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Arrastrándose y pegado a la tierra |
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Crisálida (Sepulcro y Puerta a Novedad de Vida) |
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Capaz de volar (Vida en el espíritu) |
UNGIDO
PARA LA SEPULTURA
(DE
ORUGA-GUSANO A MARIPOSA)
La
mayoría de las orugas
son
gusanos de aspecto más bien feo y repulsivo, que se
arrastran. Sin embargo, les llega el tiempo de construir un capullo y
encerrarse en él para transformarse en bellas mariposas. Este capullo será su lecho
mortuorio,
su tumba
y, a la vez, puerta de resurrección a un nivel
de vida superior en otra dimensión o esfera más elevada; cual bellas mariposas, ya no se arrastrarán más por los suelos y las ramas, sino que, usando sus lindas alas, podrán volar.
La trasformación de una oruga en mariposa es una de las más vívidas metáforas, que el Creador nos ha dejado en la naturaleza, del paso de la vida en la carne de una persona justificada por la fe (salva: engendrada por el Espíritu, pero aún no convertida o nacida de nuevo), a la vida en el espíritu.
Cuando
leemos la Carta a los Romanos de Pablo, vemos que en el capítulo 6
todo parece estar bien: "consideraos
muertos al pecado, el pecado no se enseñoreará de vosotros,
liberados del pecado..."; pero
en el capítulo 7 la situación desciende hasta la profunda sima del "¡miserable
de mí!, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?"; para después remontar hasta un pináculo de la victoria gloriosa del
"¡más
que vencedores!", en el
capítulo 8.
Esta
vida
de Vencedor viene
por deshacernos del hediondo cadáver (nuestro propio cuerpo de muerte o mortal) al que miserablemente caminamos
atados (el viejo hombre, la vieja creación, el contacto contaminante
con el propio cuerpo muerto), arrojándolo en una tumba
de revelación, que nos despertará a
la realidad de que, no sólo fuimos crucificados
con Él,
sino también sepultados
con Él.
Tumba a la que sólo accedemos tras "firmar" voluntaria y
conscientemente la preceptiva
acta de nuestra defunción que autoriza
nuestra sepultura.
Sólo
así, estándonos quietos
y
reposando
de TODAS NUESTRAS obras
en dicho lecho mortuorio, como
Dios de las Suyas (Heb. 4: 4b; 10), dejaremos de tratar con los
síntomas de
nuestro andar como zombis,
cosa que no consigue atajar la
causa de
la hediondez y pudrición de los cadáveres andantes que somos en ese
estado. Sólo así, cesando de obrar por un breve
lapso de tiempo (Dios
nos revelará el
día "D" y la hora "H" en
que hemos de descender al "sepulcro", para con ello
reconocer
que los
muertos no pueden obrar NADA) recibiremos, por
experiencia, la
vida
de resurrección:
¡Cristo
en nosotros,
la
esperanza de gloria!, o Cristo formado en nosotros (Col. 1: 27; Gál. 4: 19).
Decía
Watchman Nee en sus escritos sobre Efesios, que la auténtica vida
cristiana comienza no con obrar, sino con un glorioso sentarse,
para luego andar
y
al final poder estar
firmes.
Esta
es la
secuencia progresiva en dicha carta paulina: sentaos (2: 6), andad
(4: 1, 17; 5: 1, 8, 15), estad
firmes (6: 11, 13, 14).
No
se trata de pasividad, sino de algo similar a estar sentados sobre una
"silla de ruedas" (el Espíritu Santo), en la que nos
desplazamos, pero estando sentados mientras la silla carga con nuestro peso, sin
apenas esfuerzo de nuestra parte.
Sin embargo, hasta
que nos damos cuenta (volviendo
en sí,
Luc.
15: 17; ahora
mis ojos te ven,
Job.
42: 5),
tratamos de caminar sin
haber "visto" nuestra
posición de unión con el Cristo que está sentado
en
los lugares celestiales (1: 20), descansando
hasta
que el Padre ponga a todos sus enemigos por estrado de sus pies; y,
peor aún, haciendo
"guerra espiritual" al más puro estilo de los hijos
de Esceva,
sin haber sido despojados del viejo hombre ni renovados en el
espíritu de nuestra mente ni revestidos del nuevo hombre (4: 22-24),
por experiencia
personal.
¿Nos
han de extrañar entonces tantas derrotas a manos de los principados,
potestades y gobernadores de las tinieblas?
Una
lectura atenta de Efesios 2: 5-6 nos apercibirá de que si en el
versículo 5 se nos dice que se
nos dio vida
¿cómo
entonces en el 6 puede decirse que nos
resucitó y
nos hizo sentar?, pues se
resucita a los muertos, no a los vivos;
por eso entre el versículo 5 y el 6 obviamente ha de venir el "sepultados
con Él"
de
Col. 2: 12, donde también se dice que fuimos resucitados con Él.
Cristo ya tenía una vida nueva, sin pecado, entonces, ¿por qué tuvo que morir? Lo hizo para poder incorporar su humanidad a la deidad: sus experiencias humanas de vida, sufrimiento, muerte y sepultura; y así, después, poder suministrarse o dispensarse, derramándose como el Espíritu Vivificante todo inclusivo tras su resurrección. Sólo, pues, después de haber sido sepultados con Él, después de haber sido "sueltos los dolores de la muerte" (Hch. 2: 24), después de deshacernos de nuestro propio cadáver, de nuestro cuerpo de muerte, al que caminábamos atados; sólo tras "ver" que YA fuimos muertos y también sepultados con Jesucristo ("¡Gracias doy a Dios por Jesucristo nuestro Señor!", Rom. 7: 25); solamente entonces, podremos sentarnos y estarnos quietos en esa bendita "Silla espiritual" de solaz y descanso.
Somos llamados a compartir las mismas experiencias por las que atravesó nuestro hermano mayor Jesucristo. Jesús, tras resucitar, seguía siendo el mismo, pero tenía algo "diferente". Su aspecto y su porte, eran diferentes; tanto que a primera vista no fue reconocido ni por las personas de su círculo más íntimo: María Magdalena en el sepulcro, los discípulos de Emaús, el episodio cuando los apóstoles regresan de pescar y Jesús los espera en la playa con un pescado en las brasas…
Algo parecido les ocurre, en algún grado, a quienes experimentan la
resurrección aquí y ahora, sin esperar a morir físicamente primero.
Esta experiencia de resurrección es una crisis espiritual
interna, que transciende hasta incluso cambiar un poco nuestro
aspecto externo; de tal modo, que algunos que nos conocían "sabrán"
que algo en nosotros es diferente; aunque no sabrán precisar bien que se
trata del aroma de la resurrección.
Desde ahí en adelante
andaremos circuncidados, renqueantes como Jacob tras su punto
de inflexión en Peniel.
¡Sí, ser derrotados por Dios es
vencer! De ahora en adelante andaremos en novedad de
vida: quietos, sumisos, mansos y humildes..., gobernados
por el Espíritu-espíritu.
Esta experiencia está claramente tipificada en la Escritura. Por ejemplo, en el Antiguo Testamento la vemos muy claro en el cruce del Jordán, donde las aguas de arriba (nuevo hombre celestial) y las de abajo (viejo hombre terrenal) fueron cortadas o separadas. Las viejas aguas fueron sepultadas en el salado Mar Muerto, que está más bajo que el nivel del mar y de donde sólo pueden salir hacia arriba vía evaporación (resurrección, espíritu ascendido).
En
el Nuevo Testamento tenemos dos pasajes clave que nos hablan de ella:
la rotura
del velo del
templo al morir Jesús (Mat. 27: 51) y la rotura
del vaso de alabastro por
María de Betania cuando ungió a Jesús para su sepultura. Esa acción liberó el perfume de nardo puro y así toda la casa pudo
llenarse con la fragancia (Mar. 14: 3). El perfume dejó de estar encerrado o contenido sólo en el espíritu, para extenderse también al alma, pudiendo alcanzar incluso al cuerpo mediante algún tipo de sanidad.
Tanto
el velo como el vaso de alabastro representan nuestra alma.
Ésta
ha de ser quebrada para que el espíritu,
hasta ahora confinado dentro ella, encuentre lugar por donde fluir.
Watchman
Nee en
su libro La
Liberación del Espíritu explica
con detalle todo este asunto del quebrantamiento del hombre exterior,
para que el espíritu pueda ser liberado
(http://txemarmesto.blogspot.com.es/2011/10/libros-de-watchmen-nee-nee-too-seng.html).
Que
el precioso Espíritu Santo nos ilumine el entendimiento para que
"veamos"
nuestra
muerte,
sepultura y resurrección con Cristo,
todas tres. Es decir, no sólo nuestra salvación
del espíritu en
el engendramiento (Pascua
en
Egipto), nuestra gestación a través del Bautismo en el Espíritu Santo y Fuego (Pentecostés en el desierto del Sinaí, en el que la Ley es escrita en nuestros corazones) y nuestra muerte-sepultura al yo en el fondo del Jordán y nuestra resurrección naciendo en
novedad de vida o salvación
del alma en la acampada de Gilgal, la Tierra Prometida, donde Cristo es formado o dado a luz en nosotros).
¡SEÑOR,
DANOS LA REVELACIÓN QUE NOS PERMITA CONTARNOS POR MUERTOS!
¡MANDA NUESTRO JOSÉ DE ARIMATEA PARA UNGIRNOS PARA LA SEPULTURA Y
LUEGO RESUCÍTANOS A LA VIDA DE TRIUNFO Y REPOSO! NO NOS
CONFORMAMOS CON LA VIDA SOLAMENTE. ESA CIERTAMENTE YA NOS LA DISTE, PERO TAMBIÉN QUEREMOS, LA VIDA ABUNDANTE:
Juan
10: 10
El
ladrón no viene, sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido
para que tengan vida,
y para que la tengan [vida] en abundancia.
José
Vídeos
sobre la experiencia:
Recomendamos
un pequeño libro del Dr. Stephen E. Jones, que
relata su vivencia personal de esta experiencia y
unos artículos relacionados:
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