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domingo, 5 de agosto de 2012

LA VERGÜENZA DE TENER QUE INTERCEDER TRAS UN FRACASO Y LA GRACIA DEL RESULTADO

A menudo, después de haberle fallado al Señor, somos incapaces de orar durante varios días, aunque nadie esté enterado de nuestro fracaso...

ESTUDIO-VIDA DE GENESIS

MENSAJE CINCUENTA Y CINCO

VIVIR EN COMUNION CON DIOS:
LA DEBILIDAD ESCONDIDA
Y LA INTERCESION VERGONZOSA


...

(4) Preservado por el cuidado providencial de Dios

En la tipología bíblica, Abraham representa la fe, y Sara la gracia. En otras palabras, para Dios, el hombre siempre representa la fe, y la esposa siempre representa la gracia divina. Abraham fue el padre de la fe, y su vida fue una vida de fe. Sara tipifica la gracia de Dios; por eso, el hecho de que Isaac naciera de ella significa que nació de la gracia. Por el contrario, Ismael nació de Agar, la ley, el cautiverio. En tipología, cuando la fe falta, la gracia es menoscabada. Esto significa que nuestra falta de fe va en detrimento de la gracia del Señor. En cada fracaso de Abraham, Sara sufría, y cuando Sara sufría, la gracia era perjudicada.
Además, la gracia y el testimonio van juntos. Cuando tenemos la gracia, tenemos el testimonio. Cuando Abraham mentía, no tenía el disfrute de la gracia. Por consiguiente, él perdió su testimonio. Cuando la fe desfallece, la gracia sufre y se pierde el testimonio de la gracia.
Dios vino para rescatar a Sara y restaurarla. En tipología, esto significa que Dios vino para cuidar de Su gracia y Su testimonio. Dios sabe proteger soberanamente Su gracia y preservar Su testimonio. No sabemos cuántas veces corrimos peligro de perjudicar la gracia y de perder el testimonio por perder la posición apropiada. No obstante, en cierto momento, Dios vino para poner remedio a las circunstancias a fin de preservar el testimonio de Su gracia. Si eso le hubiera quedado claro a Abraham, no habría mentido; habría creído que Dios cuidaría Su gracia y Su testimonio.
La fe de Abraham desfalleció, pero Dios siguió preservándolo con Su cuidado providencial (vs. 3-7, 14-16). Dios no se le apareció a Abraham, porque la experiencia de éste llegó a ser anormal. En los capítulos dieciocho y diecinueve, Dios se le apareció a Abraham pero no a Lot. Aquí en el capítulo veinte, no se le aparece a Abraham, sino a Abimelec, en un sueño (v. 3). En cierto sentido, la posición de Abraham en el capítulo veinte era prácticamente la misma que la de Lot en el capítulo diecinueve. Por consiguiente, Dios se le apareció a Abimelec, un rey gentil, y le dijo que Su profeta le había mentido. Abimelec quedó sorprendido al oír que uno de los profetas de Dios le había mentido y había expuesto a su esposa al sacrificio. En este capítulo vemos la sabiduría de Dios, Su providencia, rectitud y cuidado. Dios dejó a Abraham, el que había mentido y dijo a Abimelec, el que había sido engañado: “He aquí, muerto eres, a causa de la mujer que has tomado, la cual es casada con marido” (v. 3). Abimelec quedó atónito. Entonces Dios le dijo que debía devolver la mujer a Abraham y que Abraham oraría por él (v. 7). Dios no le inspiró a Abraham la necesidad de orar por Abimelec, sino que le indicó a Abimelec que Abraham era un profeta y que tenía la posición de orar por él, es decir, el rey, y por su familia. Al hacer eso, Dios no reprendió a Abraham.
Aunque Abraham estaba fuera de la presencia de Dios, Dios siguió preservando Su testimonio y le dio a Abraham muchas riquezas (vs. 14-16). Cuando Abraham derrotó a Quedorlaomer y a los otros reyes, y rescató a Lot, se negó a aceptar los obsequios del rey de Sodoma porque tenía al Dios Altísimo (14:21-24). No obstante, cuando Abimelec le dio a Abraham ovejas, bueyes, siervos y plata, éste no se atrevió a decirle: “No necesito tu ayuda. Tengo al Dios Altísimo”. El no estaba en la debida posición para decir esto, y tuvo que callarse. No creo que Abraham le haya agradecido a Abimelec por sus obsequios ni que se haya mostrado alegre de recibirlos. Cuando él recibió todos estos obsequios de Abimelec en frente de Sara, debe de haber sentido vergüenza. Dios le devolvió a Sara sabia y providencialmente, cuidando Su gracia y Su testimonio, y al mismo tiempo disciplinó a Abraham.

b) Una intercesión vergonzosa

Después de recibir los obsequios de Abimelec, Abraham oró por él (vs. 17-18). Abimelec necesitaba la intercesión de Abraham porque el Señor había cerrado todas las matrices de la casa de Abimelec. ¿Cree usted que habría podido orar en esta situación vergonzosa? Tal vez Abimelec le haya dicho a Abraham: “¿Por qué tú, un profeta de Dios, me mientes? ¡Mira lo que ha sucedido! Ahora que todo está solucionado y que te he devuelto tu esposa, quiero que ores por mí”. A menudo, después de haberle fallado al Señor, somos incapaces de orar durante varios días, aunque nadie esté enterado de nuestro fracaso. ¡A Abraham le fue mucho más difícil orar en la presencia de Abimelec! Aun así, Abraham oró, y “Dios sanó a Abimelec y a su mujer, y a sus siervas, y tuvieron hijos” (v. 17).
Al interceder por Abimelec, Abraham tenía que vencer dos cosas: el recuerdo de su fracaso delante de Abimelec y la consideración de la esterilidad de su esposa. El tenía que olvidar su fracaso delante de Abimelec y no tener en cuenta la esterilidad de Sara. Si yo hubiera sido Abraham, habría dicho: “Lo siento, Abimelec, pero le he fallado al Señor y ahora no tengo fe para orar por ti”. Todos debemos aprender que la intercesión por los demás no depende de nuestro éxito, sino de la necesidad. Cuando Dios ha designado una necesidad, debemos interceder por ella. Quizás Abraham le haya dicho al Señor: “Fracasé. Le mentí a Abimelec y él me ha reprendido. ¿Cómo podría interceder por él?”. Cuando intercedemos por los demás, debemos olvidarnos de nosotros mismos, de nuestro entorno, y de nuestras circunstancias e interceder como si no hubiera nadie más que nosotros y Dios en la tierra. A pesar de nuestros fracasos, debemos ejercitar nuestro espíritu y orar con denuedo. Dios se vio forzado a dejar a Abraham e ir a Abimelec, aunque Abraham era superior a Abimelec. Pese a que había fallado, Abimelec era muy inferior a él. La Biblia dice que el mayor siempre bendice al menor (He. 7:7). Por ser superior a Abimelec, Abraham podía interceder por él.
Además, no debemos imaginarnos que no podemos orar por los demás porque Dios no ha contestado las oraciones que hicimos por nuestras necesidades. Si yo fuese Abraham, podría haber dicho: “Abimelec, pides que ore por ti. He orado por mi esposa durante años sin recibir respuesta. Así que, no estoy seguro si Dios contestará mi oración por ti y no tengo el valor de orar”. Debemos olvidarnos de las oraciones que no fueron contestadas y orar por los demás. Si no queremos orar por los demás, Dios probablemente no contestará las oraciones que le dirigimos para satisfacer nuestras necesidades. No diga que no puede orar por los demás porque el Señor no le ha dado lo que usted necesitaba. Cuando Abraham se olvidó de su necesidad e intercedió por Abimelec y su casa, no sólo éstos recibieron lo que él había pedido sino que aun sus propias necesidades fueron satisfechas. Si usted se olvida de sus necesidades y ora por las de los demás, Dios no sólo contestará su petición por ellos sino también la oración en cuanto a sus propias necesidades. El se ocupará de las necesidades de usted.
La intercesión de Abraham por Abimelec fue vergonzosa. En esa situación vergonzosa a cualquiera le resultaría difícil interceder. La Biblia no nos relata la intercesión completa de Abraham por Abimelec como lo hizo en el caso de Lot. Tal vez Abraham no fue valiente ni fuerte en espíritu. No obstante, intercedió por Abimelec, y su oración fue contestada. Con eso vemos que aun si no tenemos denuedo en nuestro espíritu, nuestra intercesión será contestada cuando intercedemos por los demás conforme a la designación de Dios. Puedo dar testimonio de ello por experiencia. A menudo he enfrentado dificultades y he orado al respecto sin recibir ninguna respuesta. De repente, algunos se me presentaban con la misma dificultad, y me pedían que orase por ellos. Después de orar, Dios no sólo contestó mi oración por las necesidades de ellos, sino también mi oración por mi situación personal.
Todos debemos aprender a orar sin prestar atención a nuestra victoria. Es fácil orar después de obtener una victoria, pero no después de un fracaso. No aliento a nadie a fracasar, pero sí afirmo que nuestros fracasos no deben turbarnos. Para Dios nuestros fracasos no cuentan; sólo cuenta lo que somos. En la presencia de Dios, somos el nuevo hombre. Eso es lo que somos, y debemos orar conforme a eso. Por estar todavía en esta vieja creación, podemos caer y fracasar. Sin embargo, podemos olvidar este fracaso en la vieja creación y permanecer en nuestra posición en la nueva creación. Cuando Abraham se mantenía en su posición de profeta de Dios, él podía orar por Abimelec.
Génesis 20 es un capítulo que valoro mucho, y debemos dedicar tiempo para examinar todos sus puntos principales: la debilidad escondida del que busca a Dios; la manera en que fue reprendido por Abimelec y desechado momentáneamente por Dios; su intercesión por Abimelec y la familia de éste; y la manera en que Dios contestó su oración. Si usted se detiene en este capítulo unas horas, su espíritu se nutrirá ricamente. Al considerar este capítulo ahora, lo encuentro más útil que el capítulo dieciocho. El capítulo dieciocho es agradable, pero el capítulo veinte es precioso, pues nos enseña valiosas lecciones.
Ese capítulo nos muestra que la intercesión por los demás no depende de nuestra condición, sino de nuestra posición. Depende de lo que somos. Somos el profeta de Dios, la nueva creación, miembros del Cuerpo de Cristo. El hecho de estar en la vida de iglesia como miembro del Cuerpo de Cristo nos faculta para interceder por los demás. Olvídese de su entorno y de sus fracasos. Si usted sigue dominado por sus sentimientos, su boca se cerrará, Satanás lo vencerá, y usted quedará amortecido por algunos días. Esto es muy grave. Debemos olvidar nuestros fracasos y nuestras necesidades y tomar la debida posición para interceder por los demás conforme a la designación de Dios y creer en El por el bien de los demás.
También debemos conocernos a nosotros mismos. No se imagine que si logra cosas tan elevadas como las que se mencionan en Génesis 18 y 19, no tendrá ningún problema. No podemos permitirnos tomar vacaciones en nuestra comunión con Dios. No confíe en su viejo yo. Aun cuando su viejo yo haya sido disciplinado por Dios, de todos modos no puede confiar en él, por muy circuncidado que haya sido. Tal vez no estemos conscientes de ello, pero es posible que dentro de nosotros tengamos cierta reserva al seguir al Señor. Un día esta reserva, que es la reserva de nuestras debilidades naturales, quedará expuesta. No se sorprenda cuando eso suceda. Esté preparado para tomar la gracia, olvídese de sus fracasos y necesidades, e interceda por los demás. Manténgase en su posición como miembro del Cuerpo de Cristo, como parte del nuevo hombre, y como santo en el recobro del Señor, y ore, aunque lo haga con cierta vergüenza. Tal vez su intercesión sea vergonzosa y carezca de gloria, pero Dios la contestará de todos modos. Junto con Su respuesta a la intercesión vergonzosa que hace usted, El también contestará las oraciones a las que usted no recibió respuesta antes. ¡Cuán maravilloso es eso!
Cuando Abraham, el profeta de Dios, mintió a los demás, éstos se amortecieron. Y cuando se olvidó de su fracaso e intercedió por ellos, recibieron vida, y él mismo volvió a ser avivado. Del mismo modo, si nosotros olvidamos nuestros fracasos e intercedemos por las necesidades de las personas delante de las cuales hemos fracasado, no sólo les ministraremos vida a ellas sino también a nosotros mismos. Ojalá que todos aprendamos las lecciones contenidas en este capítulo.

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