus diezmos.

CUANDO WATCHMAN NEE ESTABA EN LA PRISIÓN, Testimonio


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