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domingo, 30 de enero de 2011

LA OPERACIÓN SUBJETIVA DE LA CRUZ v/ LA ENERGÍA DEL ALMA



INTRODUCCIÓN:
Presento aquí tres excelentes artículos tomados de la Revista AGUAS VIVAS (http://www.aguasvivas.cl/). Recomiendo también la lectura del libro de Watchmen Nee "La Cruz en la Vida Cristiana Normal" de Ed. Portavoz (http://txemarmesto.blogspot.com.es/2011/10/libros-de-watchmen-nee-nee-too-seng.html);  especialmente los capítulos 6 y 7. Presten especial atención a las palabras ORIGEN (¿quién INICIÓ lo que estamos haciendo, Dios o nosotros? ¿Fue una brillante idea de nuestra mente natural o del Señor?) MOTIVACIÓN-INTENCIÓN (¿por qué hacemos lo que hacemos? ¿qué estamos buscando en el fondo de nuestro corazón, nuestra gloria o autopromoción o la gloria de Dios?), pues son claves para discernir si lo que hablamos o hacemos viene de nosotros o de Dios.


El camino de la cruz

Es de gran utilidad para el creyente conocer la diferencia que hay entre las expresiones la obra de la cruz y el camino de la cruz, y las importantes realidades espirituales que se esconden tras ellas.

La obra de la cruz es referida enteramente al Señor Jesucristo, la cual realizó el día en que su cuerpo fue clavado en la cruz del Calvario. Ese día ocurrieron dos cosas fundamentales: La sangre que Él derramó allí fue plenamente eficaz para el perdón de nuestros pecados; y su muerte sustitutiva dio fin al pecado y a la carne como principios dominantes en el hombre, de acuerdo a las palabras de Pablo: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6).

Esto es lo que se conoce como la obra de la cruz, y está absolutamente consumada. Ningún hombre participó ni colaboró en ella, ni nadie puede agregar nada a lo que el Señor hizo perfectamente.

Pero está también el camino de la cruz.

El camino de la cruz tiene que ver con “llevar la cruz” el creyente. Es decir, es nuestra cooperación diaria en la aplicación de la muerte al hombre natural, a las facultades y energías del alma, para que la vida de Dios que ya mora en nosotros, pueda manifestarse progresivamente.

El camino de la cruz está implicado en las palabras del Señor: “Tome su cruz cada día” (Lucas 9:23), y es un proceso interior, subjetivo y diario. No se trata de “crucificar el alma”, —el alma es el asiento de nuestra existencia individual y como tal no puede morir sin que muramos también biológicamente– sino que se trata de llevar las energías y las dotes del alma a la muerte, para recibirlas luego de parte de Dios en resurrección.

Sólo cuando esto ocurre, el alma estará sujeta al Espíritu y será de eficaz colaboradora en la obra de Dios.

Siendo éste un asunto de primordial importancia para todo cristiano que desea servir a Dios, hemos querido tocarlo, aunque sea brevemente, en los artículos centrales de este número.

Esperamos que Dios nos conceda, en su gracia, conocer algo más de este fructífero –aunque a veces también doloroso– camino, y sobre todo vivirlo, para la gloria de Dios.





La obra de Dios en el creyente consiste en dos cosas: Él desea que vivamos por la vida de su Hijo –el Árbol de la vida desechado por nuestros primeros padres– y que la fuente de nuestra alma sea restringida para que vivamos y andemos por el Espíritu. En este doble propósito tiene una importancia fundamental la cruz.



La cruz y el alma

Para entender el lugar y la importancia que tiene la cruz en el caminar del creyente debemos remontarnos al huerto del Edén.

El problema del huerto

Como sabemos, Adán fue creado un “alma viviente”, con un espíritu dentro de sí para comunicarse con Dios, y con un cuerpo para comunicarse con el mundo material. Adán vino a ser así un ser consciente de Dios, consciente de sí mismo, y de lo que lo rodeaba en el universo visible.

Todo estaba perfecto allí en el Edén. Adán lo era, y la creación también. Sin embargo, Dios no sólo quería tener una raza de hombres procedentes de esta raíz, sino que tenía en mente impartir su vida divina en cada uno de ellos. Hombres así estarían en condiciones de hacer su obra, es decir, derrocar a Satanás, el usurpador, y llevar a cabo su plan eterno.

El árbol de vida en el huerto simbolizaba ese propósito de Dios: tener a los hombres en íntima comunión con Él, unidos por Su misma vida. Pero sabemos que el camino elegido por Adán –en complicidad con Satanás– fue muy distinto: eligió un camino que le inhabilitaría para cumplir el propósito de Dios.

Al tomar del fruto del árbol del conocimiento, Adán y Eva “conocieron ...” (Gén.3:7). Pero ese conocimiento procedía del árbol incorrecto, por tanto, su origen era, de partida, defectuoso. En vez de alimentar su espíritu para una perfecta comunión con Dios y para cumplir con Su propósito, ellos alimentaron su alma, con lo cual ésta vino a desarrollarse excesivamente.

Quedaron afectadas las emociones, porque el fruto fue agradable a sus ojos; la mente con su facultad de razonamiento experimentó un desarrollo, porque se hizo sabio; y su voluntad se fortaleció igualmente para tomar de ahí en adelante decisiones por sí mismo. De ahí en más, el hombre no fue sólo un “alma viviente”, sino que viviría por su alma, la cual ocuparía el lugar del espíritu como impulsor de su vida.

El problema no es que el hombre tenga alma, o que haga uso de su alma –en verdad es imposible que pueda vivir sin ella, porque él es un alma viviente–, sino que el problema es el vivir del alma. Remediar esto no significa eliminar el alma para convertirnos en personas abúlicas e insensibles, sino que es mantenerla en sujeción al espíritu, dentro de los estrechos límites diseñados por Dios para ella. El problema del alma no es que ella exista y obre, sino que es su crecimiento desmesurado y su protagonismo ególatra.

La obra de Dios en el creyente consiste en dos cosas: él desea que vivamos por la vida de su Hijo –el Árbol de la vida desechado por nuestros primeros padres– y que la fuente de nuestra alma sea restringida.

El objetivo de Dios es que mengüemos, y que su Hijo crezca en nosotros.

La energía del alma

La energía del alma está presente en todos los hombres, y disponible para ser utilizada en cualquier momento. Sin embargo, sólo los que no han sido enseñados por Dios están dispuestos a usarla. La energía del alma es como un baúl lleno de cosas muy atractivas para el hombre. Allí están las habilidades, las fortalezas y los talentos en toda su rica variedad; allí están los recursos de la mente, las disposiciones de la voluntad, y toda la gama de sentimientos y emociones imaginables. Todo está a la mano; todo ello puede ser tomado; todo invita a la acción.

Sin embargo, en la obra de Dios ninguna de esas cosas sirven. (A menos que hayan pasado por la cruz).

No sólo lo malo nuestro no le sirve a Dios: tampoco le sirve lo “bueno”. ¿Cómo así? El problema está en la fuente, en el origen. “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:6).

¿Cuál es el deseo de Dios respecto de nosotros y de nuestra energía natural? Es que no hagamos ninguna cosa sin depender de Él; que no tengamos ninguna suficiencia en nosotros. Que cuando nuestra alma nos invite a la acción sin una dependencia total de Cristo, le digamos que no, que de esa manera no queremos hacer nada. Que no podemos hacer nada de utilidad sin Él.

¡Oh, esto no es fácil aceptarlo! ¡Hay algunas cosas duras que usted debe saber!

Si usted es inteligente, y usa su inteligencia para diseñar la obra de Dios, usted está actuando desde su alma, así que no le aprovechará. Si usted es un orador nato, y cree que su oratoria podrá servirle para hacer la obra de Dios, está equivocado, y no le servirá de nada. Si usted es un líder destacado, y usted piensa que podrá usar sus habilidades para reunir a las personas en la obra de Dios, está equivocado.

Todo esto puede hacerlo incluso uno que no conoce a Dios, uno que nunca ha nacido de nuevo, lo cual delata su oscura procedencia. La energía natural tiene un origen terreno, por lo cual no puede servir en la obra de Dios, que es espiritual. Cuando funcionamos con la energía natural no hay fruto espiritual.

Si un orador nato es sometido al rigor de la obra de Dios no sentirá la necesidad de aferrarse a Dios, porque confiará en sus habilidades naturales. En tal caso, su obra será natural y no espiritual, y el origen de ella será su alma.

Todo lo que podemos hacer sin una absoluta dependencia de Dios no es de fiar. Todo lo que podemos hacer sin orar es un “fuego extraño” para Dios.

El toque de la Cruz

Pero ¿acaso no nos ha dado Dios ciertos talentos? ¿No nos ha dotado naturalmente de ciertas habilidades? ¿No son ellos acaso usados por Dios?

Por supuesto, el poseer talentos naturales no son un obstáculo para servir a Dios; al contrario, ellos pueden servir, y de hecho sirven, pero no sin antes experimentar el toque de muerte de la Cruz, para experimentar también el poder de la vida de resurrección de Cristo.

Para quienes poseen muchos dones naturales es difícil aceptar que ellos no le sirven a Dios, a menos que pasen por la Cruz.

Ellos han sido durante toda su vida elogiados, de modo que no es fácil reconocer que algo está mal allí. Ellos piensan que pueden hacer muchas cosas para Dios. Sin embargo, cuando los ojos son alumbrados por el Espíritu, se ve su verdadera naturaleza, y su inutilidad.

El Señor dijo: “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5), pero nosotros estamos muy confiados en que podemos hacer más de alguna cosa sin Él. Nuestro problema es, entonces, cómo detenernos, para no seguir haciendo cosas inútiles para Dios. Estamos dispuestos a ir muy lejos en nuestro afán de hacer cosas para Dios, sin buscar su voluntad y sin renunciar a lo nuestro.

El Señor también dijo: “Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada” (Mateo 15:13), lo cual significa que lo que procede de carne y sangre será desarraigado. Todo lo que se origina en nosotros es carne y la carne jamás se convertirá en espíritu. El origen determina su destino.

La revelación

Cuando comenzamos a caminar más estrechamente con Cristo surgirán muchas dudas acerca de si lo que estamos haciendo procede de Dios o es meramente humano; si nuestro servicio se inició en Dios o en nosotros.

Para saber qué cosas proceden de la energía natural del hombre, y qué cosas proceden del Espíritu de Dios es necesaria la revelación. No sabremos diferenciar una cosa de otra por el ejercicio de nuestra mente o por nuestra introspección.

“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón” – decía el salmista (139:23). Esto es obra de Dios. Luego de examinarnos, Él nos permite arribar también a este conocimiento de nosotros mismos: “En tu luz veremos la luz” (Salmos 36:9).

Cuando tal cosa ocurre, nos sorprendemos mucho, porque vemos más allá de lo superficial que estábamos acostumbrados a ver. Nos damos cuenta que lo nuestro es oscuro, defectuoso y enteramente aborrecible. Probablemente nos sintamos muy abatidos, y no queramos continuar haciendo lo que hacíamos “para Dios”.

Es por la luz de Dios que alcanzamos este conocimiento, no por nosotros mismos. En la luz de Dios vemos lo que verdaderamente hay en nuestros corazones.

La Palabra

La Palabra de Dios cumple en todo esto un papel fundamental. “La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples” (Salmo 119:130). “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:12-13).

Es la Palabra de Dios la que descubre nuestro corazón y deja al desnudo nuestras intenciones –no tan buenas como pensábamos–, aún en lo que respecta a la obra de Dios. Muchas de ellas son mezquinas, vanagloriosas y ególatras, y tal cosa no puede agradar a Dios.

Cuando oímos a Dios –sea por la Palabra sagrada, por un libro o por una exposición oral– somos aclarados en algún punto; la luz se hace, y podemos ver cuán impuros son nuestros móviles (motivaciones), y cuán mezclada es nuestra obra.

Por la luz de Dios somos llevados anticipadamente a ver cuál es la consistencia de lo que hacemos para Dios (¿Madera, heno, hojarasca? ¿Oro, plata, piedras preciosas?), y cuál sería su fin si tuviésemos que dar cuenta ahora de ello.

Cuando la Palabra es recibida con un corazón contrito y humillado, produce este efecto discriminador y purificador. Por un lado discierne lo que es de la carne y lo que es del espíritu; por otro, nos limpia de la mezcla que ella misma revela. En la medida que este proceso se repite una y otra vez, y en la medida que le abrimos paso a la luz de Dios, la luz aumentará, y seremos más y más purificados de lo nuestro.

Una sola condición

Para recibir la bendición de esta obra divina en nuestro corazón se requiere una sola condición: abrirnos a ella. Si tenemos algunas áreas clausuradas, restringidas sólo para nosotros, no podrá Dios alumbrarnos en ellas.

Hay quienes cierran su corazón cuando presienten que se acerca el día de una gran pérdida; o cuando presienten que algo de su corazón va a quedar en falta delante de Dios. Hay quienes se esconden de la luz divina cuando intuyen que tendrán que cambiar el rumbo de su obra. Hay quienes se niegan a la luz para no sentirse desnudos ante ella.

A los tales Dios no los alumbrará. Su pérdida no ocurrirá hoy, pero indefectiblemente ocurrirá mañana, en el tribunal de Cristo.

Hay mucha obra inútil realizándose hoy en el mundo cristiano. Hay mucho que procede de un origen carnal, y que no tiene ningún peso espiritual. El fiel de la balanza del santuario no se mueve siquiera cuando alguna de esas obras son puestas en ella.

Por eso nos conviene hoy acercarnos a Dios y decirle que queremos proceder con sabiduría, que queremos recibir su luz para conocer las cosas como Él las conoce, y discernir espiritualmente la obra que realizamos. Nos conviene acercarnos y decirle que preferimos llevarnos una mala sorpresa hoy –cuando hay tiempo para enmendar– en vez que una mala sorpresa mañana cuando ya no habrá oportunidad. Nos conviene venir y decirle a nuestro Dios que aunque nos duela, queremos dejar de servirle con nuestra energía natural y aprender a servirle en el Espíritu.

¡Oh, si procediésemos así, veríamos que algunas cosas comienzan a suceder! Algunas de ellas no nos serían gratas. Tal vez algunos terremotos comiencen a sentirse, y mucho de lo que hemos levantado con la fuerza de nuestro brazo caiga, pero la ganancia que habrá al final de este camino será muchísimo mayor que todo lo que habremos perdido.

¡Que el Señor nos ayude para aceptarlo y seguir este camino, el único de la fructificación espiritual!

***


¿Cómo un hombre puede llegar a hablar las palabras de Dios? ¿Será por su conocimiento de la teología, por sus dotes intelectuales, por su elocuencia, o bien por la aplicación de la cruz? Pablo nos da una certera enseñanza al respecto, y nos dice que es por el Espíritu y por el poder de Dios, cuando el alma está debidamente restringida por la cruz.

La sabiduría humana v/s el poder de Dios

El apóstol Pablo nos entrega una extraordinaria descripción del alto ministerio al que Dios ha llamado a todos aquellos que ministran su palabra. Al respecto, en 1Co. 2:13 nos dice que debemos hablar “no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con la que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual”. Este es un asunto muy importante; una lección que todos necesitamos aprender si lo que buscamos es ser ministros útiles en la edificación de la casa de Dios.

Nuestras palabras no pueden ser de cualquier clase, ni tener su origen en nuestras propias ideas o conceptos, sino en el Espíritu de Dios. No obstante, para que esto sea posible, se requiere en nosotros la obra trans-formadora de la cruz. A continuación intentaremos profundizar un poco más en este asunto.

El poder de Dios

Muchos hombres están, por naturaleza, llenos de recursos y habilidades. Nos impresionamos fácilmente con esta clase de hombres, creyendo que sus grandes capacidades intelectuales y expresivas los convierten en las personas más adecuadas para desempeñar el ministerio de la palabra en la iglesia. Pero esta concepción tiene su origen en un profundo desconocimiento de la naturaleza humana y de los caminos de Dios en sus tratos con ella. El apóstol Pablo nos habla de esto en los primeros capítulos de su primera carta a los corintios.

La ciudad de Corinto estaba situada en el corazón de la antigua Grecia, cuna de la filosofía y el pensamiento occidentales. Debido a su cultura griega, los corintios tenían en alta estima las habilidades intelectuales y oratorias. Pablo resume dicha actitud con la expresión: “los griegos buscan sabiduría” (1Co. 1:22); y a continuación les muestra el notable contraste que existe entre la sabiduría humana y la sabiduría que viene de Dios. La piedra de toque que las separa con un abismo infranqueable, les explica, es la cruz de Cristo.

Las palabras enseñadas por la sabiduría humana son débiles, vacías y carentes de poder alguno. Las palabras que enseña el Espíritu están llenas de vida y poder. Edifican, liberan, transforman y convencen más allá de los argumentos y la elocuencia expresiva. Son palabras que nacen de la cruz. No están, por lo mismo, hechas de profundos pensamientos, brillantes ideas y vastas concepciones humanas. Por el contrario, han surgido en medio de la debilidad, la incompetencia, y el temblor del hombre que las comunica. Aún más, es precisamente la incompetencia de dicho instrumento lo que permite la manifestación del poder de Dios. Esta es la paradoja que encierra el ministerio de la Palabra.

Arribamos así a un importante principio: antes de confiar sus palabras a un hombre, Dios lo prepara por medio de la obra quebrantadora de la Cruz. Pues un hombre que no ha experimentado dicha obra no está capacitado para recibir las palabras de Dios.

La operación de la cruz

Hemos dicho que un hombre necesita experimentar primero la obra de la cruz antes de ser aprobado para que se le confíen las palabras de Dios. Mas, ¿por qué es necesaria dicha obra? Para responder a esta pregunta necesitamos considerar más a fondo la naturaleza humana y la clase de obra que Dios desea hacer en ella.

En todos los hijos de Dios, renacidos del Espíritu, se encuentran operando, simultáneamente, dos clases de vida: la humana y la divina. La vida humana tiene su origen en el alma, mientras que la vida divina tiene su asiento en el espíritu. El alma es, entre otras cosas, el asiento de la mente, la voluntad y las emociones. Por otra parte, el espíritu es una cámara profunda y secreta, más íntima que el alma, creada para ser la morada de Dios en el hombre. El espíritu, a diferencia del alma, no tiene vida y operación propias aparte de la operación de la vida divina en él.

Debido a la caída, el espíritu humano murió y la raza humana perdió su capacidad para tener comunión con Dios, conocerle y vivir bajo el gobierno de su vida. A continuación, el alma creció y se expandió hasta convertirse el poder que sustenta toda la existencia humana. Así el hombre comenzó a vivir por medio de su alma.

Del alma caída y su esfuerzo proceden toda la sabiduría, el conocimiento, las obras y la cultura que los hombres han producido en el devenir de los siglos. Sin embargo, Dios se encuentra completamente ausente de toda esa actividad sin destino, pues nada de lo que el alma produzca a partir de su propia habilidad o energía tiene valor espiritual. Todo su esfuerzo lleva la marca de la futilidad y la muerte. El alma es incapaz de producir por sí misma un solo gramo de vida espiritual.

Por ello, se hace necesaria la cruz. Pues, en sus tratos con el hombre, la meta de Dios no es destruir el alma sino salvarla y convertirla en un instrumento útil en sus manos. Mas, para ello necesita quebrantarla y debilitarla de manera radical. Y llamamos a esta obra por la que Dios quebranta y debilita nuestra alma para convertirla en un siervo humilde y sumiso del espíritu, la operación subjetiva de la cruz.

Progresivamente, por medio de dolorosas y difíciles circunstancias, él va debilitando nuestra autoconfianza, seguridad, capacidad y actividad natural. Sin cesar, hasta que la espina dorsal de nuestra vida anímica se quiebra de manera definitiva. Antes de que esto ocurra, estamos llenos de opiniones, iniciativas, y sabemos qué decir en cada situación y a cada uno. Nos atrevemos a opinar libremente sobre casi cualquier asunto de la vida de la iglesia y la obra de Dios, confiados en nuestros estudios, lecturas y profundos razonamientos teológicos. Citamos con toda facilidad capítulos y versículos para apoyar nuestros puntos de vista, y somos muy coherentes y lógicos a la hora de exponer o predicar lo que llamamos “la palabra de Dios”. Somos fuertes, convincentes, enfáticos y decididos en lo que creemos y predicamos.

Sin embargo, toda esta actividad tan segura y confiada en sí misma, se encuentra muy lejos de la clase de ministerio que Dios aprueba. Que no se nos malentienda. No estamos abogando aquí en contra del estudio de la Biblia, el pensamiento teológico ni la preparación. Más bien, estamos enfatizando que nuestra confianza y ministerio no pueden estar basados sobre este tipo de cosas, ni sobre ninguna otra clase de capacidad o fortaleza meramente natural.

Tristemente, debido a nuestro fatal desconocimiento de la cruz, mucha de nuestra obra y servicio carecen de verdadera profundidad espiritual. Y, aunque exteriormente tenemos resultados concretos y visibles, nuestro corazón se siente frustrado e insatisfecho con lo que hacemos. Leonard Ravenhill dijo poco antes de morir: “La gente dice que la iglesia esta creciendo y extendiéndose. Sí, ahora tiene diez millas de ancho, y aproximadamente un cuarto de pulgada de profundidad”. 1

Quienes conocen la obra de la cruz, han aprendido a no confiar en sus palabras, conocimientos y elocuencia para predicar y exponer sobre doctrinas y verdades bíblicas. Por el contrario, han descubierto, a través de sucesivas experiencias de fracaso y quebrantamiento, cuán inútiles pueden resultar las palabras y la sabiduría meramente humanas en la obra de Dios. Al igual que Pablo, se paran delante de los hombres para hablar con mucha debilidad, temor y temblor. Temor de hablar y exponer algo que no proceda del Espíritu de Dios. Y aún mientras hablan tiemblan ante la idea de que su propia carne se introduzca en lo que están diciendo.

La senda de la Cruz

Todos lo hijos de Dios necesitan experimentar la obra subjetiva de la Cruz. Tras su operación, el alma, debilitada, entumecida e impotente, es constreñida a apoyarse en el espíritu y depender exclusivamente de él para su actividad. Entonces, y sólo entonces, recibe la facultad de aprender las palabras que enseña el Espíritu allí en la secreta cámara desde donde se nos comunica la vida divina.

Ahora bien, la obra subjetiva de la cruz, nos introduce en una senda nueva y distinta a toda nuestra experiencia anterior. Una senda estrecha, de limitación y muerte para la carne. De esta manera llegamos a conocer el verdadero poder de Dios. Aprendemos, como Pablo, que, para la manifestación de la vida divina en nuestro cuerpo mortal, necesitamos vivir siempre entregados a muerte, vale decir, a la operación diaria de la cruz sobre nuestra vida natural. “Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal”.

Esta es la senda que produce verdadero fruto espiritual para Dios. En tanto la cruz mantenga su marca y presión sobre nuestra vida natural, la vida divina podrá fluir desde el espíritu, pasar a través del alma y tocar a otros con el poder de Dios. Por esta causa, nos dice el apóstol, nos entregamos voluntariamente a morir cada día por causa de Jesús. Pero entonces, al acumularse sobre nosotros aflicción sobre aflicción y debilidad tras debilidad, de una manera maravillosa e inexplicable encontramos que, mientras hablamos, otros son tocados por el poder de una vida que está más allá de toda nuestra capacidad y habilidad para “hacer la obra de Dios”. La diferencia es, por cierto, incalculable.

“El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado –dijo el Señor– son espíritu y son vida”. Es decir, se trata de palabras que no tenían origen en la actividad especulativa de una mente preclara, una aguda inteligencia o un amplio conocimiento de la Biblia y sus doctrinas. Brotaban, por el contrario, de una vida interior de perfecta comunión y dependencia del Padre Celestial. “Y conoceréis –nos dijo también– que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo”.

Que el Señor, en su gracia inagotable, nos conduzca a conocer y experimentar la operación interior de la cruz sobre nuestra energía natural, y nos convierta así en verdaderos ministros de su palabra.

“Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1Co.2:4-5).

(Rodrigo Abarca)





1 comentario:

  1. maravilloso el comentario de el hn Rodrigo muy en la linea de Wnee,me alegra q publiques cosas del ministerio aguas vivas,tanto Rodrigo como Eliseo tienen unos mensajes q tocan en lo profundo

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