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sábado, 15 de septiembre de 2012

UN HOMBRE-PAPÁ RENDIDO Y CONSAGRADO ABSOLUTAMENTE A DIOS ("En Busca de Papá", Charles Elliott Newbold, Jr.)



En Busca de Papá – Charles Elliott Newbold, Jr.

Capítulo 17 – Un Hombre consagrado

En el ámbito de lo natural derrotamos a nuestros enemigos cuando se nos rinden. En el ámbito
del espíritu, derrotamos a nuestros enemigos cuando nosotros nos consagramos al señorío de
Jesucristo. Él va delante de nosotros para expulsar a nuestros enemigos. El lucha nuestras
batallas por nosotros.

Rendirse al señorío de Jesucristo es entregarnos nosotros mismos como barro húmedo en las
manos del Maestro Alfarero para que nos moldee hasta ser el hombre que Él quiere que
seamos. Su rueda de alfarero gira y Su horno está encendido en Su disposición de hacer su
obra en nosotros. No obstante, Él jamás violará nuestras voluntades. Él espera hasta que
realmente queramos que Él sea el Señor de nuestras vidas.

Queremos que Dios nos moldee para ser los mejores maridos y papás posibles. Podemos
hacer cosas por nosotros mismos para producir un cambio (???), pero la mayoría de los cambios
toman forma en las palmas de las manos del Alfarero. El barro no tiene poder para moldearse a
sí mismo. Entregamos nuestras vidas al cuidado de Dios que es quien tiene el poder para
cambiarnos. Podemos cambiar lo que hacemos pero solo Dios puede cambiar lo que somos.
La Biblia nos enseña que somos espíritu, alma y cuerpo. Pablo escribe en 1ª Tes. 5:23: “Y el
mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea
guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.” El papá consagra todo lo
que Él es: espíritu, alma y cuerpo—a todo lo que Cristo es. Esto incluye cada aspecto de cada
área de la vida sobre la que el papá es responsable.

Rindiendo nuestros espíritus

Prestamos poca atención al hecho de que somos espíritu, alma y cuerpo. Vivimos nuestras
vidas sintiéndonos bien o mal, estando bien o estando enfermos, riendo o llorando, teniendo
hambre o comiendo, corriendo por los laberintos de nuestras vidas, siendo quienes somos para
bien o para mal. Pensamos sobre cosas. Aprendemos cosas. Olvidamos cosas. Sentimos cosas.
Nos enfadamos, nos entristecemos, nos alegramos o nos asustamos. Sentimos cosas
emocionalmente y sentimos cosas corporalmente. Pero puede que nunca pensemos sobre
nosotros mismos que somos seres humanos íntegros, completos. Ni siquiera nos lo
planteamos. Pasamos por aquí viviendo, actuando y reaccionando, con esperanza, orando,
esperando, corriendo por aquí y por allí.

Entonces, un día somos confrontados con la realidad de Jesucristo en el ámbito del hombre del
espíritu. Descubrimos repentinamente que Él es el Señor de Señores y el Salvador del mundo,
o como Pedro confesó, “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Mat. 16:16). Jesús se abre
camino hasta nosotros con la realidad de Su presencia. Nos quedamos cortos en nuestra forma
de vivir. Se nos dice que tenemos que rendir nuestros corazones y nuestras vidas a Él y
declararle Señor de nuestras vidas. Podemos pronunciar las palabras de la entrega repitiendo
la oración del pecador y descubrir que nuestras vidas no han cambiado.
No podemos huir de algo que se ha hecho parte de nosotros. Nacemos de nuevo de lo Alto por el Espíritu Santo en nuestro espíritu humano. Rendimos nuestros espíritus a Él.

Rindiendo las fortalezas de nuestras almas

Cuando nos rendimos por vez primera al señorío de Jesucristo, normalmente es en medio de
alguna crisis en nuestras vidas. Llegamos al fin de nosotros mismos. No tenemos a nadie más
a quien volvernos, así que finalmente nos volvemos a Dios. Dios es normalmente la fuente del
último recurso. En ese momento, nos sentimos como si hubiéramos dado todo al Él.
Sin embargo, poco después descubrimos que hay cosas en nuestras vidas que todavía
necesitan rendirse. Son fortalezas sobre las que el enemigo de nuestra carne tiene un control
particular, cosas a las que todavía queremos aferrarnos. Todavía podemos seguir siendo
gobernados por nuestro pensamiento, nuestros temores, iras, depresiones, avaricia,
resentimientos y lascivias. Podemos seguir estando gobernados por tragedias que nos
ocurrieron en la niñez. Podemos seguir estando gobernados por el dinero o el deseo de cosas.
Podemos seguir gobernados por una adicción, una relación o un pecado. Tenemos que llegar a
estar dispuestos a rendir estas cosas en nuestras vidas.

Al rendirnos, damos permiso a Dios para obrar en estas áreas. Echar abajo estas fortalezas es
una obra gradual del Espíritu Santo mientras trabaja el Señorío de Jesucristo en nuestras vidas
diarias. Comenzamos a darnos cuenta de que están teniendo lugar cambios verdaderos y
duraderos en nosotros. Al avanzar, Él continúa revelando nuevas áreas que necesitan ser
rendidas.

Así, hemos nacido de nuevo en nuestro espíritu humano y la Biblia nos enseña que ahora
estamos siendo conformados a Su imagen (Rom. 8:29). Es como si esa semilla de vida nueva
plantada dentro del espíritu del hombre está brotando externamente para producir fruto en
todas las áreas del alma.

Rindiendo el cuerpo

Rendir nuestros espíritus a Dios cuando nacemos de nuevo fue un sacrificio del yo. Rendir
nuestras almas (es decir, nuestras personalidades: mente, emociones y voluntad) para ser
conformados a Su imagen, es un sacrificio del yo. Sin embargo, el mayor sacrificio ocurre
cuando estamos dispuestos y preparados para poner nuestros cuerpos. “Viviré para ti, Dios”,
declaramos; pero Dios pregunta, “¿Morirás por Mí?”

Pablo escribió en Romanos 12:1: “Os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis
vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, aceptable a Dios, que es vuestro culto racional.”
Apocalipsis 12:11 dice que los que vencieron al acusador de los hermanos (Satanás) se
caracterizan por tres cosas: “le han vencido por la sangre del cordero y por la palabra de su
testimonio; porque no amaron sus vidas hasta la muerte”. (énfasis negrita mío).

Llegamos a esta muerte entregando totalmente a Dios lo que somos o lo que esperemos llegar
a ser—espíritu, alma y cuerpo—y dejarle ser el Señor de cada área de nuestras vidas.
Vencemos los abismos en nuestras vidas en la medida en que los rendimos al señorío de
Jesucristo.

Rindiéndonos a la voluntad de Dios

Rendirse el algo que tiene que ver con la entrega al Señor en obediencia, orando, “No mi
voluntad, sino la tuya, Señor”. Entregarnos a la voluntad de Dios siempre exige alguna clase de
acción. Jamás se trata de un asunto de pasividad, de tumbarse y hacerse el muerto. La palabra
entrega en sí sugiere que tenemos que dejar algo a lo que queremos aferrarnos fuertemente.
Entregarnos es un asunto del corazón. Llegamos a ese punto en el que Jesús es lo único que
hay, dónde buscamos Su rostro y no Su mano, donde queremos hacer Su voluntad más que a
nuestras propias vidas. Le invitamos a tomar un control total.

Volviéndose muy detallista

Debemos dejar que el Espíritu Santo se vuelva muy detallista con nosotros en cuanto a las
cosas que Le rendimos a Él. Algunas de las cosas que pensábamos que estaban escondidas
del escrutinio de nuestro Padre Celestial tarde o temprano serán llevadas a la luz de la cruz de
Cristo.

Debemos rendir a Dios nuestras mentes, pensamientos, emociones, resentimientos, temores,
preocupaciones y ansiedades, expectativas y egocentrismo. Debemos rendir nuestros defectos
de carácter, pecados, adicciones, co-dependencias, comportamientos auto-destructivos y
malos hábitos. Debemos rendir nuestras voluntades, necesidades, aspiraciones y planes.
Debemos rendir nuestros cuerpos, salud, hábitos de alimentación y vidas sexuales. Debemos
rendir nuestras capacidades, profesiones, carreras, empleos y ministerios. Debemos rendir
nuestras relaciones, familias, amigos y compañeros de trabajo. Debemos rendir nuestras
finanzas, propiedades y posesiones. Debemos rendir nuestro tiempo, nuestras vidas pasadas,
presentes y futuras. Incluso debemos rendir nuestros intentos religiosos por salvarnos a
nosotros mismos.

Rendimos todo a Dios con la convicción de que Él es Señor de todo, de que Él es todo en
todos. Él es nuestra justicia y nuestra salvación, nuestra fuerza y gozo, nuestro justificador y
nuestra justificación, nuestro redentor y nuestra redención, nuestro santificador y nuestra
santificación, nuestro glorificador y nuestra glorificación. Es nuestro médico, nuestra salud y
nuestra sanidad. Es nuestro proveedor, nuestro protector, el autor y consumador de nuestra fe,
el apóstol y sumo sacerdote de nuestra vocación, el pastor y obispo de nuestras almas.

Comprados por Dios

Rendir nuestro todo es el acto de dar a Dios aquello que Él ya ha comprado. Pablo recordó a
los corintios, “Habéis sido comprado por recio, por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo y
en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1ª Cor. 6:20) (2 Corintios 5:15 y por todos murió, para 
que los que viven,ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos). Jesucristo pagó el precio por nosotros derramando Su sangre preciosa sobre la cruz. Depende de nosotros aceptar o
no eso por la fe.

Cuando Le declaramos Señor de nuestras vidas, estamos diciendo que nosotros ahora Le
pertenecemos por completo. Pertenecemos a Él. Tiene completa jurisdicción sobre nosotros y
todos los asuntos relacionados con nuestras vidas. Vivimos por la fe en Él. Él se convierte
verdaderamente en Señor sobre nuestras vidas cuando nosotros nos entregamos a Él de esta
manera.

Así pues, si es que vamos a llegar a ser el papá que Dios siempre quiso que fuéramos entre
otros hombres y en el hogar, debemos aprender a rendir nuestras vidas al señorío absoluto de
Jesucristo, por el que Le permitimos que lleve todo lo que somos a la cruz con Él. Él es el único
que puede perfeccionar y madurarnos espiritualmente.

Tenemos que rendirnos en toda sinceridad. Como dije antes, no rendiremos a Dios aquello que
todavía no hemos terminado con nosotros mismos.

Rendirse es algo muy sutil. Podemos pensar que lo hemos hecho así, pero es algo que tiene
que tener lugar en el espíritu, y no sólo en la cabeza. Una vez que algo ha sido
verdaderamente crucificado dentro de nosotros, nosotros lo sabremos.

Cortado del patrón del Hijo

Jesucristo es el Hijo de Dios. Como tal, Él es el prototipo de muchos hijos por venir. Él es el
patrón. Cada nuevo hijo tiene que ser cortado directamente de Él.

Rendimos todo lo que somos para llegar a ser todo lo que Él es. No sólo nos hacemos suyos,
sino que nos volvemos como Él. 1ª Juan 3:12 afirma: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre,
para que seamos llamados hijos de Dios… Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha
manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos
semejantes a él, porque le veremos tal como él es.”

Nos rendimos a nosotros mismos completamente a Su cuidado divino, soberano, para poder
ser conformados a Su imagen como hijos de Dios (Rom. 8:29).

Morimos diariamente

El apóstol Pablo dijo de sí mismo, “Yo muero cada día (1ª Cor. 15:31). Del mismo modo
debemos morir nosotros también. Tenemos que morir a nuestra propia voluntad, atracciones,
ambiciones, egocentrismo, pecados—todo aquellos que hable de independencia idólatra de
Dios.

Rendirnos es una actividad diaria. No podemos hacerlo solo una vez y dar por hecho que estas
cosas ya han sido entregadas eternamente a Dios. Siempre tendremos a nuestras voluntades
con quien contender. Somos bastante capaces de engañarnos a nosotros mismos para creer
que estamos rendidos cuando en realidad hemos tomado algo de nosotros mismos en nuestras
propias manos. Debemos prestar atención diaria a esto para asegurarnos que permanecemos
rendidos al señorío de Jesucristo en todas las áreas de nuestras vidas.

La vida entregada

Rendirse así es parte de lo que Jesús quiso decir cuando nos llamó a cada uno de nosotros a
“negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz y seguirle” (Mateo 16:24). Es lo que Él quiso decir
cuando dijo, “Nadie que ponga su mano en el arado y mire atrás, es apto para el Reino de
Dios” (Lucas 9:62). Es lo que Él quiso decir cuando dijo, “Si alguno viene en pos de Mí y no
aborrece a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, hasta a su propia vida, no puede
ser Mi discípulo” (Lucas 14:26). Aborrecer en este sentido significa que en todas las cosas
damos preferencia a la voluntad del Padre Dios en lugar de a nuestra carne o a las
expectativas de otros. Siempre que estemos siendo gobernados por lo que otros hombres
piensen de nosotros, no podremos vivir en obediencia al Espíritu Santo.

La vida crucificada

Entregarnos al señorío de Jesucristo tiene que ver con vivir la vida crucificada de Jesucristo.
Romanos 6:3 dice, “¿No sabéis que los que fuimos crucificados en Cristo Jesús fuimos
bautizados en Su muerte?” Esto tiene que significar algo más que ser inmersos en agua o
rociados con agua. Tiene que ver con la forma en que vivimos nuestras vidas: "… Nuestro viejo
hombre es crucificado con Él para que el cuerpo de pecado pueda ser destruido y no sirvamos
más al pecado.” (Rom.6:6ª). Hemos de vivir vidas crucificadas.

Vivir la vida crucificada es el único modo de llegar a la vida de resurrección (aquí en la Tierra).
Romanos 6:4 dice, “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin 
de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos 
en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así
también lo seremos en la de su resurrección.”

Nosotros los papás tenemos que estar muertos al yo, al mundo, a Satanás y al pecado para
que podamos ser (vivir) resucitados como verdaderos hombres de Dios. Necesitamos ser levantados
como verdaderos maridos, padres, cabezas de familia, y hombres de integridad en la
comunidad. Esta es la obra santificadora del Espíritu Santo a la que nosotros nos entregamos.

Atrévete a rendirte

Como papás , nos atrevemos a vivir la vida entregada—nos atrevemos a destruir esas cosas
que desagradan al Padre en el fuego de nuestra pasión por Él. Incluso si sabemos que bien
podríamos retomarlas de nuevo, podemos ejercer nuestra voluntad para destruirlas porque
ahora, conocer ese ejercicio, fortalece esa parte que es ejercitada (Heb. 5:14).

Mantengamos ardiendo en nuestro corazón el fuego del sacrificio que arde en nuestros
corazones y almas para que podamos ser hombres que vivan vidas entregadas, moldeadas
conforme al Hijo patrón, por los dedos del Maestro Alfarero.

sábado, 14 de julio de 2012

PARA VIVIR POR FE HAY QUE CONSTRUIR UN ALTAR


ESTUDIO-VIDA DE GENESIS

MENSAJE CUARENTA Y UNO (2)

VIVIR POR LA FE


(Nota: todo lo escrito en letra azul es añadido por el blog)


2) El significado (de vivir por fe): (construir) el altar

(La verdadera adoración de los llamados es poner todo lo que somos y tenemos sobre el altar, 
para quemarlo como sacrificio de olor grato a Dios)

a) El primer altar

Después de llegar a More y de haber recibido la segunda aparición de Dios, Abraham construyó un altar (12:7). Este fue el primer altar que construyó. Para vivir por fe, primero debemos construir un altar. En la Biblia un altar significa que lo tenemos todo por Dios y que le servimos a El. Construir un altar significa que ofrecemos todo lo que somos y tenemos a Dios. Debemos poner sobre el altar todo lo que somos y todo lo que tenemos. Antes de hacer algo por Dios, El nos dirá: “Hijo, no hagas nada por Mí. Te quiero a ti. Deseo que pongas todo lo que eres y todo lo que tienes sobre el altar para Mí”. Esta es la verdadera comunión, la verdadera adoración. La verdadera adoración de los llamados consiste en poner todo lo que somos y todo lo que tenemos sobre el altar.
Según el punto de vista humano, la gente dirá que estamos locos si hacemos eso. Nos acusarán de desperdiciar nuestro tiempo y nuestras vidas. Si hubieran estado con Abraham, habrían dicho: “Abraham, ¿qué estás haciendo? ¿Estás loco? ¿Por qué construyes un altar, algo tan insignificante, y pones todo encima para quemarlo? ¿No es eso insensato?”. Como llamados, todo lo que hagamos parecerá insensatez a la gente mundana. Muchos parientes nuestros dirán que es insensato asistir a tantas reuniones, y se preguntarán por qué no nos quedamos en casa a ver televisión con nuestra familia. La gente mundana no puede entender por qué asistimos a varias reuniones por semana. Piensan que estamos locos. Dirían: “¿Qué están haciendo ustedes allí en ese pequeño edificio? ¿Por qué van allí los miércoles, viernes, sábados, dos veces cada domingo, e incluso a veces los lunes, martes y jueves? ¿Están locos?”. ¡Sí! Para la gente mundana, estamos locos. La aparición de Dios nos enloquece.
Un altar significa que no guardamos nada para nosotros mismos; significa que entendemos que estamos aquí sobre la tierra para el beneficio de Dios. Un altar significa que vivimos por Dios, que Dios es nuestra vida, y que el significado de nuestra vida es Dios. Por tanto, lo ponemos todo sobre el altar. No estamos aquí para hacernos un nombre; ponemos todo sobre el altar por causa de Su nombre.
Si usted considera su experiencia, verá que inmediatamente después de que Dios lo llamó, se le volvió a aparecer, y usted le dijo: “Señor, de ahora en adelante, todo es Tuyo. Todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que puedo hacer y lo que voy a hacer es para Ti”. Todavía puedo recordar lo que sucedió la tarde del día en que fui salvo. Al salir del local de la iglesia y al andar por la calle, miré al cielo y dije: “Dios, de ahora en adelante Te lo entrego todo”. Esta fue una verdadera consagración. En un sentido espiritual, fue la construcción de un altar. Creo que muchos lectores han tenido esta experiencia. Cuando recibimos el llamado de Dios, estábamos locos, despreocupados por lo que podía suceder. En aquella ocasión, no nos dimos cuenta de lo que significaba, pero prometimos al Señor que todo lo que teníamos era para El. Cuando le dije eso al Señor aquel día en la calle, no entendía lo que eso implicaba. A los pocos años, me encontré en dificultades, y el Señor dijo dentro de mí: “¿No te acuerdas de lo que dijiste aquella tarde al andar por la calle? ¿No dijiste: ‘Oh Dios, de ahora en adelante todo es para Ti’?”. Al firmar el contrato, no sabía lo que ello implicaba. Pero era demasiado tarde para retractarme; el contrato ya había sido firmado. Decir al Señor que uno le entrega todo constituye la verdadera construcción de un altar. Todos podemos testificar de lo hermosa que es la sensación y de lo íntima que es la comunión cada vez que le decimos al Señor que se lo entregamos todo. En ese momento, penetramos profundamente en el Señor.
A pesar de decirle al Señor que todo lo que somos y tenemos es para El, podemos olvidarlo a los pocos días. Pero Aquel que nos llamó nunca olvida. El tiene una memoria excelente. A menudo El vendrá a nosotros y nos recordará lo que le dijimos. El podría decir: “¿No te acuerdas de lo que me dijiste aquel día?”. No es una doctrina, sino una verdadera experiencia. A menos que usted no haya sido llamado, no será una excepción. Si usted es un llamado, tengo la plena seguridad de que ha tenido esta clase de experiencia. El Señor se le volvió a aparecer, y en esta nueva aparición usted se enloqueció, y prometió darle todo a El, y no consideró lo que ello implicaba. Usted simplemente se consagró al Señor. No entendía el significado de lo que prometió. Le damos las gracias a Dios porque no entendimos eso cuando lo hicimos. No entendimos cuánto nos comprometimos con Dios al pronunciar una sola frase. Ella nos ató. El es Dios. El es el que llama, y nosotros somos los llamados. Todo es Suyo. Aun cuando queremos enloquecernos por El, dentro de nosotros no tenemos ganas de hacerlo. Pero cuando El se nos aparece, nos enloquecemos y decimos: “Oh Señor, todo es Tuyo. Tómalo. Señor, haz lo que quieras. Te lo ofrezco todo”. El momento en que nos ofrecemos al Señor es como un sueño. Más tarde nos despertamos y empezamos a entender las repercusiones que tiene.
Al principio de mi ministerio, sentía la carga de ayudar a la gente a consagrarse. Compartí mucho acerca de la consagración, pero no vi muchos resultados. Mi enseñanza no producía muchos resultados. Finalmente, me di cuenta de que no podemos ayudar a la gente a consagrarse enseñándole. La enseñanza no es lo que conduce la gente a consagrarse al Señor; es la aparición del Señor lo que motiva a hacerlo. Si podemos ayudar a la gente a encontrar al Señor y a venir a Su presencia, eso será suficiente. No necesitamos decirle que se consagre a Dios ni que se ofrezca sobre el altar. Cuando Dios se aparezca al pueblo, nada les podrá impedir consagrarse. Dirán espontánea y automáticamente: “Señor, todo es Tuyo. De ahora en adelante te lo entrego todo”. ¿Ha tenido usted esta clase de experiencia? ¿Acaso no ha dejado todo lo que es y tiene sobre el altar para Dios y para Su propósito?

b) El segundo altar (estimamos todo lo mundano como escombros y lo entregamos)

Después de construir un altar al Señor en More, Abraham atravesó el país. Dios no le dio solamente una pequeña parcela, sino una tierra extensa. Abraham en sus viajes llegó a un lugar situado entre Bet-el y Hai. Bet-el estaba al occidente y Hai al oriente. Aquí, entre Be-tel y Hai, Abraham construyó otro altar (12:8; 13:3-4). Bet-el significa la casa de Dios, y Hai significa montón de escombros. Bet-el y Hai se oponen. ¿Qué significa este contraste? Significa que a los ojos de los llamados, sólo la casa de Dios vale la pena. Todo lo demás es un montón de escombros. Este mismo principio es válido con respecto a nosotros hoy en día. Por un lado, tenemos a Bet-el, la casa de Dios, la vida de iglesia. Al lado opuesto se encuentra un montón de escombros. Todo lo que es contrario a la vida de iglesia es un montón de escombros. A los ojos de los llamados de Dios, todo lo que no es la vida de iglesia constituye un montón de escombros, porque ellos miran la situación mundial desde el punto de vista de Dios. Este punto de vista es totalmente distinto del punto de vista del mundo. Según el mundo, todo lo mundano es elevado, bueno y maravilloso, pero desde la perspectiva de los llamados de Dios, todo lo que se opone a la casa de Dios constituye un montón de escombros.
Primero nos consagramos en More. Luego nos consagramos en el lugar que se encuentra entre la vida de iglesia y el montón de escombros. Para nosotros, la casa de Dios es lo único que vale la pena. Todo lo demás es un montón de escombros. Entre la casa de Dios y el montón de escombros construimos un altar a fin de tener comunión con Dios, adorarle y servirle.

c) El tercer altar

Abraham construyó el tercer altar en Mamre de Hebrón (13:18). Mamre significa fuerza, y Hebrón significa comunión o amistad. Génesis 18:1 nos muestra que en Mamre Dios visitó a Abraham. En esa visita Dios no sólo se le apareció, sino que estuvo con él por mucho tiempo, y hasta tuvo un banquete con él. Veremos más sobre este tema al llegar a ese capítulo. Aunque More y el lugar entre Bet-el y Hai eran buenos, ninguno de ellos era el lugar donde Abraham había posado para tener comunión constante con el Señor. El lugar donde Abraham se estableció para tener una comunión constante con el Señor fue Mamre de Hebrón.
Todos debemos mantener una comunión constante con el Señor. Esto no sucede por coincidencia; tampoco debe producirse eventualmente. Debe ser constante. Tal vez usted haya construido un altar al Señor hace algunos años. Eso está bien, pero ¿qué ha sucedido desde entonces? Usted podrá decir que construyó un altar hace dos años, pero ¿y hoy qué? Muchos de nosotros tuvimos la experiencia de More pero no hemos tenido la experiencia en Mamre. Creo que Abraham vivía principalmente en Hebrón, el lugar donde podía tener una comunión constante con el Señor. Allí, en Hebrón, construyó el tercer altar. Todos debemos construir por lo menos tres altares: el primero en More, el segundo entre Bet-el y Hai, y el tercero en Mamre de Hebrón
Debemos construir un altar en Mamre de Hebrón para poder adorar a Dios, servirle y tener comunión constante con El. Esta es la experiencia del tercer altar, el altar de Hebrón.

jueves, 9 de febrero de 2012

CONSAGRACIÓN: el objetivo es permitir que Dios trabaje en nosotros para que podamos trabajar para El.

(ADMINISTRADOR: Trabajar para Dios directamente, sin estar transformado es ofrecer "fuego extraño". Ir a "trabajar para Dios" sin estar preparados es ofrecer obras muertas, separadas de Dios).


Witness Lee

La experiencia de vida

CAPITULO TRES

CONSAGRACION

http://www.librosdelministerio.org/books.cfm?id=%23%28%5C%2F%2E%0A



IV. EL PROPOSITO DE LA CONSAGRACION:
TRABAJAR PARA DIOS

Ya que el significado de la consagración es venir a ser un sacrificio, lo ofrecido es algo que es enteramente para Dios. El propósito de la consagración es, en consecuencia, ser usado por Dios, trabajar para Dios. Pero a fin de que podamos trabajar para Dios, primero debemos permitir que Dios trabaje. Sólo aquellos que han permitido que Dios trabaje primero pueden trabajar para Dios. Sólo podemos trabajar para Dios en el grado que permitamos que Dios trabaje. Si no permitimos que Dios trabaje primero, nuestra labor no puede agradarle ni ser aceptada por El, no importa cuán diligentes y persistentes seamos. Aquellas cosas que hacemos para Dios que le agradan y le placen, nunca pueden ir más allá de lo que le permitamos a El obrar. “Permitir” es la base y “para” es el resultado. Cuando tenemos la base de “permitir” entonces podemos tener el resultado de “para”. Este es un principio inalterable. Por lo tanto, cuando nos consagramos a Dios, a pesar de que ello tiene como fin que trabajemos para El, desde nuestra posición, el énfasis queda en permitir que Dios trabaje. El propósito de la consagración es, entonces, permitir que Dios trabaje a fin de que podamos alcanzar la etapa de poder trabajar para El.

La ofrenda de los sacrificios en el Antiguo Testamento también imparte luz en este asunto. Cuando los bueyes y carneros eran sacrificados y ofrecidos a Dios como holocausto, primero era necesario que Dios hiciera Su trabajo completo sobre ellos, esto es, consumirlos por fuego, si es que iban a serle aceptables y agradables a El. Si los sacrificios no eran consumidos por el fuego, permanecían crudos y mal olientes y nunca podrían ser aceptables y agradables a Dios. Nuestra consagración hoy es semejante. Ya nosotros nos hemos ofrecido, sin embargo, si no permitimos que Dios trabaje primero, sino que salimos a trabajar para El y a servirle directamente, ese trabajo y ese servicio estará crudo, sin temple y mal oliente. Nunca podrá ser aceptado por Dios, y menos aún satisfacerle.

Cuando Nadab y Abiú ofrecieron fuego extraño delante de Jehová, fueron consumidos por Dios como consecuencia de aquello (Lv. 10). Ofrecer fuego extraño es el principio de trabajar directamente para Dios. Cuando alguien que no ha sido tratado por Dios y en quien Dios no ha obrado trata de trabajar para Dios directamente, está ofreciendo fuego extraño. Esto no sólo está crudo, falto de temple, mal oliente y, por lo tanto, inaceptable para Dios, sino que también es peligroso y tiende a meterlo a uno en muchas dificultades en la obra de Dios. Esta es la razón por la cual, por un lado, esperamos ansiosamente que los hermanos y hermanas amen al Señor y se ofrezcan a Dios; pero por otro, estamos realmente temerosos de que cuando las personas amen al Señor y se ofrezcan a El, deseen trabajar directamente para Dios y servirle. Todo este trabajo y servicio es peligroso. Creo que si en nuestro medio hubiera cien hermanos y hermanas, quienes por el amor constreñidor del Señor se consagraran a El, deseando trabajar para El, pero sin permitirle a El obrar primero, estas cien personas se pelearían todos los días. Uno desearía servir al Señor de una manera, y otro de otra. La iglesia, inevitablemente, se dividiría.

Una de las razones principales de que la iglesia esté en confusión hoy, es precisamente ésta. Cada vez que alguien se ofrece a Dios, su propósito es trabajar para Dios; pero él o ignora o pasa por alto permitir que Dios trabaje en él primero. Cuando las personas no aman al Señor o no se consagran a El, parece que todo está en paz; pero cuando hay aquellos que aman al Señor y se consagran a El, deseando trabajar directamente para Dios, surgen muchos problemas y se tiene mucha confusión.

El mismo principio aplica aun a la lectura de la Biblia. Si Dios no ha trabajado en nuestra mente, y ésta permanece en su estado natural, nos es peligroso leer la Biblia. Si lo hacemos, en cada lectura y en cada interpretación permitiremos que nuestra imaginación vuele. Si una persona no es fervorosa en la lectura de la Biblia, el peligro no es tanto; pero una vez que su lectura adquiere este fervor viene a ser desmesurada y extrae de ésta muchas ideas erróneas y extrañas. Su fervor es bueno, pero su lectura indomable es realmente temible.

Es extremadamente peligroso que un hombre entre en contacto directo con las cosas espirituales sin experimentar la obra de Dios. Si deseamos tocar cosas espirituales, ya sea trabajar para Dios, estudiar la Biblia, predicar el evangelio o cuidar de la iglesia, debemos primero permitir que Dios trabaje en nosotros para que podamos ser quebrantados, subyugados y disciplinados por El. Entonces podremos tocar las cosas espirituales y trabajar para Dios; entonces estaremos seguros y no seremos un peligro.

Por esto, debemos ser severos con nosotros mismos y preguntar si nuestra consagración a Dios tiene como fin trabajar para Dios directamente, o permitir que Dios trabaje en nosotros primero. Si no estamos dispuestos a permitir que Dios trabaje en nosotros primero, no podemos alcanzar el objetivo de trabajar para Dios. Por consiguiente, después de nuestra consagración no debemos estar ansiosos por realizar algo para el Señor. Necesitamos permanecer en el altar y permitir que Dios opere en nosotros y nos consuma. El resultado de este trabajo que consume, nos capacitará para trabajar para el Señor. Esta consagración, es decir, este servicio, está maduro y resucitado; es aceptable a Dios y le satisface

En conclusión, el objetivo de la consagración es permitir que Dios trabaje en nosotros para que podamos trabajar para El.

viernes, 17 de diciembre de 2010

CUANDO WATCHMAN NEE ESTABA EN LA PRISIÓN, Testimonio





Cuando Watchman Nee Estaba en la Prisión, por Wu Yo-Chi

ADMINISTRADOR:
Un precioso testimonio, que llegó a mi doblemente, a través de Jamesson Chen  y Carlos Jiménez, que destaca la no beligerancia del hermano Nee contra el gobierno establecido por Dios y su preciosa longanimidad en las durísimas pruebas que soportó por amor al Señor.



Queridos hermanos y hermanas, yo soy de Shangai, China. Mi nombre es Wu Yo-Chi. Me volví (convertí) a los 68 en el año 2003. Solía ser un maestro de escuela secundaria. Yo estaba acusado de anti-revolucionario en 1960 porque estaba opuesto al movimiento de las "tres banderas rojas" y condenado a 7 años. Yo estaba encarcelado en la prisión más grande en el extremo oriental de la China—La prisión de Ti Lan Chau en Shangai.

El hermano Nee fue detenido en 1952. Pareciera que esta persona había desaparecido de la tierra. Nadie sabía qué sucedió con él. Alabado sea el Señor. El Señor tuvo misericordia de una persona humilde como yo. Él me amó y me ha mantenido para que yo tenga la oportunidad de decirles todo lo que sé sobre la permanencia del hermano Nee en la cárcel.

Estuve con el hermano Nee 9 años en total (1963-1972). Estuvimos separados por casi 2 años. Alabado sea el Señor que Él finalmente nos puso juntos otra vez hasta 3 días antes de que el hermano Nee fuera llevado por el Señor. Hay mucho para testificar de todos estos años. El hermano Nee también era un ser humano. Hoy quisiera testificar sobre él desde el aspecto humano.

En 1963, a causa de algunos arreglos en la cárcel, me movieron al mismo piso, mismo grupo y en la misma célula que el hermano Nee. Desde ese momento no se cortó nuestra relación.

La prisión de Ti Lan Chau era muy grande. Había 10 edificios en total. Cada edificio tenía 5 plantas. En cada planta había 90 celdas. Si había 3 personas en cada celda, cada edificio contendría más de 1.000 prisioneros. En una prisión tan enorme de más de diez mil personas, encontrarse con una persona en particular no era fácil. Me encontré con el hermano Nee en la celda número 3 y fue por la soberanía del Señor.

En nuestra celda, estaban el Tío Nee [Nota de traductor: en China se suele llamar a los mayores de edad tíos o tías respetuosamente], yo y un chico de 20 años de edad. Este último tenía un problema mental y, por lo tanto, no podía hablar claramente. Sólo podía decir "O - O - O...". También era un anti-revolucionario.

Estimados santos, quiero decirles que cuando llegué a esta célula, no era amistoso con el hermano Nee en absoluto. No me gustaba. Era hostil hacia él. Le odiaba y no quería hablar con él. ¿Por qué? Porque en ese entonces él era un líder de grupo. En la cárcel, había líderes de grupo sobre los prisioneros. A mi parecer todos los líderes de grupo halagaban a los guardias. Eran los informantes para el Gobierno Popular. Ellos mejoraban su propia condición aprovechándose de los demás para reducir sus propias sentencias mientras aumentaban cada vez más las sentencias de los demás. Además, me preguntaba ¿por qué estaba yo en la prisión? No asalté a nadie, no he robado, y no he matado... Lo único que hice fue sólo decir algo y me detuvieron. Así que tenía miedo de él. No tenía deseos de hablar con él. Había tres prisioneros en nuestra celda; uno tenía un problema mental y no podía hablar, Nee era el otro y yo era el tercero. Él escribía todos los días. ¿Si él no estaba reportando sobre mí, entonces sobre quien estaba reportando? ¿Por qué me interesaría hablar a mí con él? Las 24 horas al día no hablaba ni una palabra con él. Él escribía en frente de la puerta. ¿Por qué la puerta? Nuestra celda era de aproximadamente 1.5-1.6 metros de ancho. Si estirara mis brazos podía tocar las paredes. Era de unos 2 metros de largo. Paredes en tres lados sin ventana. Una puerta de hierro en la parte delantera. Había algo de luz cerca de la puerta. Cuando escribía, el hermano Nee siempre se sentaba al lado de la puerta de hierro. Ponían la comida y el agua en frente de la puerta. No se necesitaba abrirla. Todo lo que necesitábamos hacer era estirar el brazo y podíamos ingresar la comida en la celda. Él se sentaba próximo a la puerta por lo que siempre era él quien nos pasaba las cosas del exterior. Yo no quería hablar con él y nunca le di las gracias. Él hacía eso voluntariamente. Nuestra relación fue muy mala.

Luego algo ocurrió por disposición del Señor. Mi único familiar era mi esposa. Ella se graduó de la escuela marítima en Shangai y enseñaba química en el colegio. Teníamos una niña. Las familias de prisioneros podían visitarnos una vez al mes y traernos algunas cosas. Mi esposa me quería mucho. Me visitaba cada mes. Pensaba que ella todavía enseñaba, pero realmente algo le sucedió a ella.

Un día, el director del colegio le preguntó: "Sra. Chou, [Nota de traductor: Es costumbre china referirse a las mujeres profesionales por sus apellidos de solteras] he escuchado que tu marido es un anti-revolucionario y ¿está actualmente en la cárcel?" Ella le dijo: "Sí". El director dijo: "Tienes que divorciarle". Mi esposa dijo: "¿Por qué?" Él dijo: "Es la política del Gobierno Popular. Las familias de anti-revolucionarios no pueden ser profesores de las personas. Tu marido es un anti-revolucionario. Su pensamiento tiene problemas. Si está en contacto contigo, ¿cómo puedes enseñar a los alumnos? Así que tienes que divorciarle". Mi esposa dijo: "Cuando me se casé con él, no era un anti-revolucionario. Era un boxeador. Representó a Shangai para la competencia internacional. Se convirtió en un anti-revolucionario después de que me casé con él. Si le divorcio ahora y me caso con otra persona, no hay ninguna garantía de que el otro hombre no llegue a ser un anti-revolucionario en el futuro. ¿Entonces tendría que divorciarle y casarme otra vez? Además ya tenemos una niña y yo soy joven. Si me caso tendré más niños y niñas de este otro marido. Eso no sería bueno para mi hija. Por otra parte, Wu Yo-Chi fue condenado sólo por 7 años. Yo puedo esperar por él y luego podemos seguir edificando el socialismo. Podemos todavía ser marido y mujer". Lo que dijo tenía toda la razón. El director no pudo argüir con ella; ¿pero desistiría? Imposible. Poco después, el director le preguntó nuevamente: "¿Has decidido sobre esa cuestión?" Ella le respondió: "No hay ninguna posibilidad". El director dijo: "Entonces no hay posibilidad de parte de nosotros tampoco. Esta es la política. Entrega tu permiso de trabajo. Vete de este colegio si no te divorcias". En esa época la situación era totalmente diferente que ahora. No habría ningún trabajo una vez que saliera el colegio. No podía hacer nada por sí misma. Mi esposa lloró en todo el camino regresando a casa. No había futuro. “¿Qué puedo hacer para vivir? ¿Qué puedo hacer para mi hija?” Cuando llegó a casa continuaba llorando abrazando a nuestra hija y nadie estaba allí para consolarla.

Luego cuando me visitó, me contó todo. Me enojé al escuchar su relato. “¡Bajo el cielo no existe tal irracionalidad!” Yo ya estaba acusado de anti-revolucionario sin causa y ahora no dejan a mi esposa ni a mi hija en paz. Mi esposa dijo: "Acabo de vender mi reloj y me vine para acá. No sé qué hacer para el futuro".

Estimados santos, no he cometido ningún acto malo, no era un nacionalista [Nota del traductor: los nacionalistas estaban en contra de los comunistas], ni era un espía, ni tampoco un terrateniente [Nota del traductor: los comunistas odiaban a la clase privilegiada]. ¿Qué tipo de anti-revolucionario era yo? Yo no había colgado ni un pedazo de propaganda anti-revolucionaria. ¿Entonces cómo pudiera ser yo un "anti-revolucionario"? No entendía. Pero ¿qué podía hacer? Mi esposa lloró mucho, pero yo no dejé derramar ni una lágrima. Me crié bajo el régimen comunista y los comunistas me enseñaron a no lagrimear delante del enemigo. Decía para mí: “Hoy no voy a derramar ni una lágrima. Antes no era vuestro enemigo. Os apoyaba. Tenía sólo 12 años de edad cuando ustedes los comunistas tomaron el poder. Incluso les brindaba flores rojas a los soldados del ejército rojo. Pero fueron ustedes los que me impulsaron al lado de sus enemigos; el hecho que hoy sea vuestro enemigo fue causado por ustedes”. Los 5 minutos de visita se acabaron de pronto. Mi esposa se fue con nuestra hija en sus brazos. Yo las miraba mientras se alejaban y no sabía qué hacer o qué sucederá en el futuro. No estaba seguro si ella se iba a divorciar de mí. De repente ella se volvió y gritó: "¡Cuídate!" Ese grito suena en mis oídos aún ahora. Ese fue un grito desgarrador que quebró mi corazón. No podía hacer nada. No podía simplemente salir, no tenía armas, no podía pelear contra ellos. Sólo podía dejarme ser torturado por ellos.

El guardia de la prisión me devolvió a la celda. Al regresar a la celda no pude aguantar y derramé las lágrimas. En nuestra celda no había ni escritorio, ni silla, ni cama. Apoyándome a la pared solté un llanto. Próximamente me di cuenta que alguien se había tomado de mi mano. Ya que éramos sólo tres, sabía que era el fastidioso Tío Nee que se asió de mí. Yo estaba muy enojado y él era la persona más despreciada por mí. ¿Qué hace asiendo de mi mano cuando ni hablo con él? No necesitaba su simpatía. Quería quitar su mano de encima de la mía. Yo era un boxeador y era joven. Él era mayor y padecía de enfermedad del corazón. Todo lo que necesitaba hacer es darle un empujón y le hubiera arrojado contra la puerta. Pero, estimados santos, fue algo muy extraño. No podía levantar mi mano. Tío Nee no estaba fuerte, traté al menos tres veces y simplemente no podía levantar mi mano. Y entonces oí a Tío Nee diciéndome a mi oreja: "Yo-Chi, déjate llorar. Es bueno llorar. Llorando te sentirás mejor". Su palabra me conmovió mucho. Debido a la política de la cárcel, no se permitía llorar en voz alta. Porque todos los prisioneros estaban deprimidos. Si uno llora, otro también llorará y toda la prisión estaría llorando, lo cual sería terrible y sería mala evidencia para la “re-educación”. Pensaba que Tío Nee debió haberme dicho: "Yo-Chi, no llores. No es apropiado llorar. Tienes que obedecer la re-educación". El era el líder de grupo y debe estar al lado del Gobierno Popular. Nunca hubiera imaginado que él me dijera, déjate llorar, llorando te sentirás mejor. Con la palabra que me dio, empecé a cambiar mi opinión de él. Entonces empecé a desahogarme llorando en voz alta no importándome nada. No me importaba si venía el guardia de prisión a regañarme o a golpearme o matarme a tiros. Mi familia ya estaba destruida. No me importaba si muriera. Fue muy extraño que incluso no vino el guardia de prisión. Lloré hasta que me quedé totalmente agotado. Tío Nee me dio la toalla para limpiar mi cara y me dio agua para beber. Estábamos los dos sentados en el suelo. Desde ese momento comencé a hablar con él. Le conté lo que me había ocurrido. Y no me imaginaba cuán franco era él porque empezó a contarme lo que aconteció a su familia.

Desde ese día conversábamos más y más. Me contaba que tenía mucho que hacer porque era cristiano. Y me decía que su esposa le amaba mucho. Que ella tenía hipertensión y estaba en una condición muy seria, su tensión baja estaba en 104 o 105, y su tensión alta estaba en 200 o más. Podría morir en cualquier momento y que todo dependía del sostén y la misericordia del Señor.

Él esperaba que su sentencia podría cumplirse pronto y ser liberado para poder al menos verla. Pero si la sentencia no se cumplía y su esposa muriera, no podría verla otra vez en esta vida. Su esposa era como la mía, ellas amaban mucho a sus maridos. Él me contó muchas otras cosas y nuestra conversación se hizo más y más agradable. Él me dijo que un cristiano no debe ser uno que se opone al liderazgo de una nación porque Dios los ha instalado y empezó a predicarme el evangelio a mí. Escuchándole pensaba: “Estoy claro que a mí me impresionaron injustamente, pareciera que a él también le impresionaron injustamente pero no se ha opuesto al Gobierno Popular”. No es apropiado para un cristiano estar en contra de los líderes, sin embargo está acusado de anti-revolucionario, ¿no es esto injusto? Por lo que le pregunté: “¿En este momento todavía crees en el Señor?” Él respondió: “Ustedes no creen, yo creo; ustedes no ven, yo veo”. Ésta fue su palabra. Una palabra simple, aun lo recuerdo.

Hace 24 años un hermano vino a visitarme y yo le conté este relato. Le dije: “Todavía no entiendo porqué no podía levantar mi mano. Una persona tan energética como yo, él se asía de mí y yo no podía zafarme de su mano”. “Hermano”, me dijo, “tienes razón, no podías levantar tu mano, El Señor no lo permitió”. Al escuchar esa palabra entendí de inmediato. Cierto, soy una persona humilde, El Señor me encontró, me escogió, por lo que no podía levantar mi mano.

Nuestra relación se mejoró y conversábamos agradablemente. El otro, el loquito, él también estaba contento y se reía constantemente y hablaba mucho. Pero yo no le entendía, a lo máximo un 50 por ciento, pero Tío Nee le entendía perfectamente y servía de traductor para mí. Así los tres pasábamos duramente nuestros días.

Pero la paz no duró. Un día el guardia sacó a Tío Nee por un largo tiempo y no regresó a la hora del almuerzo. Ahora que nuestra relación estaba mejor, envolví su almuerzo en una toalla. Anteriormente le ignoraba, y si se desperdiciaba su almuerzo, a mí qué me importaba. Después que regresó lo noté un poco descontento y se sentó en el suelo. Le pregunté: “¿Qué querían contigo?” Él dijo: “Ellos me pidieron negar mi fe”. Dije: “¿Y usted aceptó?” Respondió: “No, no lo acepté”. Y continuó: “Ellos querían que negase mi fe, y si lo hiciese, me liberarían”. Yo dije: “¿Y porqué no se puso de acuerdo?” Él dijo: “Yo no estoy de acuerdo. Habían dos otros conmigo, uno se apellida Lan y el otro Chang”. El que se llamaba Lan era director de un hospital muy grande en Shangai y Chang era jefe de un condado de Shangai. Son personas prominentes en la Iglesia Católica. Le pregunté a Tío Nee: “¿Y qué de ellos?” Dijo: “Los dos se rindieron. Ya te enterarás”. De pronto el altavoz de la prisión entonó y era el jefe de nuestra prisión diciendo: “Hay dos prisioneros, habiendo pasado por el programa de re-educación, han cambiado su pensar, y se han presentado bien. Desean renunciar públicamente la fe que tenían y abandonar su posición de anti-revolucionarios. Ahora ellos quieren dar una palabra”. Entonces Lan y Chang cada uno habló. Lo primero que hicieron fue reprocharse a sí mismos y luego a la Iglesia Católica diciendo que la Iglesia Católica era un instrumento de espionaje usado por el imperialismo y es anti-revolucionaria. Que estaban engañados pero habiendo pasado por la re-educación del Gobierno Popular, ahora querían renunciar públicamente esa superstición, y que abandonarían esa organización anti-revolucionaria y que se arrepentían profundamente. Lloraban mientras hablaban. Después de hablar, el jefe de nuestra prisión anunció que estos dos serán liberados habiendo sido aprobado por el director de la prisión (el jefe es sólo de nuestro edificio mientras que el director de la prisión es de todo el complejo) y hoy regresarán a sus casas. Hermanos y hermanas, cuando escuchamos este anuncio todos los prisioneros y también yo nos quedamos atónitos. Tío Nee estaba a mi lado. Mirándole intensamente le dije: “Hace pocos días me decía cómo le amaba su esposa y cómo se amaban los dos y que su esposa no estaba de buena salud estando en gran peligro de perder su vida y también que usted extrañaba tanto a su esposa. Hoy con tan sólo una palabra hubiera logrado que el Gobierno Popular le dejara irse ¿y no quiere? ¿No dice ni una palabra? ¿Qué clase de persona es usted? ¿Ha creído en el Señor hasta este grado? Realmente no le entiendo. ¡Cuán preciosa es la libertad! El Gobierno Popular le ofrece a usted, Tío Nee, la libertad, y usted, Tío Nee, no la quiere”. El Tío Nee, por amor al Señor, sacrificó su vida, su amada esposa, y aun su libertad. Tío Nee estaba dispuesto a sacrificar estas tres cosas, cómo amaba al Señor, cómo creía en El Señor, ¡me conmovía muchísimo!

El método de los comunistas tiene como objetivo quebrar el espíritu del hombre [Nota del traductor: La palabra “espíritu” se usa aquí en el sentido secular]. Fue muy duro para el Tío Nee. ¿No te rindes? Bien, liberaremos a los otros dos, haber qué haces. Pero Tío Nee no se dejó convencer; su espíritu no fue quebrado. Pero a mí sí me quebraron el espíritu. Sabía que el Tío Nee no era una persona insensata, con falta de sabiduría. Para que él creyera tanto en Jesús debía de haber una razón, tiene que ser algo muy bueno para que él Le creyera tanto. Yo también deseaba creer en Jesús, yo también deseaba creer en Jesús como Tío Nee. Desde ese momento para adelante sentía que tenía que creer en el Señor. Que todos deben creer en el Señor. Para no estar oprimidos, hay que creer en el Señor; para tener paz, hay que creer en el Señor.

Hermanos y hermanas me han preguntado qué libro, qué artículo del Hermano Nee he leído el cual me llevó a creer en el Señor. Contesté que no creí en el Señor porque leí algo escrito por él. Cuando le conocí aún no creía en el Señor, no había leído de sus escritos. Creí en el Señor estudiando su persona. Hay un dicho en chino que dice: “La educación de palabras no alcanza a la educación de la acción”. Porque vi su comportamiento, creí en el Señor habiendo sido conmovido por lo que vi. Tío Nee es un ser humano; y conociendo a esta persona en una forma subjetiva, lo cual me conmovió, es así que creí en el Señor. Lo que le aconteció me afectó profundamente.

Así, por medio del Tío Nee es que me salvé. En la prisión, él no había tomado una posición de mando, levantando la mano y declarando: Amigos, ¡todos tienen que creer en el Señor! Tampoco miles creyeron en el Señor. Ni tampoco estaba Tío Nee luchando en la prisión en contra de los comunistas, haciéndose un héroe, un gran hombre. No, no era así. Esas eran mentiras, no existía tal situación. Lo único que hizo fue estar firme y no negar su fe. Tenemos que hablar la verdad y habló la verdad en Cristo, y no mentiras. Mi conciencia tocada por el Espíritu Santo testifica de esto.

La segunda vez que nos encontramos fue en el campamento de trabajos forzados de Bai-Mao Ling en la provincia de Anhui. Allí estuvimos juntos otros 5 años. Ambos fuimos muy conmovidos al encontraros otra vez. En ese entonces él ya se encontraba muy débil, de edad avanzada, y no podía caminar bien. Donde vivíamos estaba a como unos 60 a 70 metros del comedor. Estábamos cuesta abajo del comedor el cual estaba ubicado en un nivel alto al lado de la carretera. Para llegar al comedor a recoger la comida había que pasar por dos pendientes y cruzar la carretera. No era posible para Tío Nee lograr eso. Por eso yo le traía las tres comidas del día. De repente un día el guardia me llamó a la oficina y me preguntó porqué le llevaba la comida al señor Nee. Yo le dije: Él es de edad avanzada, no tiene buena salud, no puede escalar las dos pendientes, y es mí deber llevarle la comida. No podía imaginar que el guardia se pusiera muy serio y dijera: “Hablas tonterías. Él está fingiendo enfermedad; déjalo buscar su comida por sí mismo, ya no le ayudarás”. Se me hizo muy claro que estaban torturando a Tío Nee a propósito. Pero no le hice caso.

Pasados unos días, cuando fui otra vez a buscar la comida, los que servían la comida me dijeron que el guardia les instruyó que nadie le podía llevar comida al señor Nee, que tenía que venir personalmente a buscarla. Bajo esta situación no podía hacer nada más que volverme a nuestra habitación y contarle al Tío Nee los detalles. Sabía que Tío Nee era persona de amplia sabiduría y le pedí que buscara una manera. Y esperé que me diera su sugerencia. Después de un largo silencio, por fin abrió su boca y dijo: “Dejémoslo así”. Al escuchar su palabra me quedé atónito— ¡Dejarlo así y obedecer al Señor en cualquier situación! Yo estaba realmente enojado y desesperado. No había esperado que dijera tal cosa. ¿No quiere comer? No quería ir en contra de él. Lo único que podía hacer era compartir mi porción entre los dos. Mientras hacíamos eso, gracias al Señor, Él me dio a mí, una persona insensata, una buena idea. Normalmente como 5 onzas (medida China menor que la onza occidental) de arroz para el almuerzo. Puedo decirle al que sirve las comidas que trabajé muy duro ese día y necesito una onza más. Ellos no sospecharán. Entonces tomaré 6 onzas y cuando regrese a la celda, le daré a Tío Nee 2 onzas. Para su edad, 2 onzas serán suficientes y yo me comeré 4 onzas. Aunque no bastaba, podría aguantarme. De esta manera los dos compartíamos la comida todos los días y así vencimos la dificultad.

En 1971, el guardia me permitió pasarle una carta a Tío Nee de su familia. La carta decía que su esposa, Tía Nee, se cayó de la silla y se quebró dos costillas y que estaba en urgencias en el hospital. Por un lado le aconsejaba a Tío Nee que no se preocupara, por otro lado le urgía que solicitara regresar a Shangai para una visita familiar y que yo le podía acompañar. De hecho, en aquel año tanto yo como Tío Nee habíamos ya cumplido con nuestra sentencia; ya no éramos condenados. Pero en 1966 estalló la Gran Revolución Cultural Proletaria, y no liberaron a ningún preso desde entonces aunque hubieran cumplido con sus sentencias. Aun así, según las reglas, supuestamente teníamos el derecho de visitar familias por lo menos una vez al año por dos semanas. Creía que con este incidente tan serio, seguro que nos dejarán salir esta vez. Al principio el guardia de la prisión le dijo a Tío Nee, “Déjanos considerar tu caso”. Después decían, “Tú tienes un padecimiento del corazón muy serio, y ni siquiera puedes caminar, ¿cómo vas a regresar a Shangai?” Tío Nee les dijo que yo podía acompañarle. El guardia dijo, “Déjanos considerarlo con más tiempo”. Así se demoró más de medio mes. Cuado inquirimos una vez más, el guardia se puso bravo y dijo: “¿De qué sirve que regreses? Tú ni eres médico. Además, tu esposa ya está mejor, hemos indagado. Analizamos tu solicitud de visita familiar y no la aprobamos”. Tío Nee no dio ni una palabra de argumento con ellos ni tampoco me permitió razonar con ellos y regresamos a nuestra celda. Tío Nee se quedó orando en silencio. Cuando los otros presos vieron mover los labios del Tío Nee, me preguntaron: “¿Está orando ese Nee?” Yo contesté: “No, él está haciendo ejercicios de respiración”. El guardia también vino a preguntarme y le constaté igual. Pero yo sabía que Tío Nee no dejaba de orar ni un solo día.

Por fin un día cuando regresé de mi trabajo vi al Tío Nee con su rostro regado de lágrimas. Tía Nee había fallecido. Por un lado le animaba a no estar entristecido, por otro le aconsejaba hacer petición otra vez para regresar a Shangai y asistir al funeral. Estaba seguro que esta vez sí que lo aprobarían. Sin embargo, uno no podía imaginarse, que con una demora y con otra demora, al fin y al cabo le negaron igual. El guardia dijo: “Ya murió, ¿de qué sirve que regresases?” Hermanos y hermanas, ¿quién ha sufrido un tormento más profundo que éste? ¡Cómo le rompió el corazón! Él amaba al Señor y era firme en su fe, y él lo soportó.

Tío Nee amó al Señor toda su vida y a causa de eso padeció enormemente.

Después de unos días le pasó la agonía a Tío Nee y volvió a su vida cotidiana, todos los días perseverando en oración.

Tío Nee no sólo padeció físicamente sino que soportó indecibles abusos psicológicos. En toda su vida sufrió mucho sin obtener nada, pero ganó al Señor. Pudimos ver al Señor a través de él. Él era sólo un vaso, ¡pero en este vaso estaba el tesoro!

Hoy podemos estar aquí e invocar en voz alta y con libertad: “¡Oh, Señor, te amo!” Hoy en cualquier lugar en China uno también puede invocar: “!Oh, Señor, te amo¡” Pero en esos años bajo el régimen de la extrema izquierda uno no podía hacer eso. Tío Nee amó al Señor toda su vida, pero fue restringido por veinte años cuando no se le permitió invocar: “!Oh, Señor, te amo¡” Piénsenlo, si por veinte años no se les permite decir: “¡Mamá, te amo¡” No se les permite decir: “¡Hija, te amo¡”, o, “¡Esposa, te amo!” ¿Lo podrían soportar? Sin embargo, Tío Nee lo soportó todo.

Hoy, en su honor, clamemos todos a una voz tres veces, “¡Oh, Señor, te amo! ¡Oh, Señor, te amo! ¡Oh, Señor, te amo!”


ADMINISTRADOR: Añadimos este fragmento que nos ha llegado hoy de la mano de Rafael Restrepo. (No creemos que sea cierto lo que se dice al final de que le sacaron los ojos, le cortaron la lengua y las manos):


Aún no hemos resistido hasta la sangre...

En el verano de 1966, al mismo tiempo que los Beatles grababan en Londres: "Sergent Pepper" y Martín Luther King junior marchaban a través de las calles de Chicago; el cuerpo decadente de un pastor y obrero chino caía en el suelo infestado de ratas de una celda china de cuatro y medio por nueve y medio pies, localizada en las espaldas de las calles de Shanghai. Esta antigua prisión inglesa tomó el nombre de: "Primer Lugar de Detención", por sus más recientes dueños: la Armada Roja del Pueblo de la República de China. Un mejor nombre hubiese sido: "El Último Lugar". 

Después de catorce años de encarcelamiento el prisionero había hecho la paz con su sufrimiento sin saber que los estudiantes, guardias rojos, aún buscaban contrarrevolucionarios a quienes molestar. Ellos encontraron a Watchman Nee. 

Y ahora, con su brazo derecho quebrado, doblado en un ángulo inimaginable, el prisionero se levantó torpemente del piso hacia su cama. Su respiración era dolorosa, su corazón latía pesadamente en su pecho. De casi seis pies de altura y razonablemente saludable al momento de su arresto, él ahora pesaba menos de cincuenta kilos. Le sobrevino una tos repentina y  accidentalmente égolpeó su brazo fracturado contra la pared. Un fuerte dolor penetró en su costado derecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas involuntarias, él se levanto por sí mismo ayudado por su otro brazo, aprisionó sus dientes ... ¡y sonrió! 

"Podría haber sido peor", pensó. "Yo todavía no he resistido hasta la sangre", dijo, citando al apóstol Pablo, "incluso hay una canción, siempre habrá una canción". 

Su suave voz recorrió las celdas aliviando la soledad de los prisioneros, terminando en las quebradas mesas de los desafortunados guardias. 

Sólo unas cuantas millas más, amado Y nuestros pies dejarán de doler;No más pecado y no más tristeza; estemos firmes, Jesús va adelante

Como él lo había hecho en tantas otras noches, el guardia se acercó a la puerta para escuchar con más atención la canción. Y yo escuché a Él susurrando dulcemente, 

"No desmayes, no temas, continua adelante;Porque esto podría acabar mañana; el largo viaje terminará".

Después de un momento de silencio el carcelero susurró: "pastor Nee, pastor Nee, ¿está usted ahí?"

"Tus preguntas son siempre extraordinarias, Wong Shu-yen. Si, estoy aquí", le respondió. 

"Pastor Nee, su canción me asusta. Yo no la había escuchado antes".

Él respondió, "Yo simplemente no la he cantado antes. ¿Por qué te asusta?" 

"Tengo miedo de que usted se esté muriendo", dijo el carcelero.
"No, mi joven amigo. Yo soy muy testarudo para la muerte. Y por otro lado, Él no me dejará ir antes de que tú creas".

"Pero yo creo. Yo creo que usted es el mejor hombre que yo haya conocido". 

"Entonces tú estas muy lejos de creer, querido Shu-yen. Cuando tú hallas encontrado a Cristo, sabrás que yo soy el peor hombre que tu hayas conocido". 

"Este hablar me atemoriza más que su muerte. Mi pobre esposa me ruega que lo ignore a usted. Si yo sigo a su Cristo, terminaré en el lado equivocado de esta puerta y ella terminará sola".
"Sin Cristo, ella está sola".
"Pastor, sus palabras son como martillo para mi corazón. ¿Qué debo hacer para ser salvo?" 

"Mi amado Wong tus preguntas siempre son maravillosas".

Levantando su cadavérico, mas aún radiante rostro al cielo, Watchman Nee suavemente cantó, 

"¿Puedes tú escuchar Su dulce susurro?Tu viaje acaba de empezar".

Así, como Sansón mató más enemigos en su muerte, que cuando estaba vivo, de la misma manera Watchman Nee tocó muchas vidas para Cristo en su celda. Sus sermones aparecieron en Inglaterra y Estados Unidos. Ambas, su causa y su persona, llegaron a ser legendarias para los cristianos que no toman su libertad como algo garantizado. Rumores se esparcieron diciendo que sus captores le quitaron los ojos por llevar a los guardias a Cristo. Pero muchos de sus sermones fueron publicados después de esto. Después se dijo que los comunistas cortaron su lengua, pero más libros aparecieron. Finalmente se dijo que cortaron sus manos, sólo para encontrar más de sus escritos en las manos de aquellos que estaban fuera de la prisión en Shangai. Aunque algunas historias fueron exageradas, aún con todo, éstas nos muestran la real preocupación de los cristianos por la persecución de Watchman Nee". 

(Prólogo de The Books Series "Heroes of the Faith")