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martes, 31 de julio de 2012

BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO v/ LLENURA DEL ESPÍRITU SANTO, Witness Lee


EL BAUTISMO
EN EL ESPÍRITU SANTO

LOS DOS ASPECTOS DE LA OBRA
DEL ESPÍRITU SANTO


Las Escrituras claramente nos revelan que la obra del Espíritu Santo tiene dos aspectos: el aspecto interno, relacionado con la vida, y el aspecto externo, relacionado con el poder. El aspecto externo no es el objetivo, sino que tiene como finalidad el aspecto interno. El aspecto externo ya había sido presentado en el Antiguo Testamento, pero no es sino hasta el Nuevo Testamento, después de la resurrección de Cristo, que se cumple el objetivo del propósito eterno de Dios mediante el aspecto interno.
El aspecto interno de la obra del Espíritu Santo puede ser visto claramente en el Evangelio de Juan, en los capítulos 7 y 20. En estos dos capítulos, el Espíritu Santo es comparado al agua que bebemos (7:37-39) y al aire que respiramos (20:22), los cuales son vitales para vivir. Tenemos que beber para vivir y, aún más, ¡tenemos que respirar para vivir! Es posible vivir hasta tres días sin beber, pero ¡no podemos vivir ni cinco minutos sin respirar! ¿Por qué en el Evangelio de Juan se compara al Espíritu Santo con el agua que bebemos y el aire que respiramos? Debido a que el Evangelio de Juan es el evangelio de vida. Este evangelio nos dice que Cristo vino para ser nuestra vida (10:10) y nuestro suministro de vida, esto es: Él vino como el pan de vida (6:35, 57) y como el agua de vida (4:14).
Existe únicamente una manera en la que el Señor puede ser nuestra vida, y ésta es en el Espíritu. Si Él no fuera el Espíritu ni estuviera en el Espíritu, jamás podría entrar en nuestro ser para ser nuestra vida y nuestro suministro de vida. Esto es lo que el Señor nos enseña en los capítulos del 14 al 17 de Juan. En estos cuatro capítulos, el énfasis principal es la transición que efectúa el Señor de la carne al Espíritu mediante la muerte y la resurrección. Él tenía que cambiar de forma, de la carne al Espíritu, al morir y ser resucitado. Él dijo en Juan 6:63: “El Espíritu es el que da vida, la carne para nada aprovecha”. Mientras Él esté en la carne y no en el Espíritu, jamás podrá entrar en nuestro ser y darnos vida. Mediante Su muerte y resurrección, Él fue transformado, en cuanto a Su forma, de la carne al Espíritu. Así que, después de Su resurrección, Él vino a Sus discípulos y sopló en ellos, diciéndoles: “Recibid el Espíritu Santo” (20:22). Esto significa que los discípulos lo recibieron interiormente como el Espíritu Santo, es decir, como el aliento divino. Claramente, esto tiene como propósito la vida.
Podemos ver el aspecto externo de la obra del Espíritu Santo en los escritos de Lucas. En Lucas 24:49 se le dijo a los discípulos que permanecieran en Jerusalén hasta que fueran “vestidos” con poder desde lo alto. Si bien algunas versiones usan “investidos”, el texto en griego literalmente significa “vestidos”. Aquí, el Espíritu Santo es comparado a una vestidura, algo completamente diferente de una bebida. Beber se relaciona con la vida, mientras que vestirse se relaciona con la autoridad. Después, en Hechos 2:2, el Espíritu Santo es comparado a “un viento recio”. Un viento poderoso representa el poder. Si bien guarda cierta relación con el aliento de vida —pues este viento trae el aire fresco necesario para respirar— el significado principal de tal viento es el poder. El aliento es para la vida, y el viento es para el poder.
En su evangelio Juan se valió del agua que bebemos y el aire que respiramos como dos símbolos del Espíritu Santo. Los que representan el aspecto interno de la vida, pues el Evangelio de Juan se ocupa, principalmente, de la vida. Sin embargo, en Lucas se recurre a otros dos símbolos: la vestimenta y el viento poderoso. Los escritos de Lucas (tanto su evangelio como el libro de Hechos) no enfatizan la vida, sino la predicación del evangelio (Lc. 24:47; Hch. 1:8). En la predicación del evangelio, se necesita tanto autoridad como poder. Así pues, la vestimenta representa la autoridad y el viento recio representa el poder. Si un policía intentase ejercer su autoridad sin estar vestido del uniforme correspondiente, nadie respetaría su autoridad; pero cuando se viste del uniforme apropiado, todos respetarán la autoridad que tiene en su capacidad para actuar como uno que vela por el cumplimiento de la ley. Así pues, nosotros tenemos que estar vestidos del Espíritu Santo para poseer la autoridad y poder divinos necesarios para realizar la obra de Dios.
Ambos aspectos de la obra del Espíritu Santo son necesarios para nosotros. Internamente, tenemos que beber del Espíritu Santo para recibir vida; y externamente, tenemos que estar vestidos con el Espíritu Santo para recibir autoridad. Internamente, tenemos necesidad del aliento del Espíritu Santo que nos fue soplado para que tengamos vida; y externamente, tenemos necesidad de que el viento del Espíritu Santo sople sobre nosotros con poder. El aspecto interno es el Espíritu Santo como vida EN nuestro interior; mientras que el aspecto externo es el Espíritu Santo como poder que reposa SOBRE nosotros. El aspecto interno de la vida tiene como finalidad nuestra experiencia interna; mientras que el aspecto externo de poder es para nuestra experiencia externa. Mientras que el aspecto interno está “en” nosotros (Jn. 14:17; 4:14; 7:38), el aspecto externo está “sobre” nosotros (Lc. 24:49; Hch. 1:8; 2:3; 8:16; 10:44; 19:6).
El aspecto externo de poder es siempre para el aspecto interno de vida. Es por medio del aspecto interno que el deseo de Dios, Su objetivo principal, es cumplido. El aspecto externo es el medio por el cual se cumple el aspecto interno. En 1 Corintios 12:13 se mencionan estos dos aspectos en el orden apropiado. Primero, fuimos bautizados, y después, se nos dio a beber. Después de ser bautizados en el Espíritu Santo y en un mismo Cuerpo, tenemos que beber del Espíritu a fin de crecer en términos de la vida divina y ser edificados en el Cuerpo. Ser bautizados en el Espíritu Santo es ser puestos en Él, del mismo modo que ser bautizado en agua es ser sumergido en agua. Pero beber del Espíritu Santo es tomarlo a Él del mismo modo en que beber agua es ingerirla. El bautismo es externo, mientras que beber es interno. Así pues, el bautismo externo tiene como finalidad beber internamente.
El aspecto externo de la obra del Espíritu Santo se halla incluido, mayormente, en el bautismo del Espíritu Santo. Hay cinco casos históricos del derramamiento del Espíritu relatados en Hechos. Únicamente dos de ellos son llamados el bautismo del Espíritu Santo: el derramamiento que ocurrió el Día de Pentecostés para los creyentes judíos, según se relata en Hechos 2; y el derramamiento que ocurrió en la casa de Cornelio para los creyentes gentiles, según se relata en Hechos 10. Tanto Hechos 1:5 como 11:15-17 confirman este hecho. En ambas instancias, Cristo, la Cabeza, bautizó en el Espíritu Santo, una sola vez y para siempre, tanto a la parte judía como a la parte gentil de Su Cuerpo. Al hacerlo, Él llevó a cabo plenamente el bautismo del Espíritu Santo sobre todo Su Cuerpo. En los otros tres casos: (1) el de los creyentes samaritanos en Hechos 8:17, (2) el de Saulo en Hechos 9:17, y (3) el de los creyentes efesios en Hechos 19:6; las Escrituras mencionan que hubo imposición de manos por parte de los miembros representativos del Cuerpo. El significado de este acto es que, el bautismo en el Espíritu Santo ya había sido efectuado por la Cabeza sobre todo el Cuerpo y que, ahora, era transmitido a los nuevos miembros del Cuerpo por medio de identificarlos con el Cuerpo. La imposición de las manos es apenas un formalismo, cuyo verdadero significado o realidad es que tenemos que relacionarnos de manera correcta con el Cuerpo a fin de tener una posición correcta para participar del bautismo del Espíritu Santo que ya fue efectuado sobre el Cuerpo. Por tanto, estos tres casos no representan tres bautismos separados en el Espíritu Santo, sino tres experiencias de un mismo bautismo en el Espíritu Santo que el Cuerpo de Cristo ya ha recibido. El bautismo del Espíritu Santo es uno solo y único, y fue efectuado sobre el Cuerpo de Cristo hace más de mil novecientos años; pero las experiencias del bautismo del Espíritu Santo son numerosas y son compartidas continuamente por todos los miembros del Cuerpo de Cristo que, de este modo se hace real a ellos. Por tanto, tenemos que reconocer aquel único bautismo al mismo tiempo que procuramos tener muchas experiencias del mismo. Pedro primero recibió el bautismo (Hch. 1:5, 8; 2:4) y, más tarde, lo experimentó una y otra vez (4:8, 31).
También tenemos que recordar que el bautismo en el Espíritu Santo, no tiene como finalidad otorgarnos vida, sino poder. No nos referimos a ser llenos del Espíritu Santo, sino al aspecto externo de la obra del Espíritu Santo. Son muchos los cristianos, e incluso los maestros cristianos, que confunden el bautismo externo en el Espíritu Santo con ser llenos internamente del Espíritu Santo. Esto está mal. De hecho, en el Nuevo Testamento se usan dos palabras distintas para referirse a estos dos aspectos. Una es la palabra pleróo para referirse a ser llenos internamente; mientras que la otra palabra es plétho para referirse a ser llenos externamente. La palabra pleróo es usada en Hechos 13:52 y en Efesios 5:18. La palabra pléres, una forma adjetivada de pleróo, aparece en Lucas 4:1; así como en Hechos 6:3, 5; 7:55; y 11:24. En todos estos casos se describe el ser llenos internamente del Espíritu Santo. La palabra plétho es usada en Lucas 1:15, 41, 67; así como en Hechos 2:4; 4:8, 31; 9:17; y 13:9. En todos estos casos, su uso guarda relación con ser llenos externamente del Espíritu Santo, esto es, con el derramamiento del Espíritu Santo. Ambas palabras aparecen en Hechos 2:2-4. El viento recio llenó (pleróo) la casa; mas los discípulos fueron llenos (plétho) con el Espíritu Santo. Así pues, mientras la casa fue llena internamente, los discípulos fueron llenos o revestidos externamente. La palabra pleróo siempre se usa para referirse a ser llenos internamente (saturados) y la palabra plétho siempre se usa para referirse a ser llenos externamente (envueltos). Jamás deberíamos confundir el aspecto interno y el aspecto externo de la obra del Espíritu Santo. El aspecto interno se relaciona con la vida y el aspecto externo se relaciona con el poder.

UN HECHO REALIZADO

El bautismo del Espíritu Santo ya fue logrado, según vemos en 1 Corintios 12:13. “Porque en un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un solo Cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres”. Nótese que el verbo se encuentra en el pasado. El bautismo de todo el Cuerpo de Cristo en el Espíritu Santo es algo que ya fue realizado y se halla en vigencia. No es algo que deba lograrse en el futuro ni tampoco en el presente, porque ya fue realizado y se halla en vigencia. Es el mismo principio que rige para la crucifixión del Señor Jesús. Si creemos en Él, no tenemos que pedirle que muera nuevamente por nosotros, pues Su muerte redentora ya fue realizada. Lo mismo sucede en el caso del bautismo en el Espíritu Santo. Este bautismo ya fue plenamente efectuado sobre todo el Cuerpo y ahora existe sobre el Cuerpo, está listo para que lo tomemos. Ya no es necesario suplicarle al Señor que nuevamente haga algo a fin de bautizarnos en el Espíritu Santo. Nosotros ya fuimos bautizados por el Señor en el Espíritu Santo en el Cuerpo y con el Cuerpo. ¡Todo lo que tenemos que hacer es simplemente tomar lo que ya fue logrado!
La encarnación de Cristo, Su crucifixión, Su resurrección y Su ascensión, son todos hechos consumados, al igual que Su descenso en el Espíritu. El Señor no solamente ascendió a los cielos, sino que también descendió sobre Su iglesia en el Espíritu. El verdadero significado de tal descenso es el bautismo en el Espíritu Santo. Diez días después de Su ascensión, Él descendió en el Espíritu a fin de vestir a Su Cuerpo. Antes de este momento, la iglesia carecía de autoridad y poder; pero ahora, este Cristo maravilloso —el mismo que se encarnó, fue crucificado y resucitó— ha ascendido a los cielos y, una vez allí, ha sido entronizado. Todo ya fue terminado y logrado; por lo cual, Él descendió en el Espíritu a fin de revestir Su Cuerpo consigo mismo como autoridad y poder. La iglesia, pues, fue bautizada en el Espíritu Santo por este Cristo que ascendió y descendió. En esto consiste el bautismo en el Espíritu Santo según fue logrado sobre el Cuerpo de Cristo tanto el Día de Pentecostés como en la casa de Cornelio. Tenemos que comprender que: ¡todos estábamos allí! Este bautismo en el Espíritu Santo es nuestro porque somos miembros de este Cuerpo que fue bautizado. Tenemos que leer nuevamente 1 Corintios 12:13. “En un solo Espíritu fuimos todos bautizados”. ¡Todos nosotros ya fuimos bautizados!
Las Escrituras nos dicen sencillamente que Cristo murió por nuestros pecados. Y con la misma llaneza también nos dicen que ya fuimos bautizados en el Espíritu. Sabemos que las Escrituras, la Palabra de Dios, son llamadas el Antiguo y el Nuevo Testamento. Las Escrituras son los Testamentos de Dios. La palabra testamento verdaderamente quiere decir eso, “la última voluntad”; por lo cual, un testamento es más que un pacto. Un pacto se asemeja a un acuerdo o contrato, en el cual se ofrecen ciertas cosas si se cumplen con ciertas condiciones. Pero en un testamento ya todo ha sido cumplido. La Biblia no solamente es un pacto que nos dice que Dios hará muchas cosas por nosotros, sino que también es un testamento, el cual nos dice que Él ya lo hizo todo. Todo ha sido acabado y logrado, y Él ha puesto todo ello en Su testamento, y nos lo ha legado. Un testamento entra en vigencia únicamente si el testador ha muerto. Cristo, el Dador del testamento, no solamente ha muerto para que este testamento entre en vigencia, sino que, además, como el Cristo resucitado, es el Albacea que hace cumplir tal testamento. Así pues, Él fue el Testador y, ahora, ¡Él es el Albacea! Todo cuanto está en la Biblia ha sido logrado y, ahora, es un testamento.
¿Cómo sabemos que Cristo murió por nuestros pecados? Porque en este Testamento (el Nuevo Testamento) se nos dice, entre otras cosas, que Él ya murió y que todos nuestros pecados fueron puestos sobre Él. No tenemos que orar durante varios días y noches para poder ser salvos. ¡No!, sino que podemos ser salvos inmediatamente, simplemente por medio de tomar posesión de aquello que ya fue logrado por el Señor y que ahora se encuentra enumerado en el Testamento de Dios. ¿Cómo podemos saber a ciencia cierta que fuimos bautizados en el Espíritu Santo? Por el mismo principio, debido a que una de las cosas enumeradas en el Testamento es que “en un solo Espíritu fuimos todos bautizados”. El bautismo en el Espíritu Santo no solamente ya fue logrado, sino que nos fue pasado a nosotros por medio de aquel Testamento. Este bautismo es una de las cosas en el Testamento que nos han sido legadas; todo lo que necesitamos hacer es tomarlo.

MANIFESTACIÓN

Algunos cristianos insisten todo el tiempo en que hablar en lenguas es una manifestación necesaria del bautismo en el Espíritu Santo. Pero en dos de los cinco casos citados en Hechos, el de los samaritanos y el de Saulo de Tarso, no se dice nada sobre hablar en lenguas. Los estudiosos de las Escrituras reconocen que muchas veces lo que Dios no menciona es más significativo que aquello que Él sí menciona. En dos de estos cinco casos no se hace mención de una manifestación específica. Esto es indicio de que hablar en lenguas no es la única manifestación ni tampoco una manifestación necesaria del bautismo en el Espíritu Santo. Incluso en los otros casos relatados, no hay prueba definitiva de que todos los creyentes hayan hablado en lenguas. Hechos 19:6 afirma: “Habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban”. ¿Acaso todos y cada uno de los doce hablaban en lenguas y profetizaban? Es posible pero poco probable. Es más probable que algunos hablaran en lenguas y otros profetizaran. Así pues, incluso en este caso, donde se menciona el hablar en lenguas, ésta no es la única manifestación. El otro pasaje, Hechos 2:4, dice: “Fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diversas lenguas...”. Ni siquiera este versículo demuestra que todos ellos hablaron en lenguas. Por ejemplo, cuando decimos: “Todos vinimos a la reunión y comenzamos a orar”, ¿acaso queremos decir que todos abrieron su boca para orar? ¡No! Pues bien, aquí tenemos la misma clase de composición. Ciertamente todos ellos fueron llenos del Espíritu Santo, pero no es seguro que todos ellos hayan hablado en lenguas. En 1 Corintios 12:29-30 se formulan las siguientes preguntas: "¿Son todos apóstoles? ¿son todos profetas? [...] ¿hablan todos en lenguas?”. Espontáneamente la respuesta a esta pregunta es que algunos sí lo hicieron y otros no. Ciertamente no todos son apóstoles y no todos hablaron en lenguas. Los cristianos que insisten en este asunto interpretan este versículo como referido únicamente al ejercicio de los dones con miras a poder afirmar que, cuando se trata de la manifestación inicial de este bautismo, todos tienen que hablar en lenguas. ¡Pero esto no es lógico! ¿Cómo podría alguien hablar en lenguas como manifestación inicial, pero no hacerlo en el ejercicio de los dones?
Los hechos históricos también son muy significativos con respecto a este asunto. Ciertamente, a lo largo de los siglos, han habido muchas personas poderosas y espiritualmente profundas que jamás hablaron en lenguas. El hermano Watchman Nee jamás habló en lenguas. En cierta ocasión, él me mandó un telegrama diciéndome simplemente: “No todos hablan en lenguas”. Él estudió la Palabra muy detalladamente; jamás conocí a nadie tan versado en las Escrituras. Él descubrió de una manera inequívoca y clara que “no todos hablan en lenguas”. Insistir en que todos tenemos que hablar en lenguas no es conforme a las Escrituras, pero afirmar que hablar en lenguas se ha terminado porque era algo dispensacional también está mal.
En todo el Nuevo Testamento apenas una pequeña proporción es dedicada al tema de hablar en lenguas. Este tema no se menciona en ningún momento en el libro de Romanos, uno de los libros básicos sobre la vida cristiana. Tampoco se menciona este asunto en 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses ni Colosenses. Ni se menciona en 1 y 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Timoteo, Tito, Filemón, Hebreos, 1 y 2 de Pedro, 1, 2 y 3 de Juan, Judas ni Apocalipsis. Entre todas las Epístolas del Nuevo Testamento, este asunto es mencionado únicamente en 1 Corintios. Y si tenemos una actitud justa, reconoceremos que incluso en 1 Corintios el apóstol Pablo toca el tema de hablar en lenguas en el sentido de limitarla, regularla, corregirla y desanimar su uso. Al inicio mismo de aquella epístola, Pablo declara que Cristo es nuestra porción. El Cristo crucificado es el poder y la sabiduría de Dios, y Dios hizo que Él fuese nuestra sabiduría, esto es: nuestra justicia, santificación y redención. Esto quiere decir que Él es nuestro todo. Después, en el capítulo 2, afirma que se propuso no saber otra cosa que a Cristo, y a éste crucificado. Él les dice a los creyentes corintios que si bien todos ellos tenían dones (1:7); su condición espiritual era de bebés espirituales y aún de personas carnales, e incluso, personas que eran carne (3:1-3). En el griego la palabra carnal del versículo 1 significa “carne” y la del versículo 3 significa “carnal”. Cuando Pablo llega al capítulo 13 les muestra “un camino aún más excelente” (12:31), éste es, el camino del amor. Él afirma allí que aun si hablásemos en lenguas angélicas, si no tenemos amor —esto es, si carecemos de vida, pues el amor es la expresión de la vida— somos apenas como bronce que resuena. Damos un sonido, pero carecemos de vida. En el capítulo 14 Pablo nos anima a procurar los dones más beneficiosos para la edificación de la iglesia. Si leemos todo el libro, veremos que el asunto de hablar en lenguas no es abordado como algo positivo, sino más bien es lo contrario. Por supuesto, en las Escrituras se da cabida al don de hablar en lenguas, pero de manera muy limitada.

LA MANERA APROPIADA
DE EXPERIMENTAR EL BAUTISMO
EN EL ESPÍRITU SANTO

Después de haber dado, muy brevemente, una definición apropiada de lo que es el bautismo en el Espíritu Santo; ahora tenemos que considerar cuál es la manera apropiada de experimentar tal bautismo. En primer lugar, tenemos que comprender que el bautismo en el Espíritu Santo es un hecho que ya fue logrado. Es una de las cosas que se menciona en el Testamento y que se nos fue dado a todos nosotros, y del cual, todos tenemos derecho como miembros del Cuerpo. Sin embargo, no debiéramos detenernos aquí, debemos avanzar:
(1) Debemos tener una relación correcta con el Cuerpo de Cristo y permanecer en ella. Debido a que el bautismo en el Espíritu Santo ha sido llevado a cabo sobre el Cuerpo de Cristo y todavía existe sobre él, es imprescindible que nosotros tengamos y mantengamos una relación apropiada con el Cuerpo a fin de ser uno con el Cuerpo. Por supuesto, nosotros mismos tenemos que estar bien con el Señor. Todo pecado y todo lo malo que se interponga entre nosotros y Dios tiene que ser quitado mediante el lavamiento de la sangre de Cristo. No se debe permitir que permanezca nada que se interponga entre nosotros y el Señor. Pero también tenemos que estar bien con el Cuerpo de Cristo. Todo cuanto nos impida, distraiga o separe del Cuerpo deberá ser completamente quitado, y debemos mantener una verdadera unidad y armonía entre nosotros y el Cuerpo con todos sus miembros. Si hubiera alguna separación, si hay alguna cosa que no esté bien entre nosotros y el Cuerpo, si no permanecemos y guardamos la posición que nos corresponde en el Cuerpo, perderemos la posición para reclamar y tomar como nuestro el bautismo en el Espíritu Santo. Puesto que el bautismo fue efectuado sobre el Cuerpo, el Cuerpo es la base que tenemos para reclamarlo y tomarlo. Por tanto, es necesario que estemos verdaderamente identificados con el Cuerpo y mantengamos una relación apropiada con el Cuerpo para tener la experiencia del bautismo en el Espíritu Santo.
(2) Debemos tomar el bautismo en el Espíritu Santo por medio de una fe viva. Si estamos bien con el Cuerpo de Cristo, estamos en posición de hacer nuestro el bautismo del Espíritu Santo. Debemos comprender que éste ya fue efectuado y ahora existe sobre el Cuerpo de Cristo. Como miembros del Cuerpo de Cristo que mantienen una relación apropiada con el Cuerpo, tenemos el derecho a reclamarlo por medio de una fe viva. Y tomamos este bautismo de la misma manera que valoramos la muerte redentora del Señor. Ciertamente no nos apropiamos de ello dependiendo de nuestros sentimientos ni de ninguna clase de presunta manifestación, sino que recibimos la redención del Señor simplemente por medio de creer en ella, y el Señor honró tal acto de fe. Cuando creímos en el hecho terminado de la muerte del Señor por nuestros pecados, el Espíritu Santo honra silenciosamente nuestra fe y tanto el perdón de pecados como la vida divina son impartidos en nosotros y, como consecuencia, disfrutamos de paz y gozo en nuestro interior. Nosotros simplemente creemos en lo que el Señor efectuó en conformidad con lo que nos dice el Testamento. Este mismo Testamento también nos dice que el bautismo en el Espíritu Santo fue efectuado sobre el Cuerpo de Cristo y está a nuestra disposición para que lo tomemos. Nosotros, los que estamos relacionados de forma correcta con el Cuerpo de Cristo, simplemente debemos tomarlo por medio de una fe viva. Si tomamos en serio las cosas del Señor, Él honrará nuestra fe. No hay necesidad de que procuremos ciertas sensaciones, manifestaciones o señales. Jamás deberíamos poner nuestra confianza en tales cosas. Si las buscamos es porque tenemos un corazón malo de incredulidad; estamos intentando poner a prueba al Señor o le estamos tentando. Hebreos 3 nos relata cómo los hijos de Israel pusieron a prueba al Señor en el desierto y le provocaron debido a su incredulidad. Ellos desconocían los caminos del Señor, pero nosotros los conocemos. No es necesario poner a prueba al Señor. Simplemente, tenemos que aceptar Su palabra al mismo tiempo que permanecemos en la posición correcta. Su palabra está aquí, en el Testamento. No son necesarias las pruebas ni las señales. Debemos decirle al enemigo, Satanás, que no tenemos necesidad de señales ni pruebas. Solo una prueba es suficiente: ¡el Testamento! Ésta es una prueba completa y contundente de que el bautismo en el Espíritu Santo ya fue efectuado y se nos fue dado. Puesto que ahora estamos afirmados sobre la base apropiada, permanecemos en el Cuerpo y con el Cuerpo, podemos tomar dicho bautismo.
Puedo testificar que cuando creemos en la palabra del Señor de este modo, Él honrará nuestra fe. Dejemos todas las señales en Sus manos. Simplemente debemos permanecer en el Cuerpo y creer en el Testamento. Entonces, siempre que necesitemos poder, el Señor nos lo concederá. Consideren a los mártires de la historia de la iglesia. Antes de morir como mártires, es probable que ellos no estuvieran preocupados con el asunto del bautismo en el Espíritu Santo, pero ciertamente amaban al Señor. De hecho, ellos estaban dispuestos a sacrificar aun sus propias vidas por causa del testimonio del Señor. Cuando ellos fueron llevados a morir como mártires, en ese preciso momento, se manifestó el poder. Sus rostros parecían ser rostros de ángeles. Hay muchos relatos que nos dicen esto.
Muchas veces predicamos el evangelio con incredulidad. Creemos en sólo una parte y no en todo; por lo cual, no tenemos poder. Creemos en que el Señor murió por nosotros, pero no creemos en que Él nos bautizó en el Espíritu Santo. Por tanto, carecemos del poder para predicar el evangelio. Si permanecemos en el Cuerpo, creemos en todo el Testamento y, mediante una fe viva, hacemos nuestro el hecho realizado del bautismo en el Espíritu Santo sobre el Cuerpo; podremos atar al hombre fuerte y cerrarle la boca. Todos los muros de Jericó se derrumbarán y al predicar el evangelio veremos el verdadero poder.
Permanecer en el Cuerpo, creer en el Testamento y hacer nuestro el hecho realizado por medio de reclamarlo por fe, es la manera apropiada y eficaz de experimentar el bautismo del Espíritu Santo. Quiera el Señor, en Su misericordia y gracia, concedernos ser ricos en estas experiencias.

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